En 2025, cuando Ibrahim Mahama fue reconocido como el artista más influyente del año, el anuncio no confirma únicamente una trayectoria individual. Señaló algo más profundo: un desplazamiento en la geografía del poder cultural contemporáneo.
Nacido en 1987 en Tamale, Ghana, Mahama vive y trabaja entre Accra y su ciudad natal. Se formó en pintura y escultura en la Universidad Kwame Nkrumah de Ciencia y Tecnología, en Kumasi, y desde sus primeros trabajos. su práctica ha estado marcada por el uso de materiales urbanos reutilizados: restos de madera, documentos en papel, sacos de yute, cajas de zapatos, pizarras y puertas antiguas. Elementos que no son neutros ni decorativos, sino fragmentos de sistemas económicos, educativos y comerciales que atraviesan el mundo contemporáneo.
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Un trabajo de proporciones monumentales.
La obra de Ibrahim Mahama nunca ha buscado la visibilidad fácil ni la circulación cómoda. No produzca imágenes diseñadas para el consumo rápido ni objetos pensados para el mercado. Su trabajo construye entornos; monumentales, densos, incómodos.
Instalaciones hechas a partir de sacos de yute utilizado durante décadas para transportar cacao, carbón y otras materias primas. No son metáforas. Son restos reales de los sistemas de comercio, migración y trabajo que han configurado la globalización.
Lucrecia Piedrahita, arquitecta y curadora de arte. Foto:cortesia
Para Mahama, los textiles no son solo materia: son documentos de archivo. Cada saco está marcado por el tiempo, la forma y el lugar. Contiene nombres, fechas, rutas y huellas de uso. En su obra, el material es testimonio y la escalada se convierte en una herramienta política.
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Entrar en una de sus instalaciones es ingresar a un archivo sin vitrinas, donde la historia no se observa a distancia, sino que se atraviesa con el cuerpo.
La importancia de su reconocimiento en 2025 tiene que ver tanto con la fuerza formal de su trabajo como con el momento histórico que atraviesa el sistema del arte.
Museos, bienales e instituciones culturales se enfrentan hoy una crisis silenciosa de legitimidad: ¿a quién representan?, ¿qué historias narran?, ¿qué formas de trabajo y de vida permanecen ocultas detrás de sus muros? Ibrahim Mahama no responde a estas preguntas con discursos, sino con arquitectura y materia.
Detrás del significado del yute
Su obra rechaza la idea del espacio expositivo como territorio neutral. Cuando cubre un edificio, lo implica. Cuando se reactivan estaciones ferroviarias abandonadas o silos industriales, no los transforman en objetos culturales: los devuelve a su condición política.
En su práctica, la infraestructura nunca es inocente. Siempre está ligada al movimiento, a la circulación de mercancías, al control del territorio y las promesas incumplidas del desarrollo. Esa dimensión fue central en su participación en la Bienal Internacional de Arte de Antioquia y Medellín (Biam).
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Allí, su trabajo dialogó con una ciudad marcada por la industria, por el tránsito histórico de la ruralidad a lo urbano y por procesos complejos de transformación social que reconfiguraron su tejido ciudadano.
El antiguo equipamiento ferroviario —hoy desactivado— operó como símbolo de una promesa de desarrollo interrumpida y postergada: una infraestructura concebida para articular territorios y economíascuya potencia quedó suspendida por cambios estructurales, desigualdades y reordenamientos históricos. En ese pabellón ferroviario, Ibrahim Mahama desarrolló una reflexión sobre educación, tecnología y desarrollo en el Sur Global.
Roberto Rave, del ICPA (c), junto al artista Ibrahim Mahama. Foto:archivo particular
Su obra puso en evidencia cómo la tecnología, presentada con frecuencia como promesa de progreso, produce también montañas de desechos materiales y cómo los procesos de desarrollo fracasan cuando prácticas poco claras retrasarán la inversión sostenida en educación y conocimiento.
En ese espacio, Mahama instaló un guión, una estructura narrativa que concentra los pliegues del tiempo: pasado industrial, presente detenido y futuros aún no resueltos. Más que una instalación, fue un dispositivo de memoria: un gesto para radicar el tiempo en el lugar y señalar que, sin educación, sin ética y sin claridad en los procesos, el desarrollo se convierte en una promesa aplazada.
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La influencia de Ibrahim Mahama reside también en su negativa a separar estética y ética. Sus obras son visualmente poderosas, pero su fuerza no proviene del impacto inmediato, sino de su claridad conceptual. Insistir en presencia. Obligan a reconocer los materiales y las manos que sostienen nuestra vida cotidiana, nuestras ciudades y nuestras instituciones.
Ese año de consagración quedó confirmado cuando fue clasificado en el puesto número uno del ArtReview Power 100, convirtiéndose en el primer artista africano encabezar esta listay cuando recibió el Art Basel Awards – Gold Award, reconocimiento que incluye una comisión pública de gran escala prevista para 2026.
Ibrahim Mahama, obra para la BIAM en el Parque de Artes y Oficios de Bello. Foto:iSAAC RIPOLL, Cortesía ICPA
En 2025, el reconocimiento de Ibrahim Mahama confirma un cambio de época. El centro del arte contemporáneo. ya no se define exclusivamente desde Europa o Estados Unidos.
Las prácticas más urgentes emergen de territorios donde la historia no es abstracta, donde la infraestructura se vive y donde la materia conserva memoria.
Ibrahim Mahama no nos pide mirar el mundo de otra manera. Nos obliga a ver lo que siempre ha estado ahí. Y en ese gesto, profundamente político, reside su verdadera influencia.
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Lucrecia Piedrahíta
Arquitecta y curadora de arte
