Por: Valeria Gallardo Mendoza.
Fotografías: Nick Charlesworth.
Hay destinos que no hacen ruido, pero que cuando los descubres simplemente se quedan contigo. Colchagua Andes es uno de ellos. Un territorio que comienza a sonar tímidamente en la Región de O’Higgins, pero que guarda una riqueza natural, paisajística y humana que emociona.
A poco más de dos horas de Santiago, la cordillera de Colchagua ofrece una sensación difícil de explicar. Aire limpio, silencio profundo y una belleza agreste que por momentos hace sentir que estamos mucho más al sur, casi en la Patagonia. Un paisaje que invita a bajar la velocidad ya reconectar.
En ese entorno aparece la historia de William Evelyn, un inglés de espíritu nómada que encontró en estas montañas su lugar en el mundo.
Su camino lo llevó desde Inglaterra a la Patagonia, luego al surf en Pichilemu y finalmente a la cordillera de Colchagua, donde decidió quedarse, construir vida y transformar un proyecto turístico en una experiencia profundamente personal.
Primero fue el lodge, pensado para pesca con mosca, cabalgatas y exploración del territorio. Luego, casi como una consecuencia natural, llegó el vino. En 2012 plantó cabernet sauvignon a 720 metros de altura en el valle del Estero Tumuñán, dando origen a un vino de montaña que refleja carácter, paciencia y paisaje.
Pero más allá del vino, lo que hace inolvidable la visita es la experiencia humana.
Aquí no hay anfitriones impersonales ni discursos memorizados. Te recibe a William en persona, dueño, anfitrión, guía, garzón, contador de historias y, cuando hace falta, hasta rescatista de huéspedes perdidos en la contemplación del paisaje.
Todo acompañado de un español encantadoramente forzado, de esos que mezclan tiempos verbales, inventan conjugaciones y logran que cada degustación tenga momentos memorables. Un español que mejora día a día, pero que en el proceso regala conversaciones honestas, risas y esa cercanía que no se puede fabricar.
Las degustaciones son conversadas, sin protocolo rígido, donde el vino se transforma en excusa para hablar de decisiones de vida, montaña, paciencia y del privilegio de construir un proyecto lejos del ruido.
Para quienes buscan refugio en los últimos días de calor, el lugar tiene un plus inesperado. Una hermosa piscina rodeada de naturaleza, un lujo poco habitual en el enoturismo chileno y absolutamente agradecido después de una caminata, una cabalgata o simplemente una tarde de sol y vino.
El lodge, con espacios pensados para parejas y familias, se vuelve ideal para celebraciones íntimas, escapadas románticas o cumpleaños entre amigos donde el tiempo parece estirarse.
Pesca, trekking, cabalgatas y contemplación se suman a la propuesta, confirmando que Colchagua Andes no es solo un destino vitivinícola, sino un territorio de experiencias a escala humana.
William además adelanta nuevos tours cordilleranos que comenzarán a tomar forma pronto, invitando a seguir descubriendo esta zona que, aunque aún poco conocida, tiene todo para transformarse en uno de los secretos mejor guardados del enoturismo chileno.
En tiempos donde muchas experiencias se estandarizan, lugares como este recuerdan que el verdadero lujo no está en la perfección, sino en la autenticidad. A veces ese lujo se encuentra en un cabernet de montaña, una piscina en medio del silencio y un anfitrión inglés intentando explicarte en español, con total convicción, por qué este rincón merece ser descubierto.

