Es innegable la afinidad de la mentira con la política, decía Hannah Arent. Yo añadiría que entre la mentira y la violencia hay un paso. La violencia emerge desde el relato que niega los hechos y evidencias. Es la ausencia de la razón argumental que confiere contenido y sentido a la política seria. En la vaciedad, el embustero, discurre entre el éxtasis y la exuberancia, crea la justificación que distrae. Se victimiza con la injuria y el agravio, la procacidad y la descalificación. Con un repudiable cinismo llama trampa, cortina de humo o persecución, cuando la justicia indaga sus felonías y fechorías. Los pretextos sobran para negar los hechos y deslegitimar la verdad.
En la política han existido personajes instruidos y sagaces con habilidades para el sarcasmo y la elegante mordacidad. Recordemos un Carlos Julio Arosemena Monroy oh Asaad Bucaram Elmhalin. En el oficio de la palabra escrita, a Juan Montalvo. Ejemplos abundan en América Latina, Pero nadie, en la política reciente, se acerca al colosal embustero: Rafael Correa Delgado. Leamos algunos de los inadecuados e insolentes agravios, expresados contra el presidente de la República, Daniel Noboa:
«Aniñado/asesino/bobo/criminal/canalla/calígula/cínico/cipayo/criminal/ cobarde/chiquitín/descarado/engreido/estúpido/farsante/fascista/inepto/ inmoral/improvisado/impreparado/jactancioso/mediocre/mentiroso/miserable/muñeco/narco/niño/payaso/pelafustán/piterpan/ridículo/sapo/saqueador/sinvergüenza/vasallo/ torturador». el prófugo de la justicia que glorificó al dictador Hugo Chávezy alabó a Nicolás Madurodiciendo que era: «bondadoso, bueno, pacífico». Alardeando ser asesor de un tirano endiablado, hoy procesado por narcoterrorismo en un Tribunal del Distrito Sur de Nueva York.
el agravio es el arma preferida del sentenciado. Hace poco, se refería al presidente Donald Trump como «primate con corbata». Al Nobel de la Literatura, Mario Vargas Llosale dijo: «limitadito» y «cretino». Correa llega al embeleso, la fascinación y efervescencia con la vejación y la diatriba que descalifica a quien quiera. Su universo conceptual es un sumidero de procacidad. Nadie escapa a su rusticidad propia del pendenciero de una barriada marginal. En Rafael Correa no hay espacio para la racionalidad y la sensatez.
Su ferviente y ardiente devota, Luisa Gonzálezdesde su medianía intelectual, ahora investigada por la fiscalía, en el caso «CajaChica», hace algunas semanas desafiaba a las autoridades para que la investiguen. Ofrecía abrir sus cuentas bancarias, el contenido de sus celulares y computadoras. Pero al producirse un allanamiento con multas investigativas por el presunto delito de delincuencia organizadalavado de activos y financiamiento político irregular, su respuesta fue la expresión soez de: «hijos de puta», «porque hace falta ser bien hijo de puta…», gritó. Penoso, para quien quería ser elegido presidente, la política reducida a la gramática de la chabacanería. Es, sin duda, frivolidad de la pequeñez humana.
Hay dos frases que tienen vigencia para los tiempos de una política ligera, liviana y vacía que representa a Rafael Correa, Luisa González y los suyos. La primera, pronunció Isaac Asinov: «La violencia es el último recurso del incompetente». La segunda, lo manifestó abraham lincoln: «Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios».
