Anda el foro revuelto porque el ex fiscal general del Estado, García Ortiz, fue ovacionado durante cinco minutos en la Cátedra Mayor del Ateneo de Madrid el pasado jueves. Es cierto que la condena al ex fiscal viene del Tribunal Supremo, y aunque todos los … que aplaudían el otro día son buenos ciudadanos que acatan la ley, se les vio las costuras electorales y revanchistas. Yo os vengo a contar mi experiencia con el Ateneo de Madrid.
Siempre, y quiero decir, siempre, he tenido las puertas del Ateneo de Madrid abiertas de par en par. Desde que Luis Arroyo es su presidente, participó en varias charlas, presentó novelas y tuvo a mi disposición a un gran número de profesionales para que el acto/evento/presentación fuera un éxito. Nunca he obtenido un no y siempre han tratado de encontrar el modo y la forma de encajar cualquier propuesta que les haya hecho.
En la Cátedra Mayor del Ateneo han hablado desde Albert Einstein a Manuel Azaña, Ortega y Gasset, Cossío o Mesonero Romanos. Desde su fundación, en 1835, y desde su cambio de sede a la actual ubicación en la calle del Prado, en 1884, el Ateneo de Madrid ha sido punto de encuentro y desencuentro de la ciencia, la política, la literatura, la música, el arte, el teatro y la sociedad, en general. Pero nunca, jamás, se le ha negado la opción de debatir y de hablar a nadie, independientemente de sus ideas, proclamas o consignas.
Y aquí es donde quiero detenerme. Porque lo que está pasando estos días no va realmente de una ovación concreta, ni de una persona concreta, ni siquiera de una sentencia concreta. Va de algo mucho más profundo: de cómo entendemos la llamada «batalla cultural». Hay quien cree que la batalla cultural se libra señalando, vetando, cancelando o tratando de expulsar al adversario del espacio público. Que consiste en convertir cada escenario en una trinchera y cada acto en un mitin encubierto. Que ganar es que el otro no hable. Que avanzar es ocupar instituciones para que solo resuene una voz, la propia, como si la cultura fuera un altavoz y no una conversación.
Pero esa no ha sido nunca la tradición del Ateneo, como tampoco lo es ahora. Y, me atrevería a decir, no debería ser la tradición de ningún espacio cultural que se tome en serio a sí mismo. La cultura no es cómoda. No es un lugar donde uno va a escuchar únicamente lo que ya piensa. La cultura es fricción, contraste, incomodidad a veces. Es escuchar a quien no te gusta para afilar tus propios argumentos. Es aprender a disentir sin dejar de compartir mesa, techo y micrófono. Es entender que el prestigio de una institución no se mide por la homogeneidad de sus invitados, sino por la altura del debate que es capaz de sostener.
Por eso me sorprende —aunque ya debería estar acostumbrado— que algunos de los que más hablan de pluralidad sean los primeros en pedir cordones sanitarios culturales. Que quienes se llenan la boca con la palabra democracia cultural se pongan nerviosos cuando la democracia se practica de verdad: dejando hablar, incluso a quien molesta.
Y aquí viene lo importante. La batalla cultural no se gana gritando en redes sociales ni exigiendo vetos. No se gana redactando listas negras ni presionando para que se cancelen conferencias. La batalla cultural se gana haciendo cultura. Y hacer cultura es exactamente lo que el Ateneo hace todos los días: programar actos, abrir salas, prestar micrófonos, organizar presentaciones, facilitar encuentros. Si alguien cree que sus ideas son mejores, más justas, más profundas o más útiles para la sociedad, la respuesta no es cerrar la boca al otro. Es organizar más actos. Es presentar más libros. Es promover más debates. Es llenar más salas. Es trabajar más. Es convencer, no silenciar.
Quien quiera dar la batalla cultural de verdad tiene una tarea muy sencilla y muy exigente a la vez: dejar de obsesionarse con quién habla y empezar a preocuparse por qué tiene que decir él mismo. Menos veto y más propuesta. Menos escándalo y más contenido. Menos policía cultural y más creadores. Porque al final, las instituciones que perduran no son las que cerraron puertas, sino las que las mantuvieron abiertas incluso cuando fuera soplaban vientos incómodos. Y en eso, nos guste más o menos lo que se diga dentro, el Ateneo sigue dando una lección que algunos aún no han querido entender.
