Microsoft es bien conocida por todos por ser una de las empresas más poderosas del planeta. Con Windows a la cabeza y millones de usuarios usando sus herramientas, lo cierto es que no siempre ha acertado en todo lo que ha tocado.
De hecho, uno de sus mayores fracasos no tiene nada que ver con Windows ni con Xbox, sino con un móvil que casi nadie recuerda: el Microsoft Kin.
Es hora de poner algo de contexto: allá por el año 2010, el iPhone ya empezaba a cambiarlo todo. Android crecía como la espuma y las redes sociales ya comenzaban a formar parte de la vida de los usuarios.
Microsoft no quería quedarse atrás y decidió apostar fuerte por un móvil propio. Tan fuerte, que invirtió cerca de 1.000 millones de dólares y dos años de desarrollo.
La idea era crear un móvil pensado casi exclusivamente para jóvenes, centrado en redes sociales, mensajería, fotos y contactos. Nada de productividad, nada de Office, nada de lo que hacía reconocible a Microsoft. El objetivo era competir con BlackBerry, con los primeros iPhone y con los móviles Android más básicos.
Pero el sueño dura muy poco. El Microsoft Kin salió a la venta en mayo de 2010 y fue retirado del mercado solo 48 días después. Lo cierto es que apenas había tiempo para que la gente supiera qué era cuando ya había desaparecido.
Un móvil que nació para morir desde el primer día.
Para aquellos que no lo conocen, aunque es lógico, el Kin no era un solo móvil, en realidad eran dos: Kin One y Kin Two. Dos terminales con teclado físico deslizante, cámara decente para la época y una pantalla pensada para redes sociales. Facebook, Messenger y correo eran su centro absoluto.
El problema es que el sistema operativo era un híbrido un tanto extraño. No era Windows Phone, pero tampoco era un sistema completamente nuevo, bien pulido. Funcionaba más como una plataforma cerrada, con pocas aplicaciones, poca libertad y muchas limitaciones.
Para rematarlo, el Kin no tenía funciones básicas que ya eran normales en 2010. No permitía copiar y pegar texto, no tenía calendario avanzado, no tenía tienda de aplicaciones y no estaba pensado para trabajar, solo para socializar.
Y el gran error final: el precio. El Kin salió con tarifas de datos obligatorias bastante caras y con un costo que no cuadraba con todo lo que no ofrecía. La gente comparaba y veía iPhone, Android y BlackBerry haciendo mucho más por precios parecidos.
Verizon, Microsoft y una guerra de egos para ver quién tenía la culpa
Viendo este desastre, Microsoft buscó culpables y señaló directamente a Verizon, la operadora que comercializaba el Kin en Estados Unidos. Afirmaron que no lo había apoyado lo suficiente ni lo había promocionado como se debía.
Desde Verizon nunca aceptaron de toda esa versión. El producto no convence y, cuando un móvil no se vende, ninguna campaña milagrosa lo salva.
Aquí nadie tenía claro para quién era ese móvil. Demasiado caro para jóvenes, demasiado limitado para trabajar y sin un ecosistema de aplicaciones que justificara la compra..
Pero lo peor viene ahora. Tras retirar el Kin del mercado, Microsoft tomó una decisión y despidió a buena parte del equipo que había trabajado en el proyecto.. Algunos ingenieros fueron reubicados, otros salieron de la compañía.
Además, la empresa canceló de inmediato cualquier plan de segunda generación del Kin. No habría Kin 3, ni mejora del sistema, ni nueva oportunidad. El proyecto se cerraba por completo y se enterraba.
Solo unos meses después, Microsoft dio un giro total y apostó todo a Windows Phone, su auténtica plataforma móvil. Ahí sí invirtió a largo plazo, se alió con Nokia y peleó durante años por un hueco en el mercado, aunque también acabaría perdiendo esa batalla.
En total, Microsoft perdió alrededor de 1.000 millones de dólares en apenas dos años de desarrollo para un producto que nadie pidió, que llegó tarde y que nunca encontró su hueco.
