Antonio Palacios fue uno de los arquitectos que mejor definieron el Madrid del primer tercio del siglo XX, pero también un ejemplo incómodo de cómo la clase social podía determinar el final de una carrera brillante incluso cuando el reconocimiento profesional parecía ya asegurado. Sus edificios siguen hoy convertidos en postales de la ciudad, mientras su biografía tardía como recordatorio de hasta qué punto los afectos y las alianzas que se desviaban de la norma de clase podrían quedar discretamente apartados del relato oficial. Pasear por el Palacio de Cibeles, el Círculo de Bellas Artes o el Hospital de Maudes es, en realidad, recorrer la historia de un ascenso meteórico, de un silencioso ostracismo.
El arquitecto nació en O Porriño, Pontevedra, en 1874, y se formó en la Escuela de Arquitectura de Madrid en plena ebullición de estilos, entre el eclecticismo tardío, el modernismo y las primeras vanguardias. Su carrera despegó muy pronto: en los primeros años del siglo XX comenzó a trabajar junto a Joaquín Otamendi, con quien firmaría algunas de las obras más emblemáticas de la capital. En apenas una década pasó de joven arquitecto recién llegado a la capital a autor de edificios que condensaban la ambición urbana de Madrid, mientras empezaba a proyectar también en Galicia un legado que hoy se reparte entre ambos territorios.
