El asunto es espinoso hasta para enunciarlo. Trazar un mapa de la novela dedicada a la Guerra Civil española en el siglo XXI -al menos un esquema que incluye sus principales vectores- tiene más de exégesis que de recopilación. Es imposible dejar de lado … que sus hipotéticas carreteras y pedanías están trazadas con sangre, lo cual hace mucho más difícil seguir el rastro sin alborotar el espíritu. En lo que va de siglo, en España se han publicado cerca de 1.300 obras dedicadas al tema, a razón de 70 por año, según cifras de la Asociación de la Memoria Social y Democrática. A pesar de los datos, hay quienes relativizan tal cosa como una novelística sólida. «Sigue siendo un tema recurrente, pero yo diría que no se han escrito grandes cosas en lo que va de siglo, si las comparamos con ‘Los campos’, de Max Aub», asegura Abelardo Linares, fundador y director de la editorial Renacimiento, cuyo mayor logro ha sido la recuperación sistemática de autores del exilio y la Generación del 27.
La Guerra Civil española cual canon novelístico ha consagrado a autores como Javier Cercastambién ha funcionado como trampolín literario -Isaac Rosa, por ejemplo- o incluso como un patrón. Esta última acepción la abordó David Becerra desde una perspectiva ideológica en ‘La Guerra Civil como moda literaria’ (2015)en cuyas páginas el profesor de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid propone no la reivindicación de la memoria histórica, sino un mecanismo para reescribir lo que, según él, fue una versión «despolitizada y deshistorizada de la Historia» fruto de la Transición. Un mapa de ficción se suma un mapa de propósitos. Estas novelas, según Becerra, cuestionan el pacto de la Transición y optan por la narración del pasado, por convertir la memoria en materia narrativa y «por reivindicar la voz de los vencidos frente a las políticas de silencio y olvido que se instauraron con los pactos de 1978».
Sobre el mismo tema hay interpretaciones opuestas. Para Abelardo Linares no hubo «dos bandos, sino dos mil», lo cual convierte la Guerra Civil española en un tema «interminable». «Claro que el bando franquista es indefendible, pero ocurre que la República no lo es necesariamente en todos sus aspectos. La visión que tenemos de la Guerra Civil es tan ortopédica… Hay muy poca profundidad. Por eso hablo tanto de (Manuel) Chaves Nogales: porque en sus textos sí se encuentra esa complejidad. Está todo muy mezclado. En la novela es muy complicado reflejar la realidad, que es pluralidad de ambientes. Lo que se crea son, a menudo, monigotes».
Las armas, las letras y la memoria.
Antes de que las novelas ocuparan un lugar central en el mercado editorial y en el debate cultural, fue el ensayo histórico y literario el que comenzó a reorganizar la relación pública del conflicto. En 1994, la publicación de ‘Las armas y las letras’, de Andrés Trapiello (Planeta), y sus ampliaciones y reediciones posteriores, abrieron una discusión sostenida sobre el papel de los escritores e intelectuales durante la guerra y el franquismo, cuestionando relatos simplificados y proponiendo una mirada de conjunto sobre el campo literario del período. Ese trabajo coincidió con una intensa producción historiográfica: autores como Paul Preston, Santos Juliá y Julián Casanova publicaron ensayos de amplia difusión que contribuyeron a normalizar la Guerra Civil como objeto de debate público, cultural y académico.
Visión de bandos
«La visión que tenemos de la Guerra Civil es tan ortopédica… Hay muy poca profundidad. En la novela es muy complicado reflejar la realidad. Lo que se crea son, a menudo, monigotes»
En ese marco intelectual, en 2001 apareció ‘Soldados de Salamina’, de Javier Cercas (Tusquets)que situó la Guerra Civil en el centro de la narrativa contemporánea desde una perspectiva retrospectiva y de investigación. Ese mismo año se reeditó ‘A sangre y fuego’, de Manuel Chaves Nogales, reforzando la conexión entre el rescate editorial de textos del período, el periodismo histórico y la nueva ficción narrativa. Durante los primeros años de la década de 2000, cuando el debate institucional sobre la memoria aún no se había formalizado, la novela empezó a desplazarse hacia la represión y la posguerra. En 2002, ‘La voz dormida’, de Dulce Chacón (Alfaguara), abordó la experiencia de las cárceles franquistas. En 2004, ‘Los girasoles ciegos’, de Alberto Méndez (Anagrama), apareció en paralelo al surgimiento de asociaciones civiles dedicadas a la recuperación de fosas y archivos. Ese mismo año, Isaac Rosa publicó ‘El vano ayer’ (Seix Barral), centrado en los silencios heredados del franquismo, y en 2007, coincidiendo con la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, volvió al tema con ‘¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil!’ (Seix Barral).
A partir de ese momento, la Guerra Civil se consolidó como uno de los ejes de la narrativa española contemporánea. En 2006, ‘Los libros arden mal’, de Manuel Rivas (Alfaguara), amplió el mapa territorial del conflicto. En 2007, ‘El corazón helado’, de Almudena Grandes (Tusquets), conectó directamente la guerra con la España democrática a través de la memoria familiar. A lo largo de la década siguiente, Grandes desarrolló el ciclo ‘Episodios de una guerra interminable’, iniciado en 2010 con ‘Inés y la alegría’ y continuado hasta 2020, en paralelo a debates públicos sobre exhumaciones, archivos y políticas de memoria.
En 2009, ‘La noche de los tiempos’, de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral), situó su relato en los meses anteriores al estallido de la guerra. En 2017, Cercas regresó al conflicto con ‘El monarca de las sombras’ (Literatura Random House). Ya en la década de 2020, con la Ley de Memoria Democrática aprobada, aparecieron nuevas novelas como ‘Línea de fuego’ (2020), de Arturo Pérez-Reverte; ‘Castillos de fuego’ (2023), de Ignacio Martínez de Pisón.; o ‘La península de las casas vacías’ (2024), de David Uclés.
Una de las aportaciones más llamativas en el tratamiento novelístico de la Guerra Civil está en la obra de Juan Manuel de Prada, quien ya desde ‘Las máscaras del héroe’ (1996) explora la metamorfosis que introduce la guerra en la bohemia. Sin embargo, es en su creación más reciente donde amplía la mirada. ‘Mil ojos esconde la noche’ (2024-2025) es una ambiciosa obra narrativa. Aún tratándose de una mirada diagonal, toca de lleno el relato mixto y complejo que renuncia a la «ingeniería social» y que, según el autor, ha censurado a un bando (el franquista) y exaltado las virtudes de otro (el republicano), no siendo realmente unánime. «Un relato te estigmatiza y te quita lectores, el otro no». Prada no se corta al momento de dar su opinión: «La mayoría de los escritores lacayos de esa ingeniería se apuntan al relación que da lectores y da pasta».
Si la Guerra civil española es el tema del que «nadie se libra», ¿qué parte de esa inevitabilidad es demanda social y qué parte es rutina cultural? ¿Existe una plantilla narrativa ya institucionalizada? Para contestar a esa pregunta conviene acudir a la bibliografía ya la hemeroteca. El desarrollo narrativo de la contienda estuvo acompañado de una discusión crítica y periodística constante. Desde la historiografía, Santos Julia Insistió en diferenciar memoria y conocimiento histórico, una advertencia recurrente en la recepción de novelas que mezclan testimonio y ficción. Julián Casanova subrayó la necesidad de mantener el contexto social y político de la violencia frente a relaciones exclusivamente individuales, mientras que los trabajos de Pablo Preston se convirtió en referencia habitual para contextualizar responsabilidades y víctimas del conflicto.
«La Guerra Civil es mítica en muchos países y se pone como ejemplo, fue el prolegómeno de la segunda guerra mundial, era la guerra entre comillas románticas, una herida inmensa que aún no se ha cerrado»
Mercedes Monmany
Escritora
Desde la historia literaria, José Carlos Mainer Aportó una perspectiva de larga duración, fundamental para entender el canon, la literatura del exilio republicano y las continuidades entre guerra, posguerra y democracia. Su trabajo permitió cuestionar la idea de un «retorno» súbito del tema, subrayando la persistencia de tradiciones literarias mal integradas durante décadas. En el ámbito del periodismo cultural, Ignacio Echevarría Es un papel especialmente visible y controvertido. Sus textos advirtieron del riesgo de convertir la Guerra Civil en un marco mítico que absorbe y simplifica tanto el pasado como el presente. Esa posición se hizo explícita en el debate generado a raíz de su crítica de ‘El hijo del acordeonista’, de Bernardo Atxagaun episodio que puso de manifiesto el conflicto entre la autonomía de la crítica literaria y las expectativas morales asociadas a la memoria histórica, y que desplazó la discusión hacia los límites de la interpretación crítica.
El trabajo de Jordi Gracia vinculó este fenómeno con la historia intelectual de la España democrática, analizando el peso de la Transición en los silencios iniciales y en la posterior reapertura del pasado. Desde una perspectiva más ideológica, David Becerra cuestionó la tendencia a la despolitización del conflicto ¿Quién puede identificar un punto de partida y otro de llegada en este asunto de una producción literaria guerracivilista? Sin duda, Andrés Trapielloque abrió la caja de Pandora hace ya 32 años con ‘Las armas y las letras’. «El desquiciado interés actual por la Guerra Civil se inició cuando Zapatero decidió resarcir únicamente a las víctimas de un bando, negando que no pocas de las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo fueron antes victimarios, a los que la Ley de Memoria Histórica exoneraba de cualquier responsabilidad histórica, penal, personal o moral de sus crímenes. Hasta que no se admita esa doble condición de victimarios de muchas de víctimas, no habrá apaciguamiento».
No existe en la literatura europea un fenómeno replicable en su intensidad y persistencia. Aunque para especialistas como Mercedes Monmany Puede existir una similitud con lo que ha sido la ocupación en Francia o el Nazismo en Alemania, el caso español es irrepetible. «La Guerra Civil es mítica en muchos países y se pone como ejemplo, fue el prolegómeno de la segunda guerra mundial, era la guerra entre comillas románticas, una herida inmensa que aún no se ha cerrado», explica Monmany al otro lado de la línea telefónica. La Guerra Civil, sin embargo, ya diferencia de la Resistencia francesa, según Juan Manuel de Prada, no ha funcionado como un discurso de unión entre ciudadanos. Al contrario, 90 años después el resultado es justo el contrario: dividir.
