Hasta ahora, el Atlético de Madrid había ganado siempre que se midió al Galatasaray en Estambul, en 1973, 2010 y 2015. El primer año, marcó un golazo Ignacio Salcedo, colchonero de cuna por herencia paterna. Ganó tres Ligas, dos Copas y una Intercontinental. Actualmente retirado … del mundanal ruido en un pueblo alicantino, se echan muy en falta las comidas que organizaba de confraternización colchonera. A ellas acudían exjugadores, exdirectivos y amigos aficionados de a pie, como quien se suscribe.
Destacaban algunas personas por desgracia ya fallecidas, como su íntimo amigo José Luis Capón, simpatiquísimo, el prestigioso doctor Garaizábal (cuyo padre también había sido médico del Atleti), el capellán Antolín, el sabio gallego Rafael Fraguas o Isacio Calleja, fuente inagotable de anécdotas atletistas. Los compañeros de Ignacio son unas magníficas personas. De su valía futbolística dan fe los títulos conseguidos y la infortunada final de la Copa de Europa de 1974, que se les escapó en el último segundo del partido. Sus sucesores actuales no han podido clasificarse entre los ocho mejores. Se han ido jugadores que salvo Gallagher (y no como titular) no contaban para el míster, por lo que es ridículo hablar de cuatro bajas.
Mientras jugaba y sin pocos esfuerzos, Salcedo acabó su carrera de ingeniero industrial. Tras un breve paso por el fútbol canadiense, donde le llevó su buen amigo el madridista Manolo Velázquez, realizó un máster en una universidad de California, lo que le valió para completar su excelente formación académica. Gracias a ella pudo volver a España y desarrollar una brillante carrera de ejecutivo en diversas empresas, entre ellas Bankinter, donde fue director.
En cualquier reunión de aficionados, los que le vieron jugar le alaban su finura, su regate, su gran disparo y en definitiva la enorme clase que atesoraba. En su mejor momento, lo convocó a Kubala para la selección nacional, pero la entrada alevosa de un jugador contrario le partió la pierna y le impidió acudir a la convocatoria. Él no se acuerda de nada, y cuando se le pide que describa alguno de sus golazos responde que lo hará encantado… siempre que alguien le recuerde cómo fue. Según un pensador francés, «el verdadero hombre de bien es el que no presume de nada».
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