Por fin un sarao donde se obsequia a la concurrencia con una copa y algo de picar. Los bomberos nos reconocemos cenados o casi, lo suficiente como para saltarnos la rutinaria tortilla a las finas hierbas, estilo Pereira, tras haber asistido a la fiesta con que se agasajó a mick herron en la noche del jueves, por la concesión del premio Pepe Carvalho. Sucedió en el bar Glaciar de la plaza Reial. El escritor inglés bebió vino blanco, mientras su esposa, Jo Howard una cazatalentos de la industria editorial, brindó con cava por el éxito del fenómeno Caballos lentos la saga de novelas y la serie que transcurren en la Casa de la Ciénaga, el vertedero administrativo adonde van a parar los caballos lentos; o sea, los espías arrumbados por la vida, los funcionarios del MI5, el servicio secreto británico, que ya no valen, bien por negligencia, sanciones o vencidos por sus flaquezas. El fracaso salpimentado con humor corrosivo. Una frase célebre de la serie dice: “Tengo hemorroides más útiles que vosotros”.
Se sirven croquetas de cocido, gambas con la gabardina arrugada de Sam Spade, trozos de canelón trufado e incluso vasitos de caldo para atemperar esa humedad barcelonesa que busca el hueso; precio de ricardo guionista de El alambre prefiere calzarse un gin tonic. En los corrillos se charla sobre literatura italiana y otro fiasco, el del AVE y los trenes peninsulares, mientras desfilan bandejas con aperitivos entre la concurrencia: Anik Lapointe editora de Salamandra, el sello que publica en España al galardonado; Carlos Zanon comisario del festival BCNegra, y un buen puñado de periodistas y escritores, como miquel molina , Sergio Vila-Sanjuán , Francesc Bombí-Vilaseca , Lilian Neuman , antonio lozano , Fernanda García Lao , Marina San Martín y Juan Carlos Galindo con su sombrero Bogart. Un montón.
La semana rinde homenaje a Mick Herron, sus espías y otros ‘caballos lentos’: los de la escritura
De retirada, a una hora prudencial, los miembros de la brigadilla Fahrenheit 451 atravesamos la plaza Reial con el lanzallamas al hombro, entre mesas atestadas de guiris que cenan paella, nuestras cabezas ensoñadas con los viejos tiempos, cuando el Glaciar reinaba como eslabón inicial de una ruta canalla que proseguía en el Sidecar, el Karma o el Jamboree. Apretamos el paso melancólico de vuelta al cuartel, como turistas que no quieren serlo. Precisamente así se titula el prólogo que el periodista Llátzer Moix ha escrito para Barcelona, otros relatos arquitectónicos (Factoría Cultural Martínez), de Pedro Azara (arquitecto) y Marieta Cavero (periodista), el tercer volumen editado por el laboratorio de ideas que impulsan Inés García Albi y Carlos Isamat .
Nos juntamos el lunes para bautizarlo en la librería Finestres, la dedicada al arte y el cómic. A decir de Moix, prologuista y presentador del acto, el libro supone una invitación a descubrir “pliegues ocultos de la ciudad” mediante dos rutas, dos paseos muy dispares que nada tienen que ver con los que pastorean los guías de paraguas en ristre. Cavero se decanta por algunos edificios emblemáticos de Barcelona (la Casa Bloc, el pabellón Mies van der Rohe, el palacio Güell, La Ricarda, junto al aeropuerto de El Prat), pero observados con detenimiento, sin las gafas miopes del topo. Azara, en cambio, escoge una franja ajena a los derroteros turísticos, tres de los cerros que otean la urbe desde las alturas: Nuestra Señora del Coll, el Carmel y el Turó de la Rovira, un escenario donde convivieron las villas estivales de la burguesía y las barracas de la inmigración andaluza y gallega. Un paisaje que Juan Marsé retrató como nadie. Venga, otro capazo de nostalgias.
Si el británico Herron habla de los juguetes rotos del espionaje, Constantino Bertolo editor histórico con alma de poeta socarrón, ensalza a los lentos caballos de la escritura en el ensayo El arte de rechazar manuscritos ( Debate). Ojo, amigos, que un buen editor ya se huele el percal en la página 30. Y mientras lee, al otro lado del teléfono, hay alguien, el aspirante a escritor, que se está jugando el ego, la vanidad, las habichuelas y la “plusvalía intelectual” mientras guarda una llamada. Una tarde suculenta la del miércoles, en Documenta, con el escritor y periodista Guillem Martinez como maestro de ceremonias ante un público muy nutrido de críticos y editores. Una soirée trufada de torpedos a diestro y siniestro. Contra el “realismo cursi”, por ejemplo.
