El combustible no es solo un insumo más para Chile: es uno de los motores de su aparato productivo. Constituye la base sobre la cual se sostiene el transporte y, con ello, gran parte de la actividad económica. Sin combustible, simplemente no se mueven las máquinas, no circulan los bienes y los servicios no se concretan.
Al revisar la estructura de costos de una empresa de transporte —ya sea de carga o de pasajeros— queda en evidencia que el combustible es un componente esencial del flujo operativo, al mismo nivel que la mano de obra. Una vez realizada la inversión en maquinaria, mantener ese sistema en funcionamiento depende precisamente de estos costos variables. Por ello, cualquier alza en el precio del combustible impacta de forma directa en la operación.
Este aumento, sin embargo, no se traspasa de inmediato a los precios finales. Existe una desfase que, lejos de amortiguar el impacto, lo acumula. Cuando finalmente se ajustan las tarifas, el efecto inflacionario es significativo y transversal: no afecta solo a un sector en particular, sino al conjunto de la economía.
El problema se agrava en el contexto actual. Las pymes, especialmente aquellas ligadas al transporte o que dependen intensamente de él, enfrentan una situación compleja. Muchas ya vienen absorbiendo incrementos de costos que no han podido trasladar a precios, lo que ha deteriorado su flujo de caja. En este escenario, la alza del combustible exige contar con mayor capital de trabajo para sostener la operación.
Tras el anuncio del ministro de Hacienda, muchas empresas deberán ajustar otros costos o traspasar el aumento a precios, con el consiguiente impacto en la demanda. En el peor de los casos, algunos emprendimientos podrían verse imposibilitados de continuar operando.
Y es que, a diferencia de las grandes compañías, las pymes no cuentan con economías de escala ni con acceso expedito a financiamiento que les permita, por ejemplo, migrar hacia flotas más eficientes, híbridas o eléctricas. Tampoco tienen la capacidad de negociar mejores condiciones en la compra de insumos. En la práctica, continuará operando mayoritariamente con vehículos tradicionales, altamente dependientes de combustibles fósiles y con escaso margen para realizar inversiones significativas en renovación tecnológica.
En este contexto, el alza de los combustibles no solo presiona los precios: también tensiona la viabilidad de una parte importante del tejido productivo. Lo que está en juego no es únicamente el costo de llenar un estanque, sino la capacidad de millas de empresas de seguir funcionando con normalidad cuando los costos suben más rápido que su capacidad de absorberlos. Y, en esa ecuación, las pymes vuelven a ser el eslabón más expuesto.
Por Claudia Valdés Muñoz, gerente general de BBSC
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