Ha n pasado diez años desde que el duque blanco nos abandonó convertido en una estrella negra, la estrella negra que daba título a su último disco, casi póstumo. David Bowie publicó su testamento musical el 8 de enero del 2025, coincidiendo con su 69.º cumpleaños, sin que prácticamente nadie supiera del cáncer de hígado que acabó con su vida tan solo dos días después. Una sorpresa, la enésima, con la que se convirtió la muerte en el último acto de una vida camaleónica, recordada estos días por muchos de quienes fueron sus compañeros de viaje, así como por la publicación de una biografía y un documental, sin olvidar la presencia de Héroes en el cierre de la serie Cosas más extrañas.
Así lo han hecho Iman, su esposa desde 1992, y su hija Lexi, que colgaron en las redes fotografías del músico el jueves, lo mismo que hicieron compañeros de oficio como la bajista Gail Ann Dorsey, Billy Corgan, líder de The Smashing Pumpkins, el fotógrafo Anton Corbijn y por supuesto Tony Visconti, su mano derecha y amigo de toda la vida.
El veterano productor es uno de los protagonistas de David Bowie: El último actodocumental estrenado la semana pasada (desde ayer viernes puede verse en Movistar+) que visita las diferentes etapas de Bowie a través de imágenes de época y declaraciones de quienes formaron parte de su entorno más cercano, caras que cambiaron a medida que la estrella mutaba y se desprendía de todo lo que quedaba atrás. “David no necesitaba a nadie, una vez obtenía de alguien lo que necesitaba, lo dejaba”, como recuerda la cantante y compositora Dana Gillespie, a quien conoció con 17 años (ella tenía 15) cuando todavía era Davie Jones.
La que fuera también amante de Mick Jagger y Bob Dylan destaca también lo bueno que era Bowie para captar el espíritu de cada época, así como su voluntad de no limitarse a ser una estrella del pop. Aquel joven del sur de Londres quería ser un artista, y para eso le entregó su propia vida convirtiéndose en numerosos personajes desde que adquirió el papel de Major Tom en rareza espacial. Un astronauta moribundo en un planeta lejano recuerda en el videoclip de estrella negra a aquel primer personaje, al que siguieron Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Halloween Jack de Perros de diamantes y el delgado duque blanco para concluir su historia como profeta ciego, con una venda en la cara y dos botones donde deberían estar los ojos.
Todas estas caras forman parte de un rompecabezas al que hay que añadir etapas fundamentales, como su estancia en Berlín, donde abandonó el glam rock para abrazar el krautrock colaborando con Brian Eno, etapa recogida en el reciente cómic. Bajo. Los años de Bowie en Berlínde Reinhard Kleist (Underdog Ventures). También hace falta reseñar la fallida aventura rockera de Tin Machine, finalizada después de que periodistas como Jon Wilde le harían llorar, calificándolo de “puta vergüenza”. También su regreso a Glastonbury, donde actuó en la primera edición de 1971 y repitió como cabeza de cartel en el 2000 después de que su gerente, John Giddings, engañara a la prensa asegurando que el festival quería a Bowie cuando era todo lo contrario, periodo recogido en la reciente biografía. Lázaro: la segunda venida de David Bowiede Alexander Larman (Nuevo Moderno).
“Lloré a mares, era mi amigo de toda la vida”, recuerda Tony Visconti de cuando vio que Bowie tenía cáncer
Aquella actuación reconcilió al artista con su pasado en una etapa final marcada por el ataque al corazón sufrido en el 2004 tras tocar en Hamburgo, el que sería su último concierto, que cerró interpretando Ziggy polvo de estrellas. Con 57 años, atrás las drogas, el alcohol e incluso el tabaco, el hombre del espacio se retiró a su casa de Nueva York con su mujer y su hija. Allí descubrió la vida cotidiana, sin publicar nuevo material hasta el 2013, bajo el título Al día siguiente. Al año siguiente comenzó a trabajar en el musical. Lázaro al tiempo que componía para su siguiente proyecto sin advertir a nadie del cáncer que le detectaron. Fue la quimioterapia, su falta de cejas y la calvicie, lo que hizo imposible ocultarlo para quienes estaban en el estudio de grabación. “Lloré a mares, era mi amigo de toda la vida”, recuerda Tony Visconti en el documental.
Nadie más supo del cáncer, que no le impidió trabajar horas en su enésima reencarnación, donde se aproximó al jazz influido por las mezclas entre este género y el hip-hop que Kendrick Lamar había ideado en Para proxenetar una mariposa. Una última prueba de su genio que compuso a sabiendas de que sería lo último que haría, un adiós convertido en su última obra de arte.
