En su piso de la barcelonesa calle Sepúlveda, Bryce te recibió con batín de seda y un whisky en la mano –más tarde se pasó al agua con gas–, y las conversaciones se sabía cuando empezaban pero nunca cuando acababan, ay, ojalá no hubieran acabado nunca.
Contemporáneo del boom, pero sin ser miembro de él, venía de familia de banqueros, fue más deudor en su etapa de formación de la narrativa anglosajona, prefería escribir de París o de la burguesía limeña que de dictadores, pues lo suyo era profundizar en la psicología de los personajes más que trazar retratos sociales o históricos.
Vivió en París el mayo del 68, dio clases en varias universidades francesas, fue siempre fiel a Carlos Barral, incluso en la etapa más decadente del editor, quien lo llamaba “virrey” porque un antepasado suyo lo fue.
Vino un día a la redacción de ‘La Vanguardia’ a pedir perdón por los plagios de varios artículos. Quedamos todos tan fascinados con su superlativo relato oral que nos olvidamos de querernos contra él y hasta le invitamos a tomar algo”
Sobre todo, Bryce fue un inmenso escritor, autor de Un mundo para Julius –esa visión de un niño peruano de clase alta que García Márquez calificó como la mejor novela en español del siglo XX– y otras maravillas como La vida exagerada de Martín Romaña –el desencanto de un escritor peruano en Europa, especialmente en París– o sus irónicas pero honestas memorias Permiso para vivir…
Vino un día a la redacción de La Vanguardia a pedir perdón por los plagios de varios artículos de firmas de este diario publicados tal cual, pero con su firma, en la prensa limeña. Quedamos todos tan fascinados con su superlativo relato oral, que mezclaba turbios conspiradores en su contra infiltrados en ordenadores con jugosas anécdotas de conocidos escritores y políticos, todo aderezado con lúcidos comentarios humorísticos acerca de la actualidad, que nos olvidamos de querellarnos contra él y hasta le invitamos a tomar algo con la esperanza de que volviera al día siguiente.

