La ciudad no es en sí misma ni de izquierdas ni de derechas. De poder calcularse, su ideología se situaría en un promedio cambiante de las personas que la habitan, que la votan, que la visitan, que hablan o que escriben sobre ella en cada momento determinado. La ciudad del mediodía no es la misma que la de la medianoche. Ni la de la lluvia persistente es la de que abrasa la sequía. Aún no existe el ordenador cuántico capaz de asignar a cada urbe su lugar en el espectro ideológico.
Los propios ciudadanos somos una ideología mutante, en función del humor con que afrontamos cada hora del día. Solo la ficción puede atreverse a definir la esencia de una ciudad. Uno de los libros del momento, La ciudad de las luces muertas (Destino), de David Uclés, se toma esa licencia y superpone en solo 24 horas todas las barcelona posibles. Pero, más allá del recurso literario, la ciudad, por sí misma, no tiene ni voz ni voto.
Y, sin embargo, la tradición política, económica, social, cultural y simbólica hace que, a nuestros ojos, las ciudades se perfilen más en un sentido que en otro. Sobre todo en situaciones de alta tensión geopolítica, como la actual. Es en este escenario que las dos capitales de España se decantan hoy en sentidos opuestos. Mientras el Madrid político, de la mano de dirigentes cada vez más conservadores, se alinea sin complejos con las derechas globales, Barcelona se distingue como escenario de la resistencia del menguante progresismo internacional.
La Movilización Progresista Mundial
Mientras otras ciudades viran a la derecha, Barcelona prepara una cumbre progresista
Es una dicotomía que no deja de acentuarse, al menos en el plano representativo. La última y notable divergencia resulta de comparar las agendas políticas inmediatas de las dos ciudades. El martes, la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, participará por videoconferencia en un evento organizado en la residencia de Donald Trump en Florida, Mar-a-Lago, junto a figuras de la derecha y la extrema derecha como el presidente de Argentina, Javier Milei, y la opositora venezolana y Premio Nobel sin título –lo regaló– María Corina Machado.
Por su parte, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, se prepara para acoger, el 17 de abril, una cumbre progresista mundial que promueven Pedro Sánchez y su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva.
No son eventos que caigan del cielo. Barcelona lleva tiempo proyectando en foros internacionales sus políticas progresistas de vivienda y clima, mientras Madrid se significa como altavoz de propuestas más liberales y tradicionales. Más allá de la obviedad de que son muchos los barceloneses conservadores y los madrileños progresistas que preferirían que su ciudad se decantara en el sentido opuesto, lo cierto es que la percepción ideológica de ambas metrópolis se aleja.
En un plano menos simbólico, el retraso estructural del AVE –se acabó el recorrido casi metropolitano en menos de tres horas– nos devuelve a la época en que no se iba a Madrid oa Barcelona, como hasta hace muy poco, sino que se viajaba hasta allí. La distancia se amplía, en muchos sentidos.
Las expectativas
La cumbre será relevante si en ella tiene cabida un amplio abanico de demócratas
En el caso de la capital catalana, la Global Progressive Mobilization del 17 y 18 de abril es una oportunidad para el posicionamiento global de la ciudad, pero, para sacar el máximo provecho, debería afrontarse desde una interpretación muy generosa del término. progresismo . Es decir, en tiempos de involución política y de auge desinhibido del autoritarismo, el espacio entendido como de progreso no debería quedar reducido a las familias tradicionales de la izquierda.
No sería estratégico hacer una lectura restrictiva del concepto, sino que habría que encontrar la fórmula para dar cabida en la cumbre de Barcelona a todo demócrata que, más allá de las siglas, sigue creyendo en la separación de poderes, en la alternancia política, en la libertad de prensa o en los derechos fundamentales de las personas. La magnitud de la amenaza justifica las concesiones ideológicas en aras de la unidad.
Un rasgo distintivo de Barcelona es su condición de espacio neutral, una ventaja que se ha vuelto a acreditar esta semana cuando, en la feria audiovisual ISE, las empresas americanas han compartido recinto con las chinas, aunque sus directivos no se hayan dirigido la palabra. Dentro de unas semanas ocurrirá lo mismo en el Mobile World Congress, con representantes de ambos países no revueltos, pero juntos. Hay muy pocos eventos en el mundo en los que se dé esta feliz circunstancia.
De hecho, la hegemonía ferial de Barcelona, el éxito de salones como la Smart City Expo o el liderazgo de la campaña europea para combatir la crisis de la vivienda han permitido al Ayuntamiento construir una tupida red de contactos con alcaldes de todo el mundo, conexiones que se usarán para ampliar la base de la cumbre.
En un contexto de política de bloques y trincheras, esa neutralidad que aún brinda Barcelona –quién sabe hasta cuándo– es también un valor progresista a potenciar. Sobre los objetivos, el Ayuntamiento entiende que la ocasión permitirá situar en primer plano las políticas que intentan hacer asequible la vida en las ciudades y contrarrestar así el discurso de odio.
Deberías aprovecharse la cita barcelonea para activar el soberamismo digital
Se desconocen aspectos de la cumbre como el lugar, los asistentes y, por su puesto, la carga de ambición de la declaración final. A los impulsores les gustaría, por ejemplo, implicar en la cita a figuras del Partido Demócrata de EE.UU., que después de meses de incomparecencia libran ya un pulso feroz contra el autoritarismo de Trump. Eso sí, los demócratas no suelen prodigarse en el extranjero.
Por último, sería una decepción que Barcelona dilapidara la ocasión de postularse como un polo de referencia de la soberanía digital europea. Arrinconada aquella feliz idea de hace unos años de acoger en la ciudad una suerte de Davos digital –faltó voluntad política para impulsarla–, la ciudad dispone aún de argumentos a su favor para significarse en la oposición a la tecnooligarquía americana.
No se trata solamente de poner en valor el ecosistema científico y tecnológico barcelonés, sino de aprovechar también el efecto amplificador que la marca barcelona puede prestar a este tecnoactivismo europeo. Sobre todo, en una cumbre que captará la atención del medio planeta.

