El conflicto de la inmigración. La aventura de asentarse en una tierra extraña para ganarse la vida, de sortear la hostilidad o la suspicacia de los que te observan desde sus ventanas. Dejar atrás los ancestros, asumiendo cualquier trabajo que otros rechacen, para enviar parte del diario a los que allí han quedado. Antes y ahora, ese desgarro en busca de la supervivencia provoca tensión entre unos y otros, entre la sociedad de acogida y aquellos que se incorporan a una comunidad, pero también en el propio grupo de extranjeros.
Arthur Miller (Nueva York, 1915 – Roxbury, 2005) Tomé como punto de partida para componer. Panorama desde el puente una historia real que se contaba en los muelles de Brooklyn, en la época en que vivió allí a mediados de los años cuarenta. Un hecho dramático protagonizado por un par de inmigrantes ilegales llegados desde Italia, alojados en la casa de unos familiares. El argumento de la obra se ajusta casi por completo a aquellos hechos y nos ofrece un retrato social y moral del barrio portuario de Red Hook, en Brooklyn, poblado por familias de estibadores desde principios del siglo XX, pero localiza el epicentro de esa difícil convivencia en el hogar de los que consiguieron asentarse hace años y acogen a los recién llegados. Las tensiones del exterior siempre tienen réplica de puertas adentro.
No es la única corriente oculta que atraviesa la vida de los protagonistas, porque los conflictos que afloran son variados y profundos. Los grandes dramas escénicos nos acompañan y perduran en el tiempo, nos ayudan a comprender los problemas que no parecen tener solución o, cuando menos, a no olvidarlos. Las terribles imágenes de unos agentes federales del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) acribillando a un manifestante contra la política de inmigración de Estados Unidos, parecen un eco amplificado de lo que Miller relata en Panorama desde el puentedonde los agentes de inmigración Peinan la ciudad en busca de ilegales.
Naciones Unidas Teatro Calderón repleto de espectadores fue un excelente marco, cargado de historia, para trasladarnos a aquel contexto con toda la grandeza. Sobre sus tablas se reprodujo fielmente lo indicado por Arthur Miller en sus acotaciones, un rasgo de honestidad que debemos aplaudir en esta producción. estrenada en el teatro vallisoletano el 23 de eneroen versión de Eduardo Galán y producido por Secuencia 3. Un salón, unas escaleras, un despacho, una cabina de teléfono guardando el momento de entrar en acción… El abogado Alfieri (Francesc Galcerán) hace las veces de narrador, como si del coro en las tragedias griegas se tratara, introduciéndonos en la acción y salvando las elipsis de la trama.
Eddie Carbone Es el corazón de este drama, pero un corazón que no sabemos exactamente hacia dónde bombea. Se ha deslomado cargando fardos en el puerto y pretende gobernar a la familia desde su mecedora como un padrino, aunque el orden comienza a diluirse entre sus dedos. José Luis García Pérez Afronta este papel desde la verdad más áspera, aportando un sentido trágico que persigue a este italoamericano. La incapacidad para contener sus impulsos y la lucha interior que se libra en su conciencia, quedan cada vez más patentes gracias a su aproximación. Todos sabemos que, sin un Eddie de altura, este puente no se sostendría, pero la interpretación avanza con solidez apoyada en su voz rasgada y no hay temor al desplome.
La versión original de la obra se estrenó en un solo acto, pero tras una revisión de Arthur Miller la amplió hasta los dos con que cuenta actualmente. Así se presentó en Londres, dirigida nada menos que por Peter Brook En 1956, y allí apareció Miller del brazo de su flamante esposa, Marilyn Monroe. Esta versión extendida permite un mayor desarrollo a las mujeres de la casa: Beatrizla esposa de Eddie; y catalinasu sobrina. Ellas proporcionan un nuevo componente a Panorama desde el puente hasta alcanzar la dimension de drama psicosexualcomo afirmaba el propio autor. El deseo parecía haber sido desplazado de una a otra.
María Adánez otorga a su personaje (Beatrice) el equilibrio que la madre representa dentro de la familia. Su experiencia escénica es fundamental para encarnar la incómoda situación de sentirse desatendida por su marido, mientras su sobrina se sienta en el regazo de Eddie como si fuera una niña, cuando ya no lo es. Una compleja desubicación que transmitir. Catherine tiene 18 años, pero Eddie no quiere que salga de casa, no admite que los hombres la miren por la calle. Es el comportamiento típico de una depredador sexual y, poco a poco, se advierte una posible atracción incestuosa hacia su sobrina.
El personaje de Catherine recorre un arco que va desde la inocencia de una muchacha hasta la determinación que muestra en el último tramo del drama. Ana Garcés acierta en ese desarrollo y está impecable. Para caldear aún más esta olla a presión, Rodolfo (uno de los dos familiares que se alojan en casa) tiene un comportamiento que para Eddie es propio de un homosexual. Sin embargo, está rondando a Catherine y pretende casarse con ella. Quieren birlarle a su sobrinita y, para colmo, se la llevaría un ‘flojo’. Es un triángulo que no aguanta la tensión en sus vértices y deviene en una de las mejores escenas de la obra, donde la intensidad de la acción deja perplejo al patio de butacas.
Aquí hay que reconocer la interpretación de Pablo Béjar (Rodolfo), actor sevillano formado en la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Se mueve con inteligencia en esa frontera sutil de un personaje ambiguo, sin caer en ningún cliché, firmando una de las composiciones más audaces de esta obra. Su hermano Marco, al que da vida con firmeza Rodrigo Venenorepresenta la pureza, la ley natural, el destino implacable.
Dos apuntes adicionales refrendan la calidad del montaje: en primer lugar, la labor de dirección de Javier Molina. Es director asociado de Estudio de actoresuna de las escuelas teatrales más prestigiosas del mundo, y aporta a este montaje claridad, un estilo directo y ritmo adecuado. Únicamente las proyecciones en vivo que buscan ofrecer una perspectiva ampliada de algunas escenas requieren afinarse, pero el resultado global destila verdad.
Por otra parte, la calidad del vestuario se basa en el diseño de figuritas realizado por Emilio Sosaprofesional de larga carrera en Broadway, en colaboración con la prestigiosa firma Navascués. En el taller de costura de esta casa madrileña se han confeccionado los modelos empleando telas de alta costura, algo que no es tan habitual en nuestros escenarios. Vestidos, polos, trajes, abrigos… todo realizado con un cuidado exquisito. Un verdadero lujo que merecería una exposición.
Panorama desde el puente posee entidad de tragedia griegacomo si los muelles de Brooklyn diera al Mar Egeo. Para comprender la dimensión de este drama no debe obviarse el contexto artístico-político en que surge. Elia Kazán, director cinematográfico de origen turco, había estrenado su película la ley del silencio un par de años antes de la obra de Miller. Ambientada en el mundo de los estibadores, denunciaba la mafia que manejaba ese colectivo desde la mirada del protagonista de la película: un delator interpretado por Marlon Brando.
Miller y Kazan habían sido amigos y colaboradores, pero este último delató a un puñado de artistas ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas acusándolos de pertenecer al Partido Comunista. Fue repudiado como un traidor por toda la profesión y la traición forma parte de Panorama desde el puente. Fue como un puñetazo en el rostro del que fuera su amigo y de todos los delatores. Nunca volvieron a ser amigos, aunque mantuvieron contacto profesional.
La representación como prolongación de nuestras vidas y nuestras luchas, espejo de las bases morales de unos y otros. El escenario convertido en un puente desde el que echar un vistazo a las miserias que ocurrían a ras de tierra, donde malvivían los parias. Destierro, intolerancia, deseo y traición, eternos conflictos que forman parte de nuestra sociedad y fueron reflejados por Eurípides o por Molinero.
