La joven camarera me clava su mirada inexpresiva. Casi no me impresiona, es algo que hace a veces. Le pido por ejemplo que me quite el hielo del vaso de agua con gas y lo tira en silencio, mirándome fijamente, como muerta. Otros días habla y se mueve como una persona normal, así que no se lo tengo en consideración. No quiero imaginar lo que cobra ni las horas que pasa de pie detrás de esa barra. Por eso siempre he achacado esas miradas de pez a momentos espontáneos de hartazgo. Hasta ahora, que ya no sé si se trata de una acción revolucionaria calculada. Porque anoche supe de la existencia del movimiento The Gen Z Stare –Mirada Fija de la Generación Z–. Un fenómeno misterioso que al parecer lleva meses extendiéndose. Una especie de huelga de expresividad juvenil que, en su aparente forma pasiva, es un acto de protesta.
Resulta que en las redes sociales, pero también en el cuerpo a cuerpo de las oficinas, los bares o las calles, un ejército silencioso de jóvenes combate su desesperación lanzando miradas fijas. Inexpresivas. Cejas arqueadas, boca entreabierta, ausencia de parpadeo y ojos impeterritos contra el absurdo. Y también, quizás, contra esta sociedad del espectáculo que ha sustituido la vida real por su representación. “Yo no voy a actuar para ti”, nos dicen con la mirada estos jóvenes Z hartos de sobreestimulación, agentes de la resistencia de la primera generación digital nativa. “No voy a sonreír ni fingir entusiasmo ni mucho menos sumisión. Tampoco voy a abrirte mi corazón”.
Ayer supe del movimiento The Gen Z Stare o la Mirada Fija de la Generación Z
Me acabo el agua con gas sin hielo pensando en preguntarle a la camarera si va por libre o es una activista del movimiento Mirada Fija. Se me pasó por la cabeza solidarizarme con la causa y comentar unas viejas ideas que lanzó Guy Debord, ya en 1967, sobre los peligros de la sociedad del espectáculo. Por ejemplo, que la vida como espectáculo adormece la conciencia. Y así va el mundo. O que el dominio de la economía sobre la vida degradó el ser en tener. Y luego el tener en parecer.
Se me ocurre preguntar a la joven qué peldaño cree ella que será el siguiente que bajaremos en esta escalerita filosófica. O sea, si es cierto que de ser pasó a tener y luego a parecer, ¿qué vendrá ahora? Se lo preguntaría si no supiera que me arriesgo a una mirada mortal.
