Editorial
Solo el diálogo y la desescalada devolverán la tranquilidad a Minesota, aunque quedarán honda heridas históricas.
“No puedo apoyar la represalia declarada de los republicanos nacionales contra los ciudadanos de Minesota” es una expresión que podría parecer una crítica aguda proveniente de políticos demócratas en el estado norteño que se ha visto sacudido por protestas contra los fuertes operativos migratorios que ya han dejado a dos ciudadanos estadounidenses ultimados por agentes federales: Renee Good y Alex Pretti. “Hay ciudadanos estadounidenses que están llevando papeles para probar su ciudadanía. Eso está mal”, prosigue la disertación crítica. Pero no proviene de un demócrata, sino del precandidato republicano a la gubernatura del estado Chris Madel, para anunciar su renuncia a tal carrera, por considerar que las acciones del Gobierno han generado un desgaste que le hace prácticamente imposible ganar la elección. Madel era abogado defensor del agente que disparó a Good en el rostro.
El nombre Minesota, en idioma indígena, significa “agua turbia”, y vaya si eso resulta emblemático en el momento que vive ese estado, cuyo gobernador y excandidato demócrata a la Vicepresidencia Tim Walz no competirá por la reelección, debido a un escándalo de corrupción por malversación de ayudas sociales. En efecto, inicialmente el Gobierno federal señaló que las protestas eran de “grupos radicales” de izquierda y que eran básicamente una cortina de humo para tapar el desgaste demócrata.
Sin embargo, la detención de ciudadanos mineros, incluidas policías estatales asiáticas o hispanas, ha llegado a indignar incluso a republicanos, sobre todo por el desgaste que les ocasiona de cara a los comicios de medio mandato de noviembre próximo. Madel deploró la perfilación racial, el uso de órdenes civiles para allanamientos e incluso la detención de niños.
La tensión vigente en Minesota superó los sucesos de otros enclaves demócratas como Chicago o Los Ángeles, puesto que en ninguno de estos estados hubo estadounidenses fallecidos: un saldo cuyo costo político ya se teme incluso en el Capitolio. Los demócratas piden juicio político contra la secretaría de Seguridad Nacional, Kristi Noem, y —con el paso de los días— esto parece una posibilidad real para reducir la presión contra el presidente Donald Trump, quien apenas el lunes tuvo una llamada telefónica con Walz, a quien denostó durante semanas. Ayer mismo rodó la primera cabeza, al trascender la salida del jefe de la Patrulla Fronteriza, Greg Bovino, quien también carga con el peso moral de las acciones de cientos de agentes enmascarados y sin identificación a la vista. Bovino regresa a su puesto en California, donde previsiblemente se retirará.
La presión legislativa demócrata se ha ido incrementando en tono y número. No obstante, hay que matizar algo: el gobierno de Joe Biden expulsó a más migrantes en su último año que los que lleva Trump en este nuevo período. Los demócratas, con mayoría en 2021, se resistieron a impulsar una reforma migratoria integral que permitiría regularizar a millones de indocumentados con décadas de estadía y vida productiva. Entonces tampoco pueden pasar por adalides de la tolerancia migratoria; Sin embargo, la ofensiva federal sí ha sobrepasado límites al apresar, reprimir e incluso matar a quienes supuestamente debían proteger: sus ciudadanos.
Solo el diálogo y la desescalada devolverán la tranquilidad a Minesota, aunque quedarán honda heridas históricas. Bien lo resumió el republicano Madel al decir que los errores y excesos de los operativos “han hecho casi imposible que un republicano gane una elección estatal en Minesota”.
