El conflicto de ‘Letras en Sevilla’ no es un episodio aislado ni un malentendido cultural. Es un síntoma. La enésima demostración de que la Guerra Civil española es un yacimiento que se explota periódicamente con notable rendimiento social, político y emocional.
Porque la Guerra … Civil es hoy, paradójicamente, la guerra donde todos ganamos. Pastan en ella los de izquierda, que se encuentran en el recuerdo una fuente inagotable de legitimidad moral. Pastan también, aunque disimulen peor, algunos de derechas, felices de ocupar el lugar del proscrito rentable. Y pastan, sobre todo, los profesionales del símbolo, del gesto, del titular fácil, del eslogan con eco emocional y escaso riesgo personal.
Por eso, la esencia del conflicto de ‘Letras en Sevilla’ no gira tanto en torno a lo que se iba a decir, sino a quién podía decirlo y desde dónde. Y quien introduce en la discusión una pregunta incómoda -una duda, un matiz, una ironía- es acusado de equidistanciael pecado capital de nuestro tiempo, pues pensar fuera del bloque equivale a traicionar.
La Guerra Civil no interesa que termine. Pero tampoco interesa que se analice de verdad, que se confronte con rigor, que se debata sin consignas ni catecismos. Porque el análisis introduce matices, el debate genera dudas y la confrontación intelectual suele arruinar los relatos simples. Y hoy, lo simple cotiza alto.
Lo verdaderamente rentable para nuestros políticos no es comprender la guerra, sino administrarla. Mantenerla abierta como herida simbólica, explotarla como una fractura permanente entre buenos y malos, una polarización peligrosa pero eficaz, pues la complejidad no moviliza; la indignación, sí. Y además da votos y seguidores en redes sociales. Alimenta estructuras, observatorios, comisiones, actos conmemorativos y discursos previsibles. Permite manipular el pasado sin responder por el presente. La guerra, así entendida, no es un trauma que deba resolverse, sino un recurso que debe mantenerse vivo, rentable y políticamente explotable.
Por eso cada intento de mirarla con distancia crítica provoca escándalo. Porque amenaza el negocio. Porque pone en riesgo el cómodo reparto de papeles. Porque insinúa que la historia no es un cuento infantil sino un territorio incómodo, lleno de sombras, responsabilidades compartidas y miserias humanas.
Y eso, en una época que necesita certezas rápidas y enemigos claros, resulta intolerable. Mejor seguir trincando en esta guerra tardía, simbólica y subvencionada.
