Muy queridos amigos y amigas.
Desde la casa de retiros Alvernia en San Francisco de Mostazal, donde estamos realizando nuestro retiro anual los sacerdotes diocesanos, comparto con ustedes la reflexión de esta semana.
Este año se cumple 800 años de la muerte de San Francisco de Asís y el Santo Padre, el Papa, ha invitado a vivir un año especial en la Iglesia recordando a este gran santo que, habiendo muerto hace ya ocho siglos, lo sentimos tan actual, tan nuestro, tan cercano a nuestra vida, por su testimonio y por la enseñanza que nos dejó.
Sabemos que un día San Francisco estaba rezando en una iglesia, delante de una imagen de Cristo crucificado, y escuchó la voz del Señor que le decía: “Francisco, repara mi Iglesia”.
Y Francisco, obediente a lo que escuchaba, viendo cerca de allí una ermita que se estaba cayendo, fue con sus propias manos a intentar repararla. Pero el Señor lo estaba invitando, en realidad, no a levantar solo una iglesia material, sino a renovar y hacer nueva la Iglesia: la comunidad de todos los creyentes, que en ese momento de la vida de Francisco pasaba por tiempos muy difíciles.
Hoy, cuando recordamos los 800 años de la muerte de San Francisco, cada uno de nosotros también está llamado a reparar, a renovar la Iglesia.
Así estamos iniciando un nuevo año pastoral, y para ello tendremos encuentros en los diferentes decanatos con ustedes, agentes pastorales de nuestra Iglesia; con ustedes que son catequistas; con ustedes que son encargados de comunidades; con ustedes que visitan a los enfermos, que se preocupan de la vida de caridad de la Iglesia; con ustedes que realizan diversas tareas en cada una de nuestras comunidades parroquiales.
Queremos encontrarnos para rezar juntos, mirando a Jesucristo, a ese Jesucristo que también nos dice, como a San Francisco: “Ayúdenme a reparar la Iglesia, ayúdenme a renovar la Iglesia”.
Espero que de esos encuentros podamos salir todos fortalecidos, con el deseo de trabajar y de poner lo mejor de nosotros mismos para que nuestra Iglesia aparezca como una Iglesia siempre nueva; una Iglesia llena de tradición, de testimonios de quienes nos han precedido, del ejemplo de los santos, pero que hoy también está llamada a formar nuevos santos, ya ser luz en medio de las naciones.
Asumimos entonces esta tarea. Cada cristiano, cada bautizado, tiene que asumir esta responsabilidad: hacer nueva la Iglesia de Cristo, hacerla más luminosa, hacer que esta Iglesia pueda ser luz en medio de las naciones.
Por eso cuidemos la vida de fe en la familia; bautizamos a nuestros hijos; animemos a nuestros niños y jóvenes a celebrar los sacramentos; acompañamos a nuestros jóvenes cuando desean formar una familia y piden la bendición del matrimonio. Estemos también atentos cuando hay algún enfermo: llamemos al sacerdote para que pueda rezar con él y darle la Santa Unción.
Preocupémonos de dar testimonio de nuestra fe, de la alegría que tenemos de ser cristianos, anunciando a Jesucristo con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestras obras.
Vivamos sencillamente como creyentes, haciendo nuestro también el ejemplo de San Francisco, quien un día dijo a uno de sus hermanos: “Prediquen siempre, y si es necesario, también con palabras”. Es decir, no solo se predica con palabras, sino también con la vida, con el ejemplo. Amemos a Jesús, amemos a la Iglesia. Sintamos que nuestra fe es la que vence al mundo. Sintamos que nuestra fe puede llevar esperanza a la realidad que vivimos.
El Señor cuenta con nosotros. El Señor es quien nos dice: “Ayúdame a reparar la Iglesia”. Y que tú y yo, como Francisco, podemos responder: “Aquí estoy, Señor, cuenta conmigo”.
Que este año pastoral 2026 sea un año lleno de gracia y bendición; que podamos alegrarnos con los frutos del trabajo pastoral que vamos a realizar. Y preparamonos todos los agentes pastorales para esos encuentros que tendremos, donde, rezando juntos, nos sintamos todos remando en la construcción de esta Iglesia del Señor.
Dios les bendiga.
+Guillermo Vera Soto, Obispo de Rancagua
