Incorporar al repertorio una Ópera de Wagner es una hazaña que hay que aplaudir a la Fundació Òpera a Catalunya, a la Simfònica del Vallès y al Coro Amics de l’Òpera de Sabadell. Con sus tres actos sin pausa, como dicta la tradición, la ópera romántica del genio alemán realizó el domingo una aplaudida escala barcelonesa en el ciclo Simfònics al Palau tras su estreno en Sabadell. El ‘semi-stage’ funcionó ante un público acostumbrado a este formato, con el escenario modernista integrándose a la obra como gran aparato escenográfico; lo mejor es aceptar la convención, con los músicos embarcados en el buque fantasma. La reducción de la propuesta escénica de Emilio López mantuvo el vestuario, contados elementos de atrezo y un adecuado trabajo lumínico, todo ello suficiente para explicar la historia del Holandés, su maldición y su redencion por amor de senta a pesar del limitado espacio para marcar los movimientos de la masa coral.
La Simfònica del Vallès se acogió a la concertación brillante de Josep Planells Schiaffino, quien escribió una lectura soberbia controlando este monstruo sonoro con una acción conjunta sólida y antinaufragios. Tanto los solos como los dúos y los números de conjunto, así como el complejo arranque del tercer acto, se escucharon bien engarzados, y el maestro, además, apoyó generosamente a los solistas.s, controlando los balances y sin ahogarlos con el poderoso sonido orquestal. El Cor Amics de l’Òpera de Sabadell, junto al Cor Bruckner Barcelona, empastado y expresivo, mostró también su excelente dominio escénico.
José Antonio López fue un holandés tan elegante como fiero, doliente y ansioso a partes igualess, reaolizando una gran creación del rol gracias a un instrumento privilegiado ya un saber hacer de auténtico maestro. Como Senta, la experimentada Maribel Ortega demostrando una vez más su talento, oficio y temperamento, con su amplia tesitura al servicio de un fraseo expresivo, mientras que el Daland de Sava Vemić impresionaba por su voz hermosa y controlada (salvo en el agudo extremo), brillante en su escena inicial.
El Erik del tenor de Viña del Mar José Ansaldi convenció por timbre, proyección y entrega. (a pesar de algún agudo apretón), así como la fantástica Mary de Elisabeth Gillming y el sonoro Timonel de Jorge Juan Morata. Una gran velada con un gran Wagner.
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