La polémica surgió hace unas semanas en torno a una chica y un clásico de moda gracias al cine: Cumbres Borrascosas. Ella quería probar a leer el libro antes (o después) de ver la adaptación. Un gesto casi inocente: acercarse a una obra canónica por … curiosidad, por contagio cultural, por estar en la conversación. Nada heroico. Leer, simplemente.
El vídeo, viralizado en redes, es revelador. El problema no es el sentido, sino el exceso de mediación. Ella entiende la acción, lo que no puede sostener es el cómo se dice. Tropieza con palabras como «antonomasia», «estrepito», «indicio», que no son tecnicismos de laboratorio ni jerga de notario decimonónico. Son palabras normales. Lengua culta de andar por casa. De las que hasta hace no tanto no hacían sudar a nadie,
Lo que expresó no fue rechazo ni desprecio. Fue desbordamiento. No falla la inteligencia. No falla la voluntad. Falla el andamiaje léxico.
El llamado «clásico» es hoy, para los estudiantes, una especie de objeto hostil. No antiguo. No es difícil. Hostil. No porque sea violento o ideológicamente incómodo, sino porque habla otra lengua dentro de la misma lengua. De ahí la frase tan reveladora de la tiktoker: «hay gente que ya ha leído cosas antiguas, pero yo no». Hay lectores entrenados y lectores no entrenados. Y el sistema (educativo, cultural, mediático) hace tiempo que dejó de entrenarles. Prefirió la comodidad al esfuerzo, el resumen al matiz, la sinopsis al texto.
Lo verdaderamente inquietante resume esta escena tan honesta, cuando la joven concluye: «Pensé: este librito me lo leo en nada… y necesito un diccionario al lado». Ese «en nada» lo dice todo. La lectura ha dejado de ser un acto de demora para convertirse en una expectativa de consumo rápido, como una serie de ocho capítulos o un vídeo de treinta segundos.
Queridos padres, tutores, profesores, prescriptores: esto no va contra Cumbres borrascosas. Ni siquiera va contra los clásicos. Va de una generación a la que no se le ha dado tiempo, palabras ni paciencia para entrar en ellos. Y la paradoja final (la más triste) es ésta: la lectora quiere leerlo, pero siente que el libro no la deja pasar.
Y eso no es culpa suya. Pero tampoco es culpa del libro.
