Siempre se aprende de maestros del periodismo y del humor como Toni Clapés. Estos días, él y su equipo en RAC1 hacen una conexión con su particular Salvador Illa ingresado y dialogan con él como si el presidente fuera el protagonista de la mítica película. ¡Adiós, Lenin! siguiéndole la corriente cuando dice que su equipo de gobierno le asegura que todo va bien, como siempre, moderadamente. El humor como gran artículo de opinión para desnudar al poder, por ejemplo, sobre el vacío que en un momento crítico ha dejado a Illa, por motivos de salud.
Y es que es innegable que, ahora, quienes defendían el relato del gobierno de gestión eficaz tienen un gran problema argumental ante cualquiera que viva a pie de calle y de andén. La fuga de credibilidad del Govern es grande, incapaz de tapar con su acción el descomunal desastre que es Rodalies.
Hay que alzar la voz ante Sánchez y liberar de áreas a Paneque
La incapacidad de corregirlo como es debido evidentemente no viene de ahora y seguramente habría existido en cualquier circunstancia con otro gobierno al volante, pero el relato del “gobierno de todos”, que por tanto debía resolver “las cosas que interesan a la gente”, queda tocado de manera indisimulable.
Y esto es grave, porque hoy, en Cataluña como en muchos otros lugares, se detecta que la gente ya no busca instituciones perfectas sino coherentes. Es decir, que se perciben como auténticas, con poca distancia entre cómo se definen y cómo actúan. Y aquí la grieta en la imagen del actual Govern es evidente. Pero eso no es principalmente un problema de comunicación, porque este departamento no hace milagros sin una acción eficaz.
De ahí que cuando Illa se reincorpore al trabajo, ya totalmente recuperado, tenga un reto mayúsculo que afrontar y que, en parte, debería pasar por dos frentes que propios y extraños (en público y en privado) le han identificado como carencias que no le ayudan a despegar (por ejemplo, en las encuestas).
Por un lado, deberá elevar el tono de exigencia con Madrid, plantarse y exigir lo que sea necesario, por mucho que le cueste en lo personal, ante Pedro Sánchez. Por otro, deberá cumplir con un compromiso adquirido en su discurso de investidura, cuando fue interpelado sobre la desproporción y la mezcla de churras con merinas que había impulsado con departamentos como el encabezado por la consellera Sílvia Paneque.
Illa dijo que no se le caerían los anillos por remodelar departamentos si no se mostraban funcionales. Es evidente, pues, también que es necesario liberar de peso a Paneque (ya cualquier otro que hubiera estado al frente de su macrodepartamento en una crisis como la actual y ante sus resultados), y ello implicará una crisis de gobierno que deberá hacerse y explicarse con el detalle y el alcance necesario, pero que es difícilmente evitable desde el punto de vista más elemental que el propio relato y el talante del presidente nos habían proyectado como rasgo definitorio: el sentido común. Está a tiempo de reivindicarlo a través de los hechos ( contar historias lo llaman). Pero si tarda demasiado en ponerse a ello, ese tren que a otros no les llega a él se le puede escapar.
