Hermanos y hermanas:
Cada 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer, una buena oportunidad para detenernos a reflexionar sobre la importancia de cada mujer y su influencia en la vida de toda persona y de la sociedad en su conjunto.
El papa San Juan Pablo II, cuando escribió la encíclica Mulieris Dignitatemacuñó el concepto de “genio de la mujer”, refiriéndose así a una capacidad específica y propia de la mujer para percibir, acoger y cuidar a la persona humana.
Este “genio femenino” se refiere a una especial sensibilidad que tiene la mujer hacia la persona, especialmente hacia los más débiles y necesitados. Es una capacidad profunda de entrega y donación de sí misma; una actitud de acogida, cuidado y atención a la dignidad del otro; una forma particular de vivir el amor inspirada en la figura de la Virgen María.
Todo esto la mujer puede vivirlo y entregar no solo a través de la maternidad física, sino también en lo que podemos llamar. maternidad espiritualporque ella tiene la capacidad de generar vida y crecimiento en otros de múltiples maneras. De lo anteriormente dicho, estoy cierto de que todos podemos dar testimonio de que esas virtudes las hemos visto en aquellas mujeres —madres, esposas, hermanas, amigas, religiosas— con las cuales nos hemos encontrado en nuestras vidas ya quienes agradecemos que nos acompañen.
¡Qué grande y qué importante es el genio femenino en la vida de toda persona! Hoy, por eso, con razón, al celebrar el Día de la Mujer, podemos decir con agradecimiento: “Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto, experiencia única que te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento y punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social la riqueza de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participa en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política mediante la indispensable aportación que haces a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento; a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del misterio; ya la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de la humanidad.
Te doy gracias, mujer consagrada, que, a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia ya toda la humanidad a vivir para Dios y mostrando la ternura de Dios a las personas.
Te doy gracias, mujer, porque, por el hecho mismo de ser mujer, con la intuición propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuye a la plena verdad de las relaciones humanas”.
Grande es el genio femenino y fundamental para seguir manteniendo en la sociedad la capacidad de la ternura, de la entrega generosa, del amor concreto y no solo de palabra; en definitiva, para que podamos crecer en la humanidad.
Que la mujer cristiana sea un testimonio vivo de su inclaudicable misión de dar vida y cuidar la vida. Que, en nuestro Chile, la fe y el coraje de la mujer nos animen a todos a trabajar y luchar con decisión por salvar el irrestricto valor de la vida humana desde su concepción.
Dios los bendiga.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua
