El Museo Marmottan Monet de París acoge una exposición luminosa bajo el nombre de El imperio del sueño en el que se lleva a cabo una cuidada cartografía de los sueños. Un tercio, más o menos, de nuestro tiempo lo dedicamos a dormir y parte de ese tiempo a soñar, cuando finalmente el alma se libera de la conciencia. Ateniéndose a la triada Hipnos, Tánatos, Eros, se seleccionan las representaciones que mejor han expresado el enigma del mundo interior, el más secreto, el más difícil de interpretar, incluso por Sigmund Freud.
En línea con Lo Somni de Bernat Metge, en el que al autor se le aparece el fantasma del rey Juan I de Aragón y le dicta normas políticas, o el Sueño de Polifilo de Francesco Colonna, donde la actividad onírica es una explicación del carácter humano; y en línea también con la llamada de atención de Goya al afirmar que “el sueño de la razón produce monstruos” y con las visiones de Füssli de pesadilla o de Courbet con el inquietante rostro de La Sonámbula la exposición interpreta el enigma interior en una sucesión de espacios como si fueron capítulos de un libro visual sobre un fondo rojo, azul, violeta y amarillo.
INSINUACIÓN ‘La cama deshecha’ sugiere la intimidad del Otro, y genera algo que nos perturba. Muchos artistas utilizaron este motivo como ejercicio de luces, sombras y texturas, y siempre el espectador se pregunta: ¿Qué ha pasado en entre esas sábanas?
Una construcción pensada por la comisaria Laura Bossi, que a su condición de neuróloga añade la de historiadora de la ciencia, a la que acompañaron en la tarea Sylvie Carlier y Anne-Sophie Layton. Paso a paso nos sumergimos en el argumento propio de la escuela de los anales de que un tema puede ser abordado con rigor científico ya la vez como un producto de la imaginación artística que forja el imaginario social.

ABANDONO. El desnudo femenino fue uno de los temas más y mejor desarrollados por Félix Vallotton. En ‘Mujer desnuda sentada en un sillón’ consigue con una gama cromática reducida y un trazo contundente, convencernos del profundo sueño y el abandono onírico de esa mujer que parece fundirse en una butaca roja.
Imaginemos, pues, la cartografía de la dulce necesidad de soñar siguiendo la construcción expositiva que se inicia con los niños dormidos de Monet y sigue con los adultos que cabecean en los lugares más inesperados, un vagón de tren, la sombra de un árbol, el banco de un parque, o un porche junto al mar.
A estas alturas ya nos preguntamos por qué los antiguos artistas, para visualizar la liberación del sueño, emplean gestos como el de la Virgen de Benvenuto Tisi, “il Garofalo”, que cubre con un paño a un niñito Jesús dormido o porqué el nacimiento de Eva del costado de Adán (nada de la costilla) se hace mientras está dormido, e incluso por qué los guardianes del Santo Sepulcro dormitan cuando Cristo resucita.

SENSUALIDAD. A caballo entre el concepto barroco y neoclásico de la belleza, y con un colorido dorado y suave, el taller de Simon Vouet consigue plasmar el erotismo de una ‘Venus durmiendo sobre las nubes’ que sueña entre las nubes, con el cabello movido por el viento.
Y es así porque a veces dormir es una evasión de la realidad al modo como Giovanni Bellini ve a un Noé embriagado tras salir del Arca. Eso explica que, durante el Renacimiento y el Barroco, se dijo, tal hizo famosamente Calderón, que la vida es un sueño y que los sueños, sueños son.
Soñar para no recordar asigna funciones específicas a zonas determinadas de la corteza cerebral, pero entonces se incrementan las sospechas de que existe un sueño eterno, un viaje a un lugar de donde jamás se regresa: “Morir, dormir, soñar acaso; ¡Ah, ahí está el problema!”.

PLACÍDEZ. El pintor impresionista danés Michael Ancher representa a la perfección en este ‘La siesta’ unos de los momentos más plácidos de la vida, una buena siesta en una avanzada primavera, con el sol filtrado entre la frondosidad de los árboles y el olor de las flores.
Exclamó Hamlet en el famoso soliloquio. Hipnos y Tánatos en la exposición aparecen como hermanos gemelos en una ánfora griega, en un grabado de Hans Sebel Behan de 1548, en la imagen de Simon Petrus Klotz, La noche con sus hijos Sueño y Muerte de 1811, o en El vuelo de Evely De Morgan de 1878. Dormir sin despertar es más que una metáfora: el alma escapa del cuerpo, cree Claude Manet al contemplar a Camille en el lecho de muerte o también Ofelia, que se deja llevar dulcemente por las aguas.

EXPRESIVIDAD. El suizo-italiano Giuseppe Antonio Petrini, retrata en su estilo tardo-barroco, y con su característica expresividad un san Pedro dormido, quizás durante su encarcelamiento en Jerusalén, antes de ser liberado por un ángel.
Esta audaz decisión la calibramos en el apartado que relaciona sueño y amor a través de Simon Vouet, que en 1630 insistió en una Venus dormida en línea con lo hecho por Giorgione, Tiziano, Velázquez o Rembrandt, y que harán Ingrés, Monet o Picasso, claro que con este último hay que contar con la presencia del Minotauro. En este punto destaca la pintura de Félix Vallotton de una mujer desnuda recostada en una butaca sin brazos, soñando, ¿pero soñando qué? ¿Acaso los lugares del mito?
Hay un espacio para encontrar la respuesta: el sueño encantado de los cuentos, cuya dimensión es ambigua ya que hay dos modos de mostrar esta realidad onírica: uno que responde a la imagen de la soñadora despierta, la que anhela otra vida como en el Sueño de Cenicienta (1869) de Eugéne Le Prittevin; otro, que se restringe a la materia onírica, el mundo de Alicia en el País de las Maravillas o al otro lado del espejo. ¿Y entonces? Entonces no cabe otra que llegar hasta “las puertas del sueño”, partiendo del Apolo y las Musas de Lorenzo Lotto.

ILUSIONES. ¿En qué estará pensando, o mejor dicho, qué estará soñando esta ‘Joven dormida’ de autor anónimo que reposa sobre un riquísimo brocado de color púrpura y oro, y que sujeta férreamente entre sus dedos un pañuelo bordado que le acaricia el rostro?
La ambigüedad de lo que se representa es la que habilita el deseo de soñar que se sueña, como hace mi médico de Alberto Durero o lo que anhela el músico Giuseppe Tartini al creer que su obra es el resultado de soñar que se le apareció el diablo para dictarle las notas. Lo que a veces se denomina un recorrido onírico aparece aquí con Odilon Redon, Marlene Dumas, Max Klinger y Giorgio de Chirico, al cabo el surrealismo es la expresión más acabada de dar veracidad al sueño.
¡Qué ironía pensar con Laura Bossi que haya sido en el campo de la ciencia dura del cerebro donde ha regresado toda la imaginación onírica que se creía fruto de la superstición medieval! La exposición ayuda a sosegar el espíritu, y solo existe una pregunta al salir de ella e irnos a la cama como nos invita a hacer Eugène Delacroix en 1824: ¿seguiremos soñando?
El imperio del sueño Museo Marmottan París marmottan.fr Hasta el 1 de marzo
