El inicio del mega juicio en Estados Unidos contra gigantes tecnológicos como Meta, TikTok y YouTube marca un hito sin precedentes en la historia de la era digital. Por primera vez, el sistema judicial no solo debate sobre la libertad de expresión o la privacidad de los datos, sino sobre la arquitectura misma de estas plataformas y su efecto en la salud mental de las personas.
La acusación es grave y directa: se alega que estas empresas diseñan deliberadamente funciones adictivas que han socavado la salud mental de millones de jóvenespriorizando el crecimiento económico y el tiempo de permanencia en pantalla sobre el bienestar de una generación vulnerable.
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Lo que está en juego en los tribunales estadounidenses es la validación de una sospecha que padres, educadores y psicólogos han sostenido durante años.
El argumento central sostiene que herramientas como el desplazamiento infinito, esa acción de pasar con el dedo en la pantalla del celular de video en video, y los algoritmos de recomendación no son accidentes tecnológicos, sino ganchos psicológicos diseñados para explotar la dopamina.
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Al comparar estas prácticas con las de la industria del tabaco en el siglo XX, los demandantes buscan demostrar que las redes sociales han creado una crisis de salud pública caracterizada por ansiedad, depresión y trastornos alimentarios en menores de edad.
Por su parte, las corporaciones tecnológicas se defienden apelando a la Sección 230 y argumentando que ellas no son responsables del contenido publicado por terceros, además de resaltar las herramientas de control parental que han implementado.
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Pero la discusión va más allá: no se trata de lo que los jóvenes ven, sino de cómo la plataforma los obliga a seguir mirando. Lo más grave es que hay pruebas en documentos internos de estas empresas digitales que sugieren que conocían los efectos nocivos de sus productos y decidí ignorarlos.
Este proceso judicial es también un espejo de la inacción legislativa global. Mientras la tecnología avanzaba a pasos de gigante, la regulación dormía el sueño de los justos, permitiendo que el espacio digital se convirtiera en un lejano Oeste sin ley. El veredicto de este caso podría sentar las bases para una nueva jurisprudencia mundial, obligando a las redes sociales a reformular su estructura desde la raíz. Si la justicia determina que la adicción fue un objetivo de diseño, el modelo de negocio basado en la economía de la atención tendrá que cambiar excesivamente para sobrevivir.
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¿Cuándo daremos esta discusión en Colombia? ¿Quién o quiénes serán los valientes que se enfrentarán a las megaindustrias digitales para defender la salud mental de los colombianos?
JOSÉ CARLOS GARCÍA R.
Editor multimedia
@JoséCarlosTecno
