Desde este lunes el Museo Nacional del Prado ha comenzado a sacudirse uno de los “sambenitos” -según la definición de su director, Miguel Falomir, que lleva colgados-, el de ser solamente una pinacoteca, cuando sus colecciones van mucho más allá del arte pictórico, al presentar una exhibición de la “hermana pequeña” de su patrimonio, la fotografía.
Se trata de El Prado multiplicado: la fotografía como memoria compartidauna muestra que recoge 44 obras de notable interés documental ya través de las cuales se puede observar la importancia de esta herramienta no solo en la difusión de las obras del museo desde el siglo XIX, con los primeros daguerrotipos, sino también como fuente de investigación.
La colección de fotografía del Prado se centra en la reproducción de las obras y del trabajo de los artistas representados en el museo, ha explicado a la prensa la especialista en la materia y comisaria de la exposición, Beatriz Sánchez Torija, que pertenece al departamento de Dibujos, Estampas y Fotografías.
En concreto, esta exposición, a la que se le dedica la sala 60 y se integra en el programa almacén abierto, del que habrá una segunda parte, centrada en los artistas, a partir de abril, supone “un nuevo paso en el reconocimiento de nuevas disciplinas artísticas, al otorgar a la fotografía un protagonismo pleno, acorde con su importancia en el ámbito museístico y la sociedad contemporánea”, ha destacado Sánchez Torija.
El recorrido se inicia simbólicamente con una imagen que reproduce un cuadro de Velázquez que no pertenece al museo, el retrato de la infanta Margarita de Austria, la misma que aparece en las meninasya desde ahí prosigue con una muestra de copias en albúmina, al carbón oa la gelatina y de reproducciones fotomecánicas en formatos estandarizados como las cartas de visitalas tarjetas estereoscópicas -que buscaban una visión tridimensional- o las postales.
Todos estos documentos históricos permiten ilustrar la evolución técnica de la fotografía y su aplicación al arte. Y al señalar un lugar y un tiempo concretos, ofrecen al visitante la posibilidad de ver cómo era el Prado en el siglo XIX, con salas de paredes abigarradas y casi siempre desiertas, muy diferentes a la experiencia que brindan en la actualidad.
A comienzos del siglo XX, con la generalización de la tarjeta postal y el creciente interés por el turismo, la fotografía cobra una dimensión extraordinaria, al facilitar que todo el mundo tuviera “un trocito” del Museo del Prado en casa, según ha analizado la comisaria de la exposición, que ha explicado a La Vanguardia que la llegada del color fue tardía: “Ya existía, pero se seguía prefiriendo el blanco y negro porque no era bueno”.
Entre los pioneros de los fotógrafos que se dedicaron a reproducir las obras del Prado, Sánchez Torija destaca sobre todo a los franceses Juan Laurent y José Lacoste, que castellanizaron sus nombres y fundaron grandes casas editoriales para vender sus tarjetas postales dentro del museo.
La colección de fotografía del Prado, que tiene más de 10.000 referencias, se nutre de donaciones y adquisiciones y sus fondos alcanzan hasta la Guerra Civil, la horquilla histórica que abarca el museo. Además de su carácter documental, que ayuda en la conservación y restauración ya difundir las obras de la pinacoteca más allá de sus paredes, estas imágenes -todas ellas digitalizadas y en línea, bajo la firma HF (histórico fotográfico)- han contribuido a la docencia e investigación en la historia del arte, subrayan los responsables de la institución.

