En la cascada de decisiones económicas que marcarán 2026, pocas tienen tanto impacto sobre la vida cotidiana de familias y empresas como quién dirija la Reserva Federal de Estados Unidos a partir de mayo. Donald Trump, tras meses de deliberaciones, entrevistas y señales a los … mercados, ha situado al frente de la carrera por la presidencia de la Fed a Rick Riederdirector de inversiones de renta fija global en BlackRock y gestor de activos por valor de billones de dólares. Su ascenso desde outsider hasta favorito refleja no sólo la peculiar lógica de la Casa Blanca, sino también las profundas tensiones que este ciclo plantea entre independencia técnica y exigencia política.
Rieder, un veterano de los mercados de bonos, no proviene del circuito habitual de banqueros centrales. Su perfil es el de un financiero, sin experiencia en política monetaria, y ha despertado inquietudes entre quienes temen una Fed excesivamente permeable a la agenda de Triunfo. Los mercados de predicción colocan a Rieder como el candidato con mayor probabilidad de ser anunciado oficialmente en los próximos días, superando a figuras más convencionales como el exgobernador Kevin Warsh o el actual miembro del Consejo Christopher Waller.
Pero aquí radica la paradoja: un gestor de mercados globales puede verse atrapado en la política monetaria del día a día y sembrar el caos. La Fed no sólo fija tasas; ópera en un terreno de equilibrios sutiles entre inflaciónempleo, estabilidad financiera y expectativas. Una Fed percibida como demasiado alineada con las demandas de tasas más bajas –especialmente por impulso político– puede erosionar su credibilidad ante economistas, mercados y, sobre todo, sus pares internacionales.
En declaraciones recientes al Financial Times, Rieder ha defendido una bajada de tipos que, en contra de lo que dicen los manuales, ayudaría a reducir la inflación al estimular la oferta de vivienda. Según su análisis, el crédito barato permitiría construir más casas, moderar precios y aliviar la presión sobre los hogares de menor renta. Esta lógica no convencional ha generado perplejidad entre algunos economistas. Más controvertido aún resulta su enfoque sobre la deuda pública. Rieder ha sugerido que cierto grado de dominancia fiscal –esto es, acomodar la política monetaria a las necesidades del Tesoro– no sería problemático si permite reducir el coste de financiación y mantener el crecimiento del PIB nominal por encima del tipo medio de la deuda. Aunque matiza los riesgos, sugiere que bajar tipos ayudaría a «desendeudar» la economía, una idea realmente contraintuitiva.
El reto, en suma, no será convencer a los mercados, sino preservar la autonomía de la Fed ante una administración que no oculta su impaciencia con los contrapesos institucionales. La moneda monetaria, una vez erosionada, cuesta décadas reconstruirla. jmüller@abc.es