Echaban su primer pulso Borja Jiménez y Tomás Rufo en Valdemorillo, aunque se hablaba más del guante que el de Espartinas había lanzado a la máxima figura en la gala de San Isidro: compartir cartel en la victorinada de la Feria de Otoño. «Roca … Rey, ¿te atreves?», se leía en una pancarta. Antes el sevillano tiene el trago fuerte de seis toros en junio. Una encerrona que, como todas, da escalofríos. Claro que para tiritones los de los aficionados que llegaban a Valdemorillo. Escarcha y copos de nieve en las calles y lumbre en la Candelaria, la cubierta donde bullía la calefacción mientras el calendario taurino despertaba de su letargo.
Tenía Borja que consolidar su osadía madrileña en esta Feria de San Blas y transformarla en triunfo, que por ho por b no llegó, aunque su actitud fue encomiable. No tanto su tacto con un toro del Capea de clase excepcional. Jiménez se encontró con el calor del público, completamente volcado: la afición pide gestos y el pupilo de Julián Guerra se lo entregó en bandeja en su reto venteño. Fino como un junco y con la mandíbula afilada, se sintió en extraordinarias verónicas, con los vuelos en la senda del arte y la cintura quebrada mientras aprovechaba las bondades de Valenciano. Más incómodo por el derecho, se centró por el izquierdo en la muleta, con series de distinta expresión: de más chispeante electricidad unas y de más calma otras. Creció su zurda en un epílogo de quietud, con dos naturales primorosos, hasta abrochar por abajo. Muy torero a dos manos. Desde los medios, donde transcurrió la obra, se lo llevó a las rayas para enterrar una estocada en lo alto e inaugurar el marcador.
Más buscó la despaciosidad Tomás Rufo con el noble segundo, pero dijo menos, falto de alma. En las cercanías desarrolló su labor mientras el de Carmen Lorenzo cantaba la gallina. Desafortunado con la espada. Como luego su compañero y rival con el de Matilla, de mayor volumen que cara. Como una estatua se asentó en los cambiados por la espalda Borja, con más raza que el geniudo animal.
Una seriedad por encima de este escenario asomaba en el cuarto, un toro de Fuente Ymbro criado en las castigadas tierras gaditanas por el temporal. Muy torero colocó a Rufo en el peto a mestizo, al que citó en la distancia larga para coser una serie interminable, templando la encastada embestida. Repetía y humillaba el ejemplar, y al toledano le costó más coger el ritmo a babor que a estribor. Sentido el broche genuflexo y puñetazo con la tizona. Se tragó su brava muerte mestiza, para el que algunos pidieron la vuelta en el arrastre. Una oreja de un toro de dos.
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La Candelaria.
Sábado, 7 de febrero de 2026. Segunda de feria. Casi lleno. Toros del Capea (1º), Carmen Lorenzo (2º), Hermanos García Jiménez (3º y 6º) y Fuente Ymbro (4º y 5º); destacaron el 1º y, especialmente, el 4º. -
Borja Jiménez,
de grana y oro: estocada (oreja); cuatro pinchazos y media (silencio); dos pinchazos y estocada (leve petición y vuelta al ruedo tras aviso). -
Tomás Rufo,
de marino y oro: tres pinchazos, otro hondo y dos descabellos (silencio); estocada (oreja); tres pinchazos y estocada (silencio tras aviso).
Aplaudieron al engatillado quinto de Gallardo, con el que se desmontó Iván García. Su jefe de filas buscó las vueltas al animal (rebrindado pero con opciones) con firmeza hasta adentrarse en las cercanías y jugarse el volteretón. Encorajinado regresó a la cara del toro y, metido literalmente entre los pitones, montó un formidable lío. La salida a hombros ganada con su actitud se disipó con la espada y tuvo que conformarse con pasear el anillo.
Con el desaborido sexto Rufo no pudo remontar y la tarde finalizó en tablas. Un vulgar empate (con mayor apuesta de Borja) y dos toros extraordinarios: Mestizo y Valenciano. Por cierto, en las Fallas toca la ‘m’ de Morrall y del mano a mano de vuelta… ‘Pasapalabra’.
