En el corazón de un taller impregnado por el aroma a madera noble y barniz, el tiempo parece discurrir a un ritmo diferente al del frenesí exterior de Málaga. Allí, entre virutas y herramientas que han pasado de mano en mano, Luis Miguel Maldonado custodia … el legado de una dinastía de artesanos que ha puesto banda sonora a medio mundo.
Sin embargo, entre las millas de anécdotas acumuladas durante más de seis décadas Delaware oficiohay una que brilla con la fuerza del mito flamenco: el día que la superstición de José Monje Cruz, Camarón de la Isla, dejó una deuda eterna en Guitarras Maldonado.
Luis Miguel recuerda vívidamente el momento en que un BMW blanco se detuvo frente a la puerta. Del vehículo descendieron dos figuras que no necesitaban presentación para cualquier aficionado al arte jondo: tomateto y el mismísimo Camarón. Traían una pequeña guitarra de niño, rota, que el cantaor quería regalar a un sobrino.
El encargo fue sencillo. Camarón y Tomatito explicaron que se marchaban a tocar a Sevilla y que recogerían el instrumento a su regreso. Luis Miguel cumplió con el trabajo y, días después, los artistas volvieron al taller. Al examinar el arreglo, Camarón quedó satisfecho y preguntó por el precio. Luis Miguel le informó: «Son 1.300 pesetas».
Fue entonces cuando la idiosincrasia del genio de San Fernando se impuso a la contabilidad. Al escuchar la cifra, el cantaor reaccionó con la superstición propia de muchos artistas. «El número 13 no», dijo Camarón, argumentando que daba «mal fario». Con total seriedad, le hizo una contraoferta basada únicamente en evitar la mala suerte: «Mira, te voy a dar 1.200 pesetas». Luis Miguel, entre la sorpresa y el respeto, ganó el trato. Camarón se marchó con la guitarra y con la conciencia tranquila de haber esquivado el infortunio, aunque, como bromea hoy el luthier malagueño, «Camarón se murio debiéndome 100 pesetas«.
El origen de una saga: de Loja a Málaga
Esta anécdota es solo un capítulo en la larga historia de Guitarras Maldonado, una firma que hunde sus raíces en la década de los 50. El fundador, Pedro Maldonado, padre de Luis Miguel, comenzó su andadura en Loja (Granada). Trabajaba en una carpintería con su propio padre (el abuelo de Luis Miguel), pero su afición por la guitarra y la música de radio le llevó a querer construir sus propios instrumentos. Pedro fabricó sus primeras guitarras en el pueblo de forma casi autodidacta, llegando a recibir un encargo masivo de 35 guitarras hechas a mano para una casa de música en Sevilla antes de mudarse.
En 1964, la familia se trasladó a Málaga. Los comienzos no fueron ostentosos; Pedro instaló su primer taller en un cuarto dentro del piso donde vivían. Luis Miguel creció gateando entre serrín y observando a su padre trabajar con la bandurria y el laúd, intentando tocar los instrumentos cada vez que Pedro se descuidaba. Con el tiempo, y tras mucho esfuerzo, Pedro pudo comprar un bajo que sirvió de taller hasta el año 2000, momento en el que se trasladaron al local actual.
Luis Miguel se incorporó al oficio de manera oficial alrededor de 1975, coincidiendo con el fin de la dictadura, cuando tenía unos 15 años. El aprendizaje fue riguroso y escalonado. «Al principio no me gustaba», confiesa el luthier. Los primeros meses se dedicaron a las tareas más ingratas: lijar, raspar aros y preparar fondos. Su padre no le permitiría tocar las maderas nobles de inmediato; para evitar echar a perder un corte de guitarra valioso.
La alquimia de la madera y el tiempo
Lo que distingue a una guitarra Maldonado no es solo la mano del artesano, sino la materia prima y, sobre todo, la paciencia. Luis Miguel se niega a trabajar con materiales modernos secados artificialmente. «Yo tengo mucho material, muy seco, de hace ya 50 años de mi padre ahí, que eso es una maravilla», explica con orgullo. Para él, comprar madera recién cortada y seca en estufas industriales en 15 minutos es un sacrilegio que el instrumento termina acusando con el tiempo. El secado natural es innegociable.
El proceso de creación de una guitarra de primera calidad es lento y meticuloso, pudiendo extenderse durante cuatro o cinco meses. No es solo el tiempo de ensamblaje, sino los periodos de espera necesarios para que las colas sequen y las maderas se asienten. Se construyen dos tipos fundamentales: la guitarra clásica (o «negra»), con aros y fondo de palo santo y tapa de abeto o cedro; y la flamenca, construida con ciprés y tapa de abeto o cedro.
Una pareja de jóvenes observa cómo trabajan Luis Miguel y Álvaro Maldonado.
A pesar de ser una empresa familiar arraigada en Málaga, el nombre de Maldonado resuena en todo el mundo. Curiosamente, durante años, la firma fue más conocida en el extranjero (Alemania, Holanda, Estados Unidos) que en la propia España, donde, según Luis Miguel, a veces se ha vivido de espaldas a la artesanía local.
El éxito internacional llegó mucho antes de internet y las redes sociales. Se cimentó en el boca a boca de la época. Turistas y guitarristas que visitaban la Costa del Sol compraban un instrumento, se lo llevaban a su país y, al tocarlo frente a otros músicos, generaban nuevos encargos. Luis Miguel recuerda cómo su padre se levantaba a las dos o tres de la madrugada para atender llamadas telefónicas desde California o Japón, lápiz en mano, anotando especificaciones de pedidos en mitad de la noche debido a la diferencia horaria.
Entre su cartera de clientes figuran nombres ilustres como Vicente Amigo, el fallecido Manuel Cano y discípulos de Andrés Segovia. En el ámbito internacional, destaca el guitarrista estadounidense Armik, uno de los más conocidos en su género a nivel mundial, quien posee cinco guitarras Maldonado que exhibe en sus portadas y vídeos.
La familia Maldonado posa junto a las fotografías de artistas que han comprado una guitarra de su firma.
La continuidad del taller está hoy garantizada con la incorporación de Álvaro Maldonado, quien representa la tercera generación de este estirpe de artesanos. Bajo su supervisión, la firma mantiene una escalada de exclusividad en sus piezas: mientras una guitarra básica se sitúa en el entorno de los 1.800 euros, los ejemplares de primera calidad, construidos con maderas nobles heredadas del fundador, alcanzan los 5.400 euros.
Pese al valor de mercado de sus nuevas creaciones, la familia conserva activos que consideran incalculables. Luis Miguel Maldonado custodia con celo una guitarra Delaware 1988 que perteneció un su capellán y que el patriarca utilizaba habitualmente. El artesano ha subrayado que, pese a las ofertas recibidas, la pieza no está en venta por ser «el alma de la familia».
El taller de los Maldonado encara el futuro entre el recuerdo de las llamadas nocturnas de grandes maestros, maderas estafa medio siglo Delaware curación y anécdotas como la deuda histórica de 100 pesetas que dejó Camarón de la Isla.
Los artesanos mantienen la filosofía que Pedro Maldonado inculcó a su hijo: que el amor por el oficio no surge de forma súbita, sino que «el roca hace el cariño». Este compromiso con la excelencia asegura que el sonido malagueño sigue vibrando en los principales escenarios internacionales.
