Matrimonio: cuando el amor no era la razón
Durante gran parte de la historia humana, el matrimonio no fue una elección individual, sino una institución económica, jurídica y política cuidadosamente controlada por la familia, la religión y el poder. Lejos de la noción romántica contemporánea, casarse significaba asegurar bienes, herencias, alianzas y estabilidad social.
En las civilizaciones antiguas como Mesopotamia, Grecia y Roma, el matrimonio funciona esencialmente como un contrato patrimonial. La dote, era un elemento central: la familia de la mujer debía entregar bienes, dinero o tierras al esposo como garantía económica. Su ausencia o incumplimiento podía provocar la nulidad del matrimonio o la devolución de la mujer a su familia de origen. El vínculo no se sostiene por afecto, sino por el equilibrio de intereses materiales entre los grupos familiares.
Durante la Edad Media europea, el control fue aún más rígido. Los señores feudales intervenían directamente en los matrimonios de sus siervos para evitar la fragmentación de la tierra o la pérdida de control territorial. Casarse sin autorización podía acarrear sanciones económicas e incluso la invalidez de la unión. En muchos territorios se exigían pagos o impuestos por el simple hecho de contraer matrimonio, reforzando su carácter de transacción regulada.
En varias sociedades asiáticas, la ley prohibía los matrimonios entre personas de distintas castas o clases sociales. Un enlace considerado “inadecuado” podía implicar la pérdida de derechos civiles, la exclusión social o la ilegitimidad de los hijos. El matrimonio, en estos contextos, era un mecanismo de conservación del orden social y de reproducción del poder. En casos extremos, las uniones servían para saldar deudas: una hija podía ser entregada como garantía económica, sin que su consentimiento fuera relevante.
Este sistema afectaba profundamente la vida personal. Amar a quien no convenció podía ser ilegal, socialmente castigado o jurídicamente imposible. La voluntad individual quedaba subordinada al interés colectivo familiar o estatal.
La idea de casarse por amor y decisión propia es, en realidad, una conquista moderna. Solo en los últimos siglos el matrimonio comenzó a reconocerse como un acto de autonomía personal. Durante la mayor parte de la historia, el amor fue accesorio; el dinero, el poder y la ley fueron lo esencial.
Elio Roberto Ortega Icaza
