Muy queridos hermanos y hermanas:
El próximo miércoles 18 de febrero iniciaremos, con toda la Iglesia, el tiempo de Cuaresma, que es uno de los tiempos fuertes que vivimos en la Iglesia, junto con el Adviento y el Tiempo Pascual, donde los cristianos nos preparamos para celebrar, con intensidad, con una renovada alegría y con una esperanza grande, los misterios centrales de nuestra fe. En concreto, la Cuaresma nos prepara para vivir y celebrar lo que llamamos el misterio pascual, es decir, el misterio de la muerte y resurrección del Señor, misterios que nos dieron nueva vida y nos regalaron la salvación.
En Cuaresma, todos los cristianos hemos de realizar, con especial atención, aquellas obras con las cuales manifestamos nuestra fe. El cristiano, en todo tiempo, debe orar, debe hacer penitencia y debe practicar obras de caridad. Y lo que hemos de hacer siempre, hagámoslo de manera especial en este tiempo.
Este tiempo litúrgico comienza con la celebración del Miércoles de Ceniza (18 de febrero). Ese día se bendecirán las cenizas que se obtuvieron de los ramos del año pasado, los cuales fueron quemados. Esa ceniza bendecida se colocará en nuestro frente y se nos recordará aquella verdad de que nuestra vida es frágil y pasajera: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. Nosotros, que a veces nos sentimos tan dueños de nuestra vida, hemos de cuidarla y vivirla bien. Junto con recordarnos que somos polvo y al polvo volveremos, se nos dirá también: “Convierte tu corazón y cree en el Evangelio”.
Sí, el creyente, el que camina tras las huellas de Jesús, ha de vivir siempre en ese espíritu de conversión, es decir, de ir mejorando, de revisar nuestra vida, de darnos cuenta de aquello que está mal y que debemos enmendar, de poner más cariño, más corazón y más espíritu en todo el bien que queremos realizar. Se nos invita, por lo tanto, a profundizar en la oración: recemos más, leamos más la Palabra de Dios.
Ayuno, oración y caridad
En Cuaresma tendremos la oportunidad de rezar el Vía Crucis; de que tengamos prácticas de piedad; y de vivir un tiempo de mayor penitencia, es decir, a exigirnos más a nosotros mismos ya nuestro cuerpo. Por eso la Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza, que es un día de ayuno.
Tenemos la idea de que ayudar es comer menos, es sentir hambre. Y es verdad, pero a ese gesto le damos un sentido espiritual: “Señor, me privo de estos alimentos como una forma de decirte que quiero disponerme a acogerte, y con esto quiero demostrar que Tú eres lo más importante y lo más valioso”. Es también una manera de experimentar, en alguna medida, esa sensación de hambre con la que tantos hermanos y hermanas en el mundo viven a diario.
No olvidar debemos que nuestro mundo, tan próspero y lleno de cosas, es también un mundo donde hay indigencia, pobreza y necesidad; donde -en muchos lugares- hay hambre. Es bueno sentir con los demás, sentirnos llamados a colaborar ya trabajar por un mundo más justo, saber compartir con quienes tienen necesidad y llevarles un poco más de esperanza.
También podemos buscar formas nuevas de ayudar. Les propongo ayudar del celular. ¡Qué cosa más maravillosa tenemos en nuestros teléfonos! Nos permitimos comunicarnos, estar en contacto con quienes queremos, informarnos y entretenernos. Pero también sabemos que debemos administrarlos bien, porque no todo lo que nos entregan es bueno ni todo nos ayuda a crecer en la humanidad. A veces, con el móvil perdemos mucho tiempo.
Por eso propongo que en Cuaresma nos privamos un poco más del teléfono. Usemos el celular cuando realmente lo necesitamos, porque a veces perdemos demasiado tiempo mirando redes sociales o contenidos que pueden ser entretenidos, incluso buenos, pero que podemos ofrecer al Señor como sacrificio. Podemos decir: “Señor, me voy a privar de minutos estos que pierdo cada día y los aprovecharé en otras cosas”. Podemos dedicar ese tiempo a rezar más, a leer la Palabra de Dios, a leer un buen libro que ilumine nuestra mente y nos enseñe cosas nuevas.
Aprovechemos también ese tiempo para compartir con los demás. A veces estamos juntos básicamente, pero distantes porque cada uno está pendiente de su teléfono. Tal vez este sea un tiempo para conversar más en casa, para hacer una obra de caridad, para visitar a aquella persona que está sola, a ese vecino que no vemos hace tiempo, a los adultos mayores que viven en soledad. Busquemos formas concretas de ayunar. Sí, ayunamos de alimentos, pero sobre todo de aquellas cosas que no son necesarias y que pueden impulsarnos a hacer el bien. Y ayunemos, sobre todo, del pecado; ayunemos del mal.
En Cuaresma somos invitados también a practicar la caridad. El creyente, el que reza y junta sus manos para orar, debe abrirlas también para dar. Se nos invita a mirar a nuestro alrededor ya descubrir tantas necesidades. Que el Señor abra nuestros ojos para comprender las necesidades de nuestros hermanos.
En este tiempo se nos entregan las cajas de Cuaresma (alcancías), que devolveremos con el fruto de nuestras privaciones en Semana Santa. ¿Qué significa esto? No significa que, al llegar el Viernes Santo o el Domingo de Pascua, recordemos a última hora que debemos llevar la alcancía y entonces pongamos unas monedas. No. Esta alcancía debemos llenarla durante estos 40 días.
Tú, hombre o mujer creyente; tú, joven creyente; ustedes, familias creyentes, pueden decir: “Por amor a Dios, en algunas ocasiones nos privaremos incluso de cosas buenas, pero queremos expresar que Tú Señor eres lo más importante y que nuestra fe debe traducirse en bien para otros”. Tal vez como familia decidimos privarnos de alguna bebida, de algún gusto, de una salida al cine, de un paquete de cigarrillos. Seamos creativos.
Eso que ahorres lo colocas en la alcancía durante todo este tiempo de Cuaresma, para que cuando la entregues sea como un homenaje al Señor, que te ha dado tanto, que te regala salvación y que te ha amado hasta el extremo. Así, ese aporte podrá ayudar concretamente a nuestros hermanos adultos mayores, muchos de los cuales viven con grandes necesidades, y llevarles un poco más de esperanza.
Queridos hermanos y hermanas, iniciemos la Cuaresma con espíritu agradecido, con entusiasmo y dedicación. Que este tiempo nos ayude a prepararnos interiormente para vivir una hermosa Semana Santa, no solo en sus celebraciones externas, sino en lo profundo del corazón: un corazón que agradece saberse amado, redimido y salvado por Jesucristo.
En Cuaresma miramos con especial atención la cruz del Señor. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Dediquemos tiempo para rezar, en nuestras casas o en nuestras iglesias, delante del crucifijo, ante el sagrario donde Jesús está vivo, ante la imagen de la Virgen querida. Recemos y llenamos nuestro corazón de esperanza.
Que Dios les bendiga.
Feliz Cuaresma.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua
