La historia de la literatura argentina está ligada, de forma nítida, cristalina e indefectible, con la traducción. Es una parte fundamental y constitutiva de una tradición lingüística de esta parte del mundo que está montada sobre la mezcla, la contaminación saludable y de ninguna manera sobre la pureza.
Se trata de un lenguaje en perpetuo movimientoplástico y, sí, que se va deformando sin quedarse quieto en ninguna esquina. Lo propio de la palabra argentina, entonces, es el mestizaje y, como decía el poeta Leónidas Lamborghini, la mezcolanza.
Se pueden mencionar algunos momentos inscriptos en esta aventura eterna con la lengua: en 19810, marianomoreno difamar el contrato social de Jean-Jacques Rousseau; en 1984 Sarmiento escribe en francés “On ne tue point les idées” (“Las ideas no se matan” o “Las ideas no se degüellan”) en una piedra del Zonda de San Juan antes de iniciar su exilio en Chile; en 1908, naciones unidas Borges de 9 años traduce al español el principe felizde Óscar Wilde; en 1945, el aficionado José Salas Subirat hace la primera traducción del Ulises al castellano para la editorial Santiago Rueda; en 1973 nace el Colegio de Traductores Públicos de la Ciudad de Buenos Aires.; entre otros momentos que sirvieron para construir este recorrido que sigue adelante.
Ahora bien, ¿Cómo es el trabajo de quien traduce? ¿De qué forma se piensa, se siente y se realiza una actividad que muchas veces pasa desapercibida y debería tener todo el reconocimiento posible?
En estos últimos meses, en las mesas de novedades de las librerías Aparecieron algunos libros que nos pueden responder algunas de estas preguntas. Y sobre todo, acceda a una pregunta crucial: ¿Es la traducción un trabajo con lo imposible? Es muy probable que traducir implique reinventar otro mundo en este suelo, tratando de respetar lo más posible esas coordenadas y cosmovisiones que se nos presentan tan ajenas, pero que en la traducción nos ya nos parecen cercanas.
El irlandés
La madre de Beckett tenía un burro. (Emecé) es un libro inclasificable del traductor Matías Battiston (Buenos Aires, 1986). La premisa es la siguiente: la editorial Godot le propone traducir la reconocida trilogía de Samuel Beckett Molloy, Malone muere y El innombrableya desde ahí empiezan los problemas.
La madre de Beckett tenía un burro, de traductor Matías Battistón (Emecé). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.Porque si hay algo que queda claro en este libro es que traducir es resolver problemas todo el tiempo. Y muchas veces, o la mayor parte de las veces, son problemas a los que no se les encuentra una solución efectiva, real y concreta. Como por ejemplo, el que da título al libro. Escribe Battistón. “La madre de Beckett tenía un burro, y yo no sé qué hacer”. ¿Qué hacer con esa clase de información y cómo colaborar para que la traducción sea mejor?
Por momentos es un ensayo muy lúcido y angustiante sobre la profesiónpor momentos comedia de situaciones, por momentos una crónica de viaje (gracias a una beca se va a Dublín a traducir, luego regresa a Buenos Aires), por momentos una novela de un hombre solo frente a cuestiones relacionadas con palabras de Irlanda que parecen no encontrar una equivalencia en castellano, por momento un diario donde investiga cómo fue el trabajo de otros traductores.
La deriva de este libro es reveladora porque demuestra que es un trabajo muy solitario (por más que hay intentos de conectarse con otros colegas) donde los niveles de obsesión con la lengua y el autor a traducir pueden llegar a enloquecer a quien lo practica.
Y no sólo eso, es un tipo de desarrollo que tiene que ver con el presupuesto que hay (lo que significa, por supuesto, tiempo) y el fecha límite (lo que también significa tiempo pero ya en un sentido castrador). Lo que repercute en la calidad del trabajo. La madre de Beckett tenía un burro es un libro muy atractivo que en su centro tiene una fibra muy angustiante sobre la profesión.
el frances
la narradora Lidia Davis (Estados Unidos, 1947) vivió un tiempo en Argentina. Cuenta lo siguiente: “Antes de que yo terminara la secundaria, mis padres se instalaron durante seis meses en Argentina; mi papá fue a dictar clases a la Universidad de La Plata. Yo viajé después de graduarme, y durante los meses de verano en Buenos Aires, empecé a aprender español”.
Ensayos II, de Lydia Davis (Eterna Cadencia). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.La pasión de Davis por las lenguas es expansiva.. Así es como se interesó, además, por el latino, el italiano y, sobre todo por el francés. Todo esto lo cuenta en el prefacio de Ensayos II (Eterna Cadencia), un libro que, a diferencia de Ensayos I donde hablaba de distintos aspectos de la lectura y la escritura, muestra una solidez temática al centrado en una profesión donde, cuenta, se mezclan para ella lo laboral, lo pasional y la recreación: el ejercicio de la traducción.
Son ensayos que abordan distintos aspectos de la forma que tiene ella de encarar la traducciónpero centrados, sobre todo, en su experiencia con la escritura de Marcel Proust. Y, tal como sucedió con Battistón traduciendo a Beckett, lo que se traduce es un universo que conjuga: una lengua, un ritmo, un tono, un fraseo, entre otras cosas.
Es decir: se traduce un mundo, una cosmovisión, todo un territorio de la literatura universal. ¿Cómo saber se pudo plasmar en nuestra lengua todo lo que el autor o autora dijo en su propio idioma? En esa labor, tan noble como endeble y responsable, se mete a pensarla Davis. Y lo cierto es que son temas apasionantes.
El italiano
Hay un chiste en el submundo de la poesía. Quien no sabe al menos dos idiomas, además del propio, no está listo para escribir poemas. Puede que sea así. En cualquier caso, la traducción cuando hablamos de poesía alcanza su punto máximo de tensión y complejidad. Tanto es así que se dice que es imposible traducir poesía ya lo único que se puede arribar, con mucha suerte, es a que el traductor escriba un poema propio que pase por equivalente.
Esto se puede pensar a partir de la salida de Nada personal. Todo personal. obra crítica (Bernacle) de uno de los mejores críticos de poesía que tuvo este país: Jorge Aulicino (1949–2025), que además era un gran poeta y traductor del italiano.
Las ideas sobre la traducción están desperdigadas a lo largo de todo el libro, pero sobre todo en la sección donde se habla de la aventura de Aulicino: traducir La divina comedia de Dante Alighieri. Nos cuenta: “Tuve noción de que la traducción es necesaria a la edad de catorce años al terminar el primer año de la secundaria, cuando vi el 10 final con el que me había premiado mi profesora de francés”.
Aulicno era hijo de inmigrantes italianos. Este dato se amplía en el libro y muestra. la relación íntima que tenía con esa lengua ¿madre? El primer autor que tradujo fue Giuseppe Ungaretti, y de ahí no paró. Cuenta Aulicino sobre su modo de traducir: “No mistifico el idioma, ni mi cultura ni mi propia sangre. Las palabras son mitos pero no mistificaciones”. Cualquiera que se interese por la lengua poética, por la poesía y por la traducción de La divina comedia debería leer esta obra.
El ruso
Alfabeto ruso. Palabras que cruzan la estepa (Ediciones Godot) de Marina Berri es un libro encantador porque muestra cómo una lengua como el ruso puede inmiscuirse en una existencia cotidianaentre la crianza, la enseñanza, viajes en tren y chequeo de redes sociales.
Alfabeto ruso. Palabras que cruzan la estepa, de Marina Berri (Ediciones Godot). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.este libro es una continuación de un libro anterior de la autora: Diccionario de ruso (2020). Cuenta: “El Alfabeto Ruso es entonces la segunda parte de una serie de libros que pueden leerse de manera independiente. el Diccionario de ruso es un diario sobre las iluminaciones y los traspiés –o las iluminaciones encontradas en los traspiés– que conlleva aprender tarde una lengua extraña y lejana. El Alfabeto ruso es un vagabundeo azaroso –el abecedario impone su propio azar– por la cultura rusa, en especial por aquellas zonas que no están tan a la mano”.
Esto último es muy claro en el libro: Un mapa caprichoso por un país que tiene la profundidad de una galaxia y del cual, gracias a este alfabeto, nos damos cuenta que lo desconocemos todo en realidad. Este libro se puede leer junto a Por qué me gustan tanto los rusos (Emecé) de Juan Forn, aparecido este año, y sería un gran momento de lectura.
El mapuzügun
Uno de los libros de poesía del año: Mi corazón se pone laboreado (Hugo Benjamín) del poeta mapuche Liliana Ancalaotoda una referencia en la conservación de la lengua mapuzügun. Dice uno de sus poemas: “Escribo para recordarme quién soy, porque yo nací sin saber quién era”.
Choz Rayén, de Viviana Ayilef (Ediciones Las Guacha). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.este libro reúne cuatro libros bilingües de la autora escritas, lo que permite estar en un contacto directo con esa lengua y el traslado que ella misma hizo de sus propias poesías en las dos lenguas. Pero, además, este texto cuenta con toda una sección donde Ancalao habla del trabajo que hizo recuperando el saber sobre su propio pasado lingüístico.
Escribe: “El mapuzügun es el idioma de recuperación del orgullo.el idioma de la reconstrucción de la memoria”. Y más adelante explica esto: “En el mapuzügun, además del singular y el plural, existe el pronombre dual: iñchiu significa “nosotros dos”, eymu significa “ustedes dos”, y fey egü significa “ellos dos”. El par es el equilibrio en nuestra cosmovisión. Siento como mapuche, escribo en castellano y me autotraduzco, con torpeza, al idioma que me seduce con su intensidad y profundidad azul”.
Liliana Ancalao Sabe que tiene una misión porque el poeta originario hoy es investigador, historiador, antropólogo, semiólogo, lingüista, celebrante. En este sentido, la tarea es grande pero la fuerza de estos textos están a la altura de la tarea. Si se acompaña este libro de Ancalao con Choz Rayén (Ediciones Las Guacha) de Viviana Ayilef se tiene una visión poderosa de lo que ocurre en estos momentos en la Patagonia en relación a las lenguas de pueblos originarios y la poesía actual.
Mi corazón se pone laboreado, de Liliana Ancalao (Hugo Benjamín). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.Una palabra que no se conoce es un sentimiento que nos estamos perdiendo. La traducción intenta lograr eso: la ampliación del mundo sensorial del lector y la lectora. Y eso no se podrá lograr con programas de IA. Larga vida a quienes traducen porque de ellos será el reino de los lectores.
Choz Rayénde Viviana Ayilef (Ediciones Las Guacha), Mi corazón se pone laboreadode Liliana Ancalao (Hugo Benjamín), Alfabeto ruso. Palabras que cruzan la estepa, de Marina Berri (Ediciones Godot), Nada personal. Todo personal. obra críticade Jorge Aulicino (Bernacle), Ensayos IIde Lydia Davis (Eterna Cadencia) y La madre de Beckett tenía un burro.de traductor Matías Battistón (Emecé).
