La muerte de Joan Didion (1934–2021) fue algo más que una noticia literaria: fue un acontecimiento social. El funeral consagró su imagen de santa secular de las letras norteamericanas, la escritora frágil que convirtió la tragedia en la literatura. No faltaban razones para la … devoción. Didion dejaba tras de sí una obra con títulos canónicos –’El álbum blanco’, ‘El año del pensamiento mágico’–, una vida atravesada por la tragedia –las muertes de su marido y de su hija– y un estatus de icono pop que incluía campañas publicitarias para Céline y un documental de Netflix. Didion se había convertido en una marca registrada.
es ‘Didion y Babitz’ (Literatura Random House), Anolik hace un ejercicio de desmontaje de lo más interesante, por poco habitual. ¿Y si Didion fue, sobre todo, un extraordinario producto de marketing? Pocos escritores se tomaron tan en serio su proyección pública, sus relaciones sociales, su personaje. «Es la perfecta publicidad de sí misma», sentenció Norman Mailer. «La gente tiende a ponerse un poco tonta en lo que concierne a Didion», avisa Anolik. Se prefiere el relato romántico que ha quedado –viuda, madre, el duelo– y se ignora su reverso: una disciplina draconiana, una ambición sin disimulo, una frialdad profunda.
El libro se enfrenta a dos mundos: Joan Didion contra Eve Babitz. Babitz, por quien Anolik tomó partido, fue una agitadora en Los Ángeles de los sesenta. Era una musa que inspiraba a los artistas; esto es, «una que se folla a los artistas». Era expansiva, caótica, imprudente. Diseñó portadas de discotecas y escribió crónicas –reunidas en ‘Yo era un encanto’ (Random House)– y novelas. Por el contrario, Babitz funciona como «el cristal» a través del cual mirar a Didion: opaca, elusiva, emocionalmente hermética, casi un fantasma.
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autora
Lili Anolik -
Editorial
Literatura Random House -
Número de páginas
440 -
Precio
10,99€
No sin cierta malicia –el tono del libro oscila entre la biografía y el chisme–, Anolik sugiere que la fragilidad de Didion fue una máscara. «Era una manera de ocultar su audacia, su insolencia, la escandalosa confianza en sí misma, atributos que, como mujer, no debía tener. (A las chicas no se las suponían agresores naturales). En otras palabras, Joan era una depredadora que se hacía pasar por presa». En una carta nunca enviada, Babitz reprochó a su antigua amiga su desprecio hacia el feminismo.
Anolik desmonta el relato fundacional de la autora: la joven que llega a ‘Vogue’, el matrimonio modélico con John Gregory Dunne, los primeros éxitos, la consagración sin fricciones. El camino era tortuoso. Su primera novela se publicó como un favor, recibió críticas tibias y su vida personal no fue ni mucho menos perfecta. Como tantos escritores jóvenes que aspiraban a labrarse una carrera, Didion tuvo que mendigar atención.
Su matrimonio con Dunne fue una alianza estratégica. «Casarse con Dunne era, al menos en parte, una decisión profesional», escribe Anolik. «(No se trata de un acuerdo tan frío como suena. Joan y Dunne son prueba de que un matrimonio de conveniencia puede constituir también una cálida unión)». Él fue su editor, su corrector, su primer y último lector. «Estaban unidos por la cinta de la máquina de escribir», recordaba Babitz. «Cuando llamabas por teléfono se ponían los dos», añade el escritor Dan Wakefield.
duelo y literatura
El punto más controvertido del libro llega con ‘El año del pensamiento mágico’, el libro que Didion escribió sobre la muerte repentina de su marido en 2003 y que se convirtió en un fenómeno editorial. Anolik sostiene que fue un artefacto más calculado de lo que suele admitirse. Escribirlo fue «un acto meditado, que requiere desapego, explotación, tener la piel gruesa», algo de lo que Martin Amis ya la había acusado en la ‘London Review’. David Thomson recuerda que, nada más entregar el manuscrito, Didion llamó «furiosa y casi desesperada» a su editor, Sonny Mehta, para preguntarle si sería un superventas.
El libro omite datos sustanciales. Susanna Moore recuerda que hubo lectores decepcionados por que Didion no abordó la posible homosexualidad o bisexualidad de Dunne. John desaparecía noches enteras sin dar explicaciones. Dunne escribió un libro –’Vegas’– en el que daba algunas pistas. Didion tampoco menciona el carácter irascible de su marido, ni su alcoholismo, ni el suyo propio. Lo mismo ocurre en ‘Noches azules’, el libro sobre la muerte de su hija. «El dolor de la vida se convirtió en el oro de la literatura por medio de su máquina de escribir», resume Anolik.
Todo empezó con ‘Río Revuelto’ (1963), su primera novela. Según Anolik, Didion lo escribió para Noel Parmentel, su primer gran amor, quien movió cielo y tierra para que se publicara. Con 24 años se quedó embarazada de él, pero perdió al bebé. «Sin mí, tal vez nunca hubiera habido una Joan Didion. Yo inventé a Joan Didion», le dice el escritor a Anolik. Fue Parmentel quien le presentó a Dunne. «Qué, me pregunto, pasaba por la mente de Joan cuando consintió que el hombre que la amaba pasara a manos de su amiguito, su compinche y lacayo y segundo de a bordo», escribe Anolik con veneno.
«Es la perfecta publicidad de sí misma», dijo Norman Mailer de Didion. Anolik revela a una autora perfectamente consciente de su personaje
Luego estaba la vida social, los juegos de Hollywood y la vida literaria. Didion y Dunne no se perdieron una fiesta. «Podían ir a cuatro en una noche; iban, veían lo que había que ver, se iban», según Josh Greenfeld. Intentaron arrimarse a Christopher Isherwood, pero como este no les ayudó a crearon su propia camarilla. Ya dice Manuel Longares que «si no tienes amigos, ya puedes escribir el Quijote que no te lo publican».
Anolik no invalida la obra de Didion. Al contrario: la considera excelente, pero le irrita al personaje. «Encuentro que es un personaje, medio princesa, medio aguafiestas, difícil de soportar», concluye. «Y le guardo rencor porque a nosotros, sus inocentes lectores, nos lanza un ejército interminable de ensayistas personajes, mujeres jóvenes de clase media que se toman sus propios sentimientos ultra en serio y esperan que nosotros hagamos lo mismo». El problema no es Didion, sino esas «impostoras sin brillo» que se empeñan en imitarla. Bueno, alguien tenía que decirlo.
