Leyendo se viaja al infierno del otro y al paraíso de uno, al niño que celebra esta noche el regalo de los Reyes Magos, al sexo contrario ya lo que nunca existió, y al amor por supuesto. La escritura quizás sea la mayor aportación … a las humanidades, una disciplina en el creador ingrata, neuronal, absorbente, malbaratada, enaltecida con razón por aquellos que no la practican y por fortuna la disfrutan.
También resulta cierto que los profesionales del arte somos una élite, nos pese o no, porque los hay encantados de su ombligo, con la aspiración de aparecer en los papeles o ser grabados hasta el fin de los días. Cuando empezaba a publicar me lo contaban colegas, y no salía de mi asombro. Cierta autora, de un talento mínimo por más señas, me contó que escribió para aparecer en la enciclopedia británica. Desde entonces me consta que la imbecilidad carece de límites. Hay que ser muy tonto el haba para escribir esperando la fama, y un imbécil completo para esperar que el bello arte de las palabras reporte dinero a espuertas, portadas de revistas y entrevistas de televisión donde continuar haciendo el lerdo, a menos que seas una pelota oficial, con lo cual incluso puedes ganar el Cervantes sin merecerlo, habiendo practicado el soba lomos de continuo. Hay junta palabras a patadas, y pelotas más. Peor aún, corren tiempos de autocensura, temerosa de un poder que no admite la crítica. Uno de los mejores escritores de mi generación, un hombre bueno, lo dijo en una entrevista: prefiero ponerme de perfil. Es lo que tiene la autocensura, que al anegar la vida disuelve la literatura, convirtiendo lo que podría ser magnífico en basura intelectual, salvo a aquellos tocados con un talento extra dimensional.
Desbordan las librerías super ventas que no tienen el mínimo talento ni la pulsión que te coge del cuello y te confunde hasta sumergirte siendo ya el personaje de lo leído. Pese a ello regalamos libros encontrados en un descuido, celebrando la literatura en cualquier fecha. El hombre es la medida de su bibliotecadijo mi padre cargado de razón, refiriéndose no solo a la extensión, también a la calidad. Yo, por ejemplo, sé que soy escritor desde que me venden en el top manta, ya desde hace años.
Y es que casi nadie lee hasta devorar los libros y masticarlos como el más exquisito de los platos. Antes de la pandemia, hace no tanto, en el metro, aquí y en Nueva York, por vagón había cuatro personas a lo sumo inmersas en un texto literario, entre apretones y sudores. En el paraíso de las redes sociales nos hemos vuelto tontos de remate. Somos tontos de capirote castigados en una esquina de la clase, del demasiado bucear en las redes sociales, los algoritmos, a la persecución, muchos, del ligoteo. Ya ni para eso servimos, ya ni para eso para eso hay tiempo. De tanto marear la perdiz la virtud de leer se está agotando, se está ahogando en un mar de incultura. La tendencia no cambiará; Nos asomamos por enésima vez a la muerta de la novela, lo que en realidad nunca ocurre. Lean entonces libros en enero, y el resto del año, y regalen libros a mansalva, de cualquier tema y condición. Ahí no fallarán.
