Fue todo un día de extraños presagios, una jornada de esas en las cuales uno no se atreve a dar el siguiente paso por la incertidumbre que la señalaba. Empezó a las seis de la mañana, en el hotel de Bolonia, con un dilema enorme: empaco o dejo aquí las cosas. Mi misión era seguir únicamente a la selección y el panorama, además de grisoso en el horizonte italiano, era igualmente denso en el equipo. De pronto, nos goleaban y el itinerario estaba escrito: próximo vuelo a Bogotá.
Por algo raro, por remordimiento de conciencia, por no pecar de pesimista, en vez de empacar usé la última bolsa de jabón para lavar y dejar secando un par de calzoncillos y la camisa del día anterior. Había que volver a Bolonia, a Pallavicini, así fuera a hacer fuerza para, desde la angustia del gol promedio y las demás suposiciones de clasificación.
El Albergue Alan, nuestro sitio de concentración vecino al de Colombia, se quedó con los bártulos, las maletas semiabiertas y la esperanza de que en la noche volviéramos con una cara menos tétrica que la de la salida.
“Auguri, Colombia”, dijo el patrón, a medio despertar.
Llegamos a Milán en un día terrible, de una humedad del 85 por ciento y el sol que pasaba rara vez las nubes a veces volvía peor el ambiente. Hicimos el turismo periodístico de rigor: Plaza del Duomo, donde la catedral era lo único que con toda propiedad rompía esa vía láctea del cielo milanés.
Había allí muchos colombianos, y bastantes, que agitaban banderas, se abrazaban con otros grupos de alemanes igualmente pintorrejeados en las caras y competían en cantos y bailes. Ahí, nos iban ganando en número y ruido, sin duda.
“Ese empate que botamos en Bolonia nos tiene en la olla”, nos dijo un viejo animador de Millonarios, envuelto en una camiseta con bandera y listo para irse al Giuseppe Meazza.
Ante el imponente altar mayor del Duomo, con vestido FIFA y su infaltable sombrero italiano en la mano, Alfonso Sénior estaba rezando y se persignaba afanosamente.
“Recemos mijo, que es lo único que nosotros podemos hacer…”.
Una cerveza sin alcohol, bajo la bellísima galería Víctor Manuel Segundo, que nos supo a jabón disuelto en Pony Malta y nos vinimos a lo que pensábamos sería el infierno.
A las 3:30 de la tarde ya estaba sentado en primera fila del banco de los fotógrafos de este monstruoso estadio. Mi estatura siempre me obliga a estos madrugones, pues de lo contrario quedó debajo del ring, detrás de esos camajanes colegas que este martes estaban en su apogeo de tamaños. En la fila de los 65 asientos, 50 eran alemanes…
Así estaba el estadio. Cuarenta a uno, pero no tuvo nunca esa imponencia de cantos y gritos que nos habían anunciado. Ese fue otro presagio, pero de Francisco Maturana, cuando le traduje una entrevista que le hizo un periodista alemán.
“¿No les dará miedo a sus jugadores con ese público alemán?”
“Apenas hagamos la primera jugada brillante los empezamos a callar…”.
‘Pacho’ tenía, una vez más, razón.
Así pasó el partido, juego que uno en esa misión de hacer las fotos no ve sino que persigue con angustia a través del lente para tratar de captar alguna imagen que salve el pelejo y, si puede, la noticia.
El encuentro, complicado y muy en el medio campo, no era grato para nosotros en la fotografía. Lejos los jugadores, luz apática, camisetas blancas y, sobre todo, mucha atención, mucha preocupación, mucha sensación de que allí se estaba cocinando algo importante. Olía a hazaña.
Para el segundo tiempo me correspondía cubrir el arco donde atacaban los colombianos. Esto es fruto de un sorteo: chalecos amarillos a la derecha, azules a la izquierda. En los tres partidos, Colombia ha atacado de amarillo a azul en el primer período y sus goles anteriores llegaron en el segundo tiempo frente a nosotros. No podía fallar esta vez, ese presagio debía funcionar.
Y vinieron estos taponazos de Estrada a boca de jarro que se malograron, el gol que se comió Fajardo y el panorama más claro cada vez hacia el empate, que, a 10 minutos del final, era buen negocio.
Empaqué las cosas, me colgué el maletín y la cámara y emprendí la salida. En la puerta de ingreso al campo, el inspector de ese sitio me hizo señas de que la abriría solo al finalizar el juego. Estaba en la discusión cuando ese estadio parecía un huracán y al tiempo, con las piolas bamboleantes en la espalda de Higuita, estallaban voladores. Alemania estaba ganando. A 10 metros, la banca colombiana se lamentaba con brincos, llantos y jalones de mechas. En la lente se leían los inadecuados. La historia del último instante volvió a repetirse.
Con mayor razón quise salir y no me dejaron.
Entonces, decidió poner una lente corta y tratar de estar atento a un gesto de resignación de Maturana quien, sentado, impasible, esperaba el remate de esta triste historia.
De pronto, vi salir el balón de los pies de Valderrama, Rincón pasó como una tromba por la punta del área y clavó ese empate que nos paralizó. Yo me quedé estático mientras el estadio empezaba a despertar, pues el ‘Negro’ Fredy venía embalado hacia mi puesto y allí, a cinco metros de donde yo estaba, paró, soltó su grito de gol, se llenaron los ojos de lágrimas y entonces, con terror, me di cuenta de que yo estaba celebrando con él, y la foto no la había disparado.

La celebración del equipo colombiano con el gol.
Foto:
Espiché el obturador como si estuviera abriendo un hueco con el dedo en la pared y por fin sentí que la foto de la victoria había pasado a la película.
Rincón corría desaforadamente, Carlos Mario Hoyos le llegó al abrazo y en un instante se lo agregaron las sudaderas de los reemplazos. Luego vinieron todos los demás que gritaban como locos.
‘Chicho’ se abrazó con Fredy, se devolvieron de la cancha a una esquina y se besaron en una intimidad gloriosa. El grupo de los técnicos saltaba y los una vez alemanes parecían puestos en el Giuseppe Meazza. Parados, extasiados, en la misma actitud que tres minutos estaban los colombianos.
Nunca había estado tan cerca de una fiesta de gol. Oí todos los gritos, capté las palabrotas que no eran groserías sino dichos. Vi a muchos rostros guapos llorar; asimilé que ese grupo es todo uno y que la fiesta que empezaba en ese rincón del Giuseppe Meazza era el himno de la victoria, cuyas primeras notas las estaban cantando arrancándose la camiseta de la dicha, de la felicidad.
Tampoco había tenido a boca de jarro una foto tan esperada, y no se me olvidará.
En la mitad del juego, conversando con un colega, pensábamos en lo bello que sería un jugador cantando gol, con el estadio más bello del mundo como fondo de la gráfica.
Ahí estaba Rincón. Salió sin el fondo del estadio porque en el afán de abrazarlo casi le meto la máquina en la garganta y en la prisa por tomar la foto se me congeló la garganta.
En ese instante, por un segundo, ambos éramos una bandera colombiana que brillaba en esa evaporada fiesta de los alemanes y prendía en la emocionada celebración de los colombianos. ¡Hacer clic!
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