“Le dio besos en los muslos, de un lado y del otro, cada vez más cerca. De ese fruto no comerás. Pero Bruno comió del fruto, primero tímidamente viendo si a Mei le gustaba y después ya hundiéndose en el Génesis rosado con la lengua entera (…) Mei así nomás como le salió la voz cortada, ahí, no pares, los besos y los besos y los besos, (…) la felicidad física de Bruno como un pescadito haciendo burbujas de amor en la pecera, entrando en todas esas letras de canciones del jugo de lúcuma y me gusta ese tajo y tu flor de lis junto a mi boca y fumar de tu rubí, bebete a gotas, tanto examen oral, la lengua acalambrada”, aunque este es un fragmento en que Pedro Mairal describe cómo uno de sus personajes le hace sexo oral a otro, en él está plasmada la esencia de Los nuevos, un libro que rescata la incertidumbre y la intensidad que se vive en la adolescencia.
El libro es protagonizado por Thiago, que acaba de perder a su madre y que está inundado de rabia. Poco habla con su familia y se sincera de a pocos con sus amigos. Tras ocasionar un accidente, el joven termina en un hospital psiquiátrico en donde enfrenta la responsabilidad de sus actos. Por otro lado está su mejor amigo, Bruno, quien se fue a estudiar a Wisconsin, pero se encuentra acorralado por la soledad, hasta que le entrega su corazón a una chica que le fascina y se hace amigo de quien menos esperaba. Y Pilar, por una especie de rebote extraño —porque tiene que hacer un trabajo práctico para la facultad de cine—termina conociendo mejor a Rosa, la empleada que trabaja en la casa de su abuela desde hace treinta o cuarenta años, lo que termina abriéndole un mundo distinto al que conocía.
A través de ellos y sus vivencias, el escritor expone el frenesí típico de la adolescencia, que quiere experimentar, dudar y jugar. También se permite ser directo, crudo y rebelde, al hablar de temas tabú como terminar internado en un psiquiátrico, tener sexo hasta el cansancio y borrar las clases sociales a través de la amistad. Y lo hace con un estilo único, en el que no solo describe escenas gráficas, sino que se da libertades como crear escenas ficticias, a partir de letras que todos conocemos, pero a través de la música. Por ejemplo, ese pescadito haciendo burbujas de amor en la pecera, que menciona en la escena anterior, es una creación icónica de Juan Luis Guerra.
“Toda la canción habla del acercamiento sexual de Juan Luis Guerra hacia una persona que le gusta, una mujer en este caso. No es que seamos malpensados: es bastante claro. Es ese tipo de romanticismo antiguo que escuchaban nuestros papás. A eso algunos lo llaman salsa catre y otros directamente porno salsa. En esa escena, a mí me interesaba que Bruno pasara por varias de esas canciones que sugieren ese clima, esa situación, y una de ellas, sin duda, es la de Juan Luis Guerra. Por eso está ahí”, confiesa Mairal.
“Estoy notando cada vez más que las escenas sexuales generan mucho choque. Los lectores parecen estar cada vez más desacostumbrados a eso. Veo comentarios del tipo: ‘¿Y por qué este tipo se pone a escribir sobre esa situación? ¿Por qué no corta en el momento en que se están fumando un cigarrillo, con la sábana por la clavícula?’. Si uno logra escribir la construcción del deseo —cómo cada uno llega a ese encuentro que imaginó, qué lo erotiza y qué no—, también aparece la vulnerabilidad de esos momentos. En el sexo hay vergüenza, pudor, incomodidad, torpeza. Todo eso dice muchísimo de quiénes son los personajes.”, agrega.
Hay algo, en esas situaciones que le parece crucial y sobre todo a la edad que atraviesan los tres protagonistas, quienes están entrando a sus 20 y descubriendo cómo es pasar de ser adolescentes a ‘adultos pequeños’, mientras que encuentran su propia identidad. “Vivimos en un momento en el que en las redes sociales mostramos el lado A de la vida: lo que salió bien, la foto en la que nos vemos lindos, el viaje, la postal feliz. La literatura, en cambio, está buena que vaya hacia la espalda de eso. ¿Qué foto de tu teléfono te daría vergüenza que se vea? ¿Cuál no mostrarías nunca? ¿De qué te morirías de pena? Creo que la literatura puede ir hacia ese lugar. No tiene que hacerlo obligatoriamente, pero puede, porque la literatura muestra la condición humana”, comparte el autor argentino.
Libro Los nuevos, de Pedro Mairal Foto:Casa aleatoria de pingüinos
Y dentro de todo eso también está la exploración identitaria donde no todo gira en torno a la heterosexualidad. Thiago es un caso de ello, tiene deseos homosexuales, sin etiquetarse como gay. Además, explora esas fantasías desde un lugar que no es morboso, sino curioso. “Desde ahí, intento ponerme también en la piel de un chico de estos tiempos. En el caso de Thiago, aunque lo burlen y le dicen cosas como ‘se te cayó una pluma’, o aunque su propia madre le lance comentarios hirientes, hay algo que se le transparente. Esa tensión, esa incomodidad y esa búsqueda forman parte de su experiencia”, dice Mairal a EL TIEMPO.
Y agrega: “Me parece que hay un terror cada vez más grande a los cuerpos. El cuerpo del otro se volvió algo demasiado virósico, demasiado real: cercano, incontrolable. En cambio, el mundo de las pantallas es el mundo que creemos controlar, el que sentimos que no nos va a hacer tanto daño. En ese sentido, el cuerpo a cuerpo probablemente sea algo cada vez más difícil de afrontar. Puede ir por ahí. Es una idea que me hace pensar”.
Aunque la novela no es autobiográfica, el también autor de La uruguaya, se hunde en su propia adolescencia y postadolescencia, para crear historias acrónicas que buscan conectar con las emociones de todo tipo de público. Aunque los personajes tengan celulares y comenten sobre el Mundial de Qatar de 2022, parecen venir de otro tiempo.
“Intenté rescatar esos momentos de la vida en que se te enloquece la brújula: te vas por primera vez de la casa de tus padres, empezás a dormir con otras personas y en otros lugares, no sabes qué vas a hacer, no sabés cómo vas a ganar plata, no tenés claro hacia dónde salir disparado. Todos los modelos de adulto te quedan lejanos y no te ves reflejado en ninguno. Es un momento de mucha soledad. A ese lugar quise ir, más que a una época específica del mundo: a una época de la vida”, dice Pedro Mairal.
La rebeldía de quien se siente invencible, pero que no sabe qué hacer con su vida, hacen que este libro sea un fiel compañero a cualquier edad: cuando se está en la etapa de elegir una carrera profesional, o cuando se ingresa a lo laboral y nada cumple con la idea de ‘salvar el mundo‘, o cuando la crisis de los 30 y los 40 empieza a llegar.
Thiago se hace amigo del hombre que cuida los caballos en la playa a la que van en verano, y ese hombre le enseña el valor del silencio y el cariño por la naturaleza. De la misma manera, Bruno está estudiando algo que no le gusta en Wisconsin y termina haciéndose amigo de la gente de mantenimiento.; Incluso consigue un trabajo en el área de mantenimiento de la universidad.
“Todo eso tiene que ver con esos pequeños mundos que se les crean a los adolescentes para protegerlos, pero que se pueden llevar a otros contextos de vida. Siempre aparece esa actitud exploratoria, esa necesidad de buscar la grieta, de ver la fisura en lo social y encontrar esos espacios diagonales, esas rajaduras por donde pasar y escapar. Al mismo tiempo, me interesa mostrar cómo funciona el sistema de protección, de alianzas y de lealtades, y cómo ese mismo sistema, de pronto, puede dejarlos afuera”, comenta el autor.
Pedro Mairal Foto:Casa aleatoria de pingüinos
A Thiago, por ejemplo, lo toma el mundo psiquiátrico para evitar que entre en el mundo judicial y que termine preso. En el caso de Pilar, se rompe por completo el sistema de alianzas familiares y queda fuera de todo, prácticamente en la calle.
“Eso es algo que me interesa mucho observar: el momento en que uno sale a la realidad. Como en The Truman Show, cuando Truman toca el borde del cartón pintado y se da cuenta de que vivía en un mundo ficticio. (…) El paso de la adolescencia a la adultez como un golpe seco contra la realidad”, añade.
A Pedro Mairal también le sirvió recordar sus épocas de rebeldía, para ponerse en los zapatos de los jóvenes a quien da vida. Su paso por la escuela de medicina de una universidad pública en Argentina fue un “tortazo en la cara”, porque, a pesar de que solo llegó hasta el ciclo básico, fracasó.
“Fue terrible. Mi cerebro de poeta frente a las ciencias duras era algo desesperante para mí. Veía que todos seguían estudiando y entendían el retículo endoplasmático liso, el rugoso, la mitocondria, y yo no lograba captar la biología, la química ni la matemática. Sentí que un batallón entero me pasaba por encima, que todos avanzaban y yo me quedaba atrás. Mentí en mi casa, porque sentía que estaba decepcionando mucho a mis padres. Durante varios meses Seguí yendo a la universidad, pero en realidad iba a la cafetería. Iba a leer. Ahí empecé a leer de otra manera: cuentos de Cortázar, de Borges. Simulaba que iba a la facultad porque tenía que salir de mi casa”, recuerda.
Después, se destapó la olla y se descubrió todo. En esa época se estaba proyectando La sociedad de los poetas muertos, esa película en la que hay un chico que se quita la vida porque no lo dejan estudiar teatro. “Yo tenía 19 años y les dije a mis padres: ‘Tienen que ir a ver esa película, es muy importante para mí’. Volvieron pálidos del cine, diciendo: ‘No, tenés que estudiar lo que tengas ganas’. En la película hay un chico que se suicida porque sus papás no lo dejan perseguir sus sueños. Yo, por supuesto, no pensaba hacer nada así. Pero funcionó como una forma de advertirles que quizás la medicina no era mi camino, que yo estaba empezando a inclinarme hacia las letras”, añade.
El novelista puso en Thiago, la pasión por la escritura; en Bruno, el amor por la música; y en Pilar, el interés por el cine. Todas las características que él mismo posee. “El fruto no cae muy muy lejos del árbol”, confiesa entre risas. Cuando no está creando personajes, sigue escribiendo, pero vuelca sus pensamientos hacia los cuentos, la poesía, y columnas para los diarios de su país. Mairal, cuando necesita inspiración, salta de un libro a otro y su mesita de noche es testigo de todas las historias que empieza y va terminando a lo largo del año. Y así es como ha creado un mundo caótico, para los personajes que lo han acompañado a lo largo de su vida, que viven cosas tremendamente cotidianas, pero que reflejan las falencias que hay en la sociedad, desde diferentes perspectivas.
María Jimena Delgado Díaz
Periodista Cultural
@Mariajimena_delgadod
