El gato se fue. Un felino que se marcha y se esconde cuando, en apariencia, todo está bien. Un gato color mostaza que se acurruca contigo en una manta, también color mostaza, cuando te duele la cabeza, cuando estás enferma, y que esta vez no lo hace. Esta vez desaparece y, esa desaparición, se convierte en una de las obsesiones de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) cuando rebusca en su memoria, con precisión de cirujana, todo lo que pasó aquella mañana de sábado que casi le costó la vida.
Un cúmulo de casualidades que la dejaron al borde de la muerte. Un cúmulo de casualidades que, también, le salvaron la vida. ¿Qué hubiera pasado si aquello hubiera ocurrido por la noche, mientras ella y su pareja dormían? ¿Y si hubiera estado en casa sola? ¿Y si Juan, su novio, no hubiera bajado a por una Coca Cola ya que le diera el aire unos diez minutos? ¿Y si él se hubiera desmayado también y entonces nadie habría llamado a emergencias? La respuesta a todas esas preguntas es la misma y Serrano la sabe bien. Ella, hoy, no estaría aquí.
