Fue el ingeniero y periodista ruso. Vasili Grossman, que trabajó en las minas de la cuenca del Donéts (o Donbas, en el este de Ucrania) el que escribió que «el amor se parece al carbón: cuando está candente quema; cuando esta frio, … ensucia». Y el idilio entre Centroeuropa y la roca sedimentaria negra, que un día hizo arder los altos hornos y elevó la industria pesada del continente a la categoría de potencia económica global, hace ya tiempo que se apagó.
A pesar de la dependencia energética europea, que hace vulnerable al bloque y mantiene congeladas algunas de sus economías motoras, como la alemana, Europa se despide esta semana de una de sus más míticas minas de carbón, la CSM en Stonava, en la República Checa ya sólo unos kilómetros de la frontera con Polonia.
Después de más de 250 años de tradición minera, los municipios de la región no saben todavía de qué van a vivir en el futuro. Cada uno de sus habitantes debe repensarse a sí mismo, reinventarse, desde los profesionales de la mina hasta los jugadores del MFK Karviná, de primera liga de balonmano. Su portavoz, Adam Januszek, confía en que la financiación de la actividad deportiva del club sea en adelante cubierta por el Estado checo.
Las últimas toneladas salieron, la semana pasada, desde pozos de un kilómetro de profundidad. Sus volúmenes de producción promedio rondaban recientemente los 2,5 millones de toneladas al año. Ha habido momentos en que esos vagones, que durante mucho tiempo cargaron el recurso más valioso de Silesia, apenas valían nada.
La guerra de Ucrania actuó como tregua.
La transición energética y las nuevas normativas medioambientales habían ido tumbando la demanda y el precio del carbón acabó con la rentabilidad de la explotación de la mina. La empresa estatal Ostravsko‑karvinské doly (OKD) había incluso organizado el cierre hace tres años, pero la invasión de Ucrania por parte de Rusia, en 2022, tuvo como consecuencia una inesperada recuperación del mercado y la dirección decidió aguantar todavía un poco más. Varios municipios respiran entonces, aliviados, pero esa tregua ha sido sólo temporal. Karviná y Stonava perderán decenas de millones de coronas al año, que hasta ahora recibirán en forma de impuestos.
Los municipios de Karviná y Stonava perderán decenas de millones de coronas al año, que hasta ahora recibirán en forma de impuestos por la extracción de carbón.
Solo en estos últimos tres años, OKD les ha pagado más de siete millones en contribuciones que revertían en los servicios públicos de la región, según la portavoz de la empresa, Barbora Černá Dvořáková. «El dinero se destinaba al desarrollo y renovación de infraestructuras, y en Karviná a proyectos culturales, sociales y deportivos», explica. Paraca Karviná, con unos 50.000 habitantessupone el 2% de su presupuesto. Pero para Stonavácon 1.900 habitantes, se trata del 15%.
el alcalde, Tomaš Wawrzyk, teme además que muchos se marchan y el fantasma de la despoblación se cierra sobre las cicatrices extractivaslos bosques húmedos y pueblos dispersos de la llanura del Alto Vístula. «Es todo muy triste. Es cierto que ha sido un trabajo muy duro, pero ha sido un buen trabajo», lamenta Grzegorz Sobolewski, minero polaco que planea emplearse ahora al otro lado de la frontera. Cuando se apague el ensordecedor traqueteo de las esquiladoras y el rugido de las máquinas de tracción, Moravia-Silesia habrá cerrado definitivamente una parte de su identidad y de su historia.
200.000
toneladas de carbón en tres campos mineros es lo que quedará cuando la minería cese por completo en esta zona de República Checa
OKD ha dispuesto programas de reentrenamiento y apoyo para los últimos empleados, que ahora deben afrontar nuevos retos. Alrededor de 750 contratados habrán recibido su carta de despido el 31 de enero y otros 150 seguirán antes de finales de febrero. En total, solo quedan unas 200.000 toneladas de carbón en los tres campos mineros restantes, que quedarán abandonados. Después, la minería cesará por completo.
La mina Důl ČSM ha sido la última activada del país. Algunos de sus responsables reconocen que es «doloroso» y que «una cosa es tomar una decisión política y otra es cerrar la última mina, una forma de vida», pero se rinden a la evidencia. «Desde un punto de vista económico, de personal y legal, una ampliación adicional de la minería sería inútil. Por tanto, el último vagón de carbón será sacado de la mina a principios de febrero, tras 250 años«justifica Roman Sikora, director general del OKD.
La Fundación OKD, insiste, que contribuye a proyectos de beneficio público de municipios, ciudades, organizaciones sin ánimo de lucro, asociaciones, colegios, clubes y bibliotecas deportivas de la región en los ámbitos culturales, servicios sociales y actividades de ocio, seguirá activa. «Nos hemos asegurado de que las actividades de la Asociación de Santa Bárbara, que apoya a niños cuyos padres murieron a causa de un accidente laboral en la minería, proporcionando medios para sus estudios, actividades de afición, desarrollo de talento y estancias curativas, se mantiene», añade.
«Una mina no es una fábrica»
«Una mina no es una fábricano puede abrirse o cerrarse de un día para otro, sino que requiere complejos preparativos con años de antelación», insiste en lo definitivo de este cierre Karin Lednická, escritora nacida en la región y que deslumbró a los lectores con su trilogía ‘Šikmý kostel’ (‘La iglesia inclinada’), una reconstrucción minuciosa de la antigua ciudad de Karviná desde finales del siglo XIX hasta los años 60 del siglo XX. «El cierre es algo profundo, un evento de gran carga simbólica. Creo que los oyentes de los países hispanohablantes tienen un gran conocimiento de lo que significa este tipo de simbolismos, el ascenso del último vagón cargado con carbón. De hecho, se escribe esa frase sobre el último vagón que luego se coloca en algún espacio público, donde todos lo puedan ver con esa misma inscripción», describe.
Ese último vagón es la frase final de toda una historia: la minería del carbón comenzó en 1776 en la zona de Karwin, Ostrava, que entonces estaba dentro de las fronteras de la Monarquía de los Habsburgo. En total, han existido más de 80 minas activas a lo largo de dos siglos y medio que han producido más de 1.700 millones de toneladas de carbón duro. Recuerda que, en sus años de mayor auge, contó con casi cien mil trabajadores. «Aquí, la gran mayoría ha trabajado en la mina toda su vida y su propia identidad y autoestima están ligadas a esa profesiónlo cual quizás sea un problema aún mayor que el dinero», intuye Lednická.
Junto con la mina, van cerrando muchas otras empresas asociadas. Recientemente, la planta metalúrgica Liberty de Ostrava y la empresa Aludyne, situadas en la misma ciudad, que fabricaban componentes ligeros, también han puesto fin a su actividad. Este mes comenzarán a llegar las indemnizaciones por despido a muchas cuentas bancarias. Los empleados que trabajaron menos de un año recibirán el equivalente a cuatro salarios mensuales. Y quienes trabajen más de 16 años recibirán una vez salarios mensuales, que es el caso de la mayoría. Los hay incluso que cuentan con cuarenta años de nóminas a sus espaldas, «toda una vida productiva sosteniendo la política energética del mismo Estado que ahora decide prescindir de ellos», lamenta la escritora. Desde Karviná, apunta, se puede llegar caminando a Polonia. «Todos saben lo que va a ocurrir», augura.
