La política exterior de Estados Unidos atraviesa un punto de inflexión. Más que una sucesión de gestos aislados o declaraciones provocadoras, el segundo ciclo de Donald Trump en la escena internacional parece estar consolidando una nueva forma de relacionarse con el mundo: una diplomacia personalista, impredecible y profundamente tensionante para el sistema construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Así lo planteo marcelo pérezanalista internacional y académico del Campus Creativo de la Universidad Andrés Bello, quien advierte que Trump no solo está modificando el contenido de la política exterior estadounidense, sino también su forma. “Las relaciones internacionales de Estados Unidos están pasando demasiado por la figura del presidente y ya no por el Departamento de Estado o por los canales diplomáticos tradicionales”, sostiene.
El liderazgo de lo imprevisible
El estilo de Trump se basa, según Pérez, en la imprevisibilidad hacia el exterior. Decisiones abruptas, cambios de tono, amenazas públicas y exposición de conversaciones privadas con otros mandatarios forman parte de una estrategia que, si bien resulta desconcertante para aliados y rivales, tiene un efecto claro en el plano interno: refuerza la imagen de un líder fuerte frente a su electorado.
Incluso acciones que parecen insólitas —como publicar mensajes privados con otros jefes de Estado o exponer negociaciones reservadas— responden a una lógica política interna. “Para el público estadounidense, eso lo muestra como alguien que no se somete a las formas tradicionales y que pone a Estados Unidos primero, incluso a costa de humillar a otros líderes”, explica el académico.
A largo plazo, sin embargo, esta lógica podría tener costos profundos. Pérez advierte que Trump está debilitando las relaciones diplomáticas que se construyeron durante décadas, especialmente con Europa, y que han sido claves para el posicionamiento global de Estados Unidos. “Está minando hoy los canales de cooperación que Washington podría necesitar en una futura crisis internacional”, señala.
¿Ruptura o cambio de era?
Aunque el estilo de Trump resulta disruptivo, Pérez plantea que no es completamente ajeno a la historia de la política internacional. Las relaciones entre Estados atraviesan ciclos y transformaciones, y el orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial no es inmutable. Lo que hoy presenciamos, sostiene, podría ser el inicio de una nueva etapa marcada por el personalismo diplomáticodonde los vínculos entre países dependen más de liderazgos individuales que de acuerdos institucionales estables.
En ese escenario, países pequeños y medianos —como Chile— enfrentan un dilema complejo. La posibilidad de mantener alianzas múltiples y equilibrios estratégicos se vuelve cada vez más difícil. “Tal vez estemos entrando en una época donde ya no sea posible tener buenas relaciones con Estados Unidos y, al mismo tiempo, vender la mayor parte de nuestro cobre a China”, plantea Pérez.
Las decisiones geopolíticas, agregan, comienzan a tener efectos más inmediatos y definitivos. Factores como conveniencia económica, riesgos militares o alineamientos estratégicos ya no pueden postergarse ni diluirse en una diplomacia de bajo perfil.
OTAN, Europa y el repliegue estratégico
La relación de Trump con la OTAN y la Unión Europea es otro eje central de este reordenamiento. Desde su primer mandato, el presidente estadounidense ha sido crítico de estas alianzas, que considera costosas y poco funcionales a los intereses directos de su país.
Este discurso, sin embargo, encuentra hoy un terreno más fértil. Europa atraviesa un período de debilitamiento político, económico y militar, marcado por el Brexit, las crisis migratorias y el impacto prolongado de la guerra en Ucrania. “La inyección de recursos a Ucrania ha despotenciado a Europa y ha puesto en cuestión la utilidad misma de la OTAN”, señala Pérez.
En este contexto, Trump parece decidido a desplazar el foco estratégico de Estados Unidos desde Europa hacia el continente americano, reforzando una visión más cercana a la doctrina Monroe: América para los americanos.
¿Realmente es tan impredecible?
Pese a la sensación de caos que generan muchas de sus decisiones, Pérez subraya que Trump no actúa completamente fuera de un marco ideológico. Muchas de sus acciones actuales —desde el endurecimiento frente a la migración hasta su interés en territorios como Groenlandia o su política hacia Venezuela— estaban explícitamente presentes en su discurso de campaña.
“El problema es que muchos dejaron de escucharlo en serio y lo transformaron en una figura caricaturesca”, afirma. Sin embargo, detrás de esa imagen hay un proyecto político coherente, de corte nacionalista e imperial, que hoy se está traduciendo en acciones concretas en el escenario internacional.
Un nuevo paradigma en gestación
La gran incógnita, concluye Pérez, es quiénes seguirán este nuevo estilo diplomático por temor, conveniencia o dependencia, y quiénes intentarán preservar las formas tradicionales del multilateralismo. Lo cierto es que la diplomacia de lo impredecible ya está operando y sus efectos podrían redefinir las relaciones internacionales durante los próximos años.
Para países como Chile, el desafío será mayor: tomar decisiones estratégicas en un escenario más áspero, menos predecible y con márgenes de error cada vez más estrechos.

