En ningún momento los Evangelios le atribuyen la condición de trabajadora sexual, pero sucesivas interpretaciones misóginas de la Iglesia acabaron asignando a la “discípula más amada” el oficio de prostituta. La historia de María Magdalena se reescribe en nuestros días a golpe de ensayos, descubrimientos y relecturas de calado.. Desde el TNC que dirige, Carme Portaceli ha tratado de unirse a esta corriente con un espectáculo cargado de razones y un punto de partida estimulante, aunque con un resultado general decepcionante.
El director del KVS de Bruselas, Michael De Cock, colaborador habitual de Portaceli y aliado estratégico en Europa, firma un texto con más sombras que luces. De entrada, el título se confunde porque no se trata de un retrato escénico como ‘El testamento’ de María’, de Agustí Villaronga, sino una obra con diferentes planos discursivos garabateados casi en paralelo. Por una parte, ‘Maria Magdalena’ es un ensayo escénico sobre la figura bíblica que se queda en un nivel muy superficial: entre la tertulia conspirahistórica tipo ‘Cuarto Milenio’ y un discurso emancipador feminista con tintes de panfleto. En la dramaturgia firmada por Portaceli e Inés Boza hay una segunda capa más heterogénea, la forman escenas oníricas, entreactos, digresiones, canciones, ‘live Painting’ y otras ocurrencias que ocupan buena parte de las dos horas y que no conducen a ninguna conexión relevante. Falta unión entre las partes.
Finalmente, un plano principal presenta el argumento al uso, la historia de Míriam (Ariadna Gil), investigadora de la Magdalena que en su vida privada lucha por la custodia de su hija: el sistema patriarcal la castiga por su éxito y dedicación. La relación es tan exiguo que no llega a cuajar el enlace entre la protagonista y la santa. No hay profundidad tampoco para una troupe de secundarias y un Jesús que apenas cuentan con el desarrollo de sus personajes. Ni siquiera la conclusión, arrojada de forma abrupta, consigue aportar un poco de luz.
La escenografía de Marie Szersnovicz comienza como un desierto y se va llenando de elementos pesados movidos entre lentas transiciones, una abundancia de recursos que no luce. Sobre la pantalla gigante del fondo vemos cuadros antiguos de Brueghel y Carracci, tan resultados que incluso eclipsan la acción escénica. Mantienen la tensión las actrices, que defienden con buen oficio las pocas o muchas oportunidades concedidas. Ariadna Gil está enérgica y rotunda fuera de su registro habitual, y Miriam Moukhles se desborda en su sexualizado entremés, gran contrapunto de frescura. Y es que no se pueden negar las buenas intenciones a ‘Maria Magdalena’, esas que, como dijo otro santo, empiedran el infierno.
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