En el transcurso de casi un siglo –de 1895 a 1985–, las autoras japonesas de esta antología atravesaron una sucesión de regímenes políticos que oscilaron entre el bienestar de épocas de apertura democrática hasta gobiernos ultranacionalistas y militaristas. Sobrevivieron como niñas o adultas a la Segunda Guerra Mundial y vieron renacer a su país tras la hecatombe atómica. Un par de ellas tuvieron padres samuráis, otras fueron pioneras del feminismo, y algunas hasta contaron con ciertos privilegios de clase y formación.
Pero incluso en la posguerra, luego de los cambios que trajo el nuevo código civil –que supuso la democratización tanto en el ámbito político, como en la familia y el matrimonio– todas ellas vivieron en una sociedad diseñada por y para los hombres.y fueron educadas para ser “buenas esposas y madres sabias”, según el lema promovido por la modernidad nipona en la educación de las mujeres.
La antología Cuentistas japonesaspublicada en la serie Palabras Mayores (Factotum), vuelve a plantearse el desafío de reunir un puñado de relatos y autores a través del cual dar cuenta de una tradición literaria.
La selección, traducción y prólogo estuvieron a cargo de la mexicana montserrat loydeinvestigadora, escritora y ceramista residente en Japón, quien suele reunir datos y curiosidades, y escribir en su blog sobre la cultura y las costumbres niponas.
Quizás esa mirada, a la vez cercana y distante, que entiende el idioma, pero también está empapada en la cultura, fue la que le permitió a Loyde. seleccionar apenas seis relatos de un enorme corpus, y realizar a través de ellos un posible recorrido que, lejos de pretenderse –ni ser– completo, dé cuenta de algunos aspectos destacados, rasgos comunes y singularidades de estos grandes autores, que resultan significativos dentro de la literatura de ese país, pero sin dudas lo trasciende.
El prólogo ofrece también una contextualización detallada de la vida de cada una, los períodos en los que se criaron y formaron, sus relaciones familiares, vinculares, y la dificultad que enfrentaron para forjarse una vida como escritoras profesionales.
Punzantes, profundos, delicados ya veces desgarradoresen estos cuentos se habla de puerperio, de sumisión, de violencias, odios, y principalmente, de la carga y mandatos que soportaron estas mujeres, tanto de la sociedad en general, como de sus propios progenitores, maridos, e incluso, de sus hijos, en tiempos en los que aún debían justificar la necesidad de una conversación, las fantasías o el disfrute del tiempo libre.
Antes de la guerra
En el cuento “Este niño” (1896) de Ichiyo Higuchise narra en primera persona las tribulaciones de una madre primerizaresignada a su destino luego de un casamiento arreglado entre familias acomodadas. Con una voz que oscila entre la confesión, el autoconocimiento, la reflexión sagaz, atravesada por cierto tono irónico, la narradora se compadece de su condición puérpera, que la lleva a pensar que estará “atada a este vínculo y viviré por siempre en esta oscuridad”.
El busto de Higuchi Ichiyo en el billete de 5.000 yenes que se expande desde 2004 es el primer retrato de una mujer de la era moderna que se plasma en un billete japonés.Presa de un espíritu contestatario e indomable, a fuerza de reclamos, lleva a su marido a convertirse en u.n libertino que frecuenta geishasalgo que él ni siquiera desea. Ichiyo es considerada la primera escritora profesional del Japón, tuvo una muerte prematura y abrió el camino a las que vendrían luego.
Casi veinte años más tarde, la protagonista de “Una escritora” (1913), de Toshiko Tamuraatravesando un bloqueo creativo. La vemos en su estudio, “abrumada por los encargos”, pero sensible a su entorno, intentando capturar alguna imagen que pueda provenir de su interior o del exterior.
Como una mascarada que la prepara para “su función”, se maquilla cada vez que se sienta a escribir, ritual que la delita y conecta con su cuerpo, hasta el embelesamiento. Subestimada –¿envidiada?– por su marido, sopesa los dichos de una amiga bastante arrogante que logra trascender la codependencia amorosa: ella quiere “vivir para sí misma, ser su propio arte”. Aunque lo desea, la idea de una vida autónoma a ella le resulta inconcebible: apenas, por momentos, la escritora-protagonista reconoce el atisbo de una rebelión en ciernes.
Tamura Toshiko (Tokio 1884-1945), fue una de las escritoras más importantes y famosas del siglo XX en Japón.Algo de lo que la escritora-autora sí es, evidentemente, consciente. Como destaca en el prólogo Loyde, tanto Higuchi como Tamura provenían de familias de rangos medios en el aparato burocrático, con acceso a la educación, y pese a haber podido iniciar una carrera literaria, ambas denunciaban en su obra las contradicciones que aún padecían las mujeres que deseaban dedicarse a la escritura, siempre dependientes del apoyo de algún hombre.
Posguerra y mandatos
“No quiero trabajar. Odio todo eso. ¡Aj!, vivir así es un tedio. Pero… Aun así necesito que mamá o Eiko estén revoloteando alrededor aunque sea para pelear, es mejor que estar solo, ¿eh? –dijo y soltó una risita”. El que habla es Sakuo, el hijo natural de Tamae. Ahora adulto, Sakuo no quiere trabajar ni independizarse, tiene una amante (casada) y no se priva de maltratar a su madre, de la que se cuenta fue víctima de todo tipo de violencia.
En el tenso diálogo entre madre e hijo se condensa el drama de “Narcisos” (1949), un cuento escrito por Fumiko Hayashi en la posguerra, tras la derrota de Japón y durante la ocupación de Estados Unidos. A diferencia de Higuchi y Tamura, Hayashi “creció en la marginación (…), vivió como gitana (…) y trabajó en fábricas nocturnas para poder solventar sus estudios”. Es desde ese mundo que conoce que en este relato narra el vínculo de mutuo desprecio y resentimiento entre madre e hijo, hasta la “liberación” de Tamae que se abre en ella una tenue esperanza.
Fumiko Hayashi (Shimonoseki, 31 de diciembre de 1903 – Tokio, 28 de junio de 1951) fue una escritora y novelista japonesa.También en la inmediata posguerra, “Un paraguas en la noche de la luna” (1954), Sakae Tsuboi presenta la discreta forma de libertad que encuentra un grupo de vecinas (casadas o viudas), escapando de las rutinas y los mandatos sociales sobre las mujeres, sujetas a designios de padres, maridos y sus propios hijos que fingen que viven “como perros domesticados”.
Una diferencia de las más jóvenes y solteras que pudieron disfrutar de cierta liberación, para estas mujeres, nada había cambiado demasiado antes y después de la guerra, y “a veces hasta sentíamos resentimiento hacia la liberación femenina y la democracia, que parecía haber pasado de largo en nuestras vidas”, se lamenta la narradora, que emplea para ellas mismas “la palabra de moda, ‘grupo’”.
Esta forma de encuentro es ya un ejercicio de lo colectivo (y liberación): las vecinas se reúnen a charlar y, eventualmente, a pasear por la ciudad. Curiosamente, los hombres del relato tampoco se sienten cómodos, ni logran adaptarse a los nuevos tiempos.
Vanguardia y experimentación.
“Una mujer a la que llamar madre” (1966) de Taiko Hirabayashi quizás mar el más crudo de los relatos incluidos en la antología, o al menos, el que lleva a su máxima expresión las consecuencias de las tenciones producidas por los mandatos sociales sobre las mujeres, en el seno de una familia sin hombres. Shida, la protagonista, supo ser una bailarina de vanguardia, una promesa de la danza moderna.
Madre de tres hijas, con padres distintos, rompe el vínculo con cada una de ellas hasta volverse “más que extrañas”. Cuando enferma de forma terminal en su madurez, y llega sola a internarse a una clínica sin compañía alguna ni nadie que pueda dar conformidad, despierta la piedad de las otras enfermas y el personal.
Yumiko Kurahashi (10 de octubre de 1935 – 10 de junio de 2005) fue una escritora japonesa cuyo trabajo se centra en la literatura experimental y el antirrealismo.El cuerpo desahuciado de Shido (“Como ocurría a menudo con las geishas que habían sido delicadamente delgadas en su juventud”), así como el kimono que luce aún con gran elegancia, reflejando la tensión entre modernidad y tradición, que no encuentran en Shida una síntesis posible.
El último cuento de la antología, “La extraña historia de una calabaza” (1985), de Yumiko Kurahashisuma al conjunto un relato más experimental, entre lo fantástico y el absurdoalejado del realismo social y los elementos autobiográficos de los otros cuentistas de la antología. Una sátira breve y alegórica que se anima a reunir el ejercicio de la crítica política, la idea de karma y un fantástico “más allá”, en una suerte de irónica metamorfosis japonesa.
Todos los cuentos incluidos en la antología son inéditos en españoly fueron traducidos directamente del japonés. Sin la fama de los escritores como Mishima, Kawabata u Oe, las autoras de estos relatos fueron activistas, migrantes y militantesHirabayashi fue candidato al premio Nobel e Higuchi llegó a ser la imagen de billetes de circulación pública. En todas, la decisión de dedicarse a la escritura profesional fue simultánea a una vida en tensión entre tradición y modernidad.
Cuentistas japonesasVV.AA. publicado en la serie Palabras Mayores (Factotum).
