El año pasado escribió mi primera crónica del premio Nadal. Este año, esta casa que adoro y que tan bien me trata, La Vanguardia me lo ha vuelto a pedir. Y aquí estoy, la noche de este 6 de enero escondido en un baño con un ordenador y sentado sobre la tapa de un váter, en lugar de estar celebrando con todos los invitados que en esta edición en que conozco de primera mano al ganador. Os pido que no esperéis una prosa cuidada y acertada, pues son los dedos de la emoción los que escriben, y no otros, en lo que es casi un ejercicio de escritura automática.
Estamos en el Palacio de Barcelona. A mi alrededor hay espejos dorados y lámparas de araña y mantelerías distintas –o los había hasta que he entrado a refugiarme en este baño–. No me suele gustar la decoración pomposa, pero parece idónea para la noche en la que los Reyes Magos se marchan a Oriente y nos dejan sus regalos. A mí me han dado un solo obsequio: un cuadrado de madera pequeño y sencillo. Es bien bonito, y había soñado con él mucho tiempo. Saco el teléfono, con cuidado de no tirar el ordenador, y busco en el correo la fecha de la penúltima vez que me presenté a este premio: el 27 de septiembre del 2020. Me llevaba presentando casi cada año desde mis veinte; a veces con la misma novela, reescrita, otras con nuevas y ahora olvidadas. Bien podría decir eso de: ¡a la undécima va la vencida!
Aquí estoy, la noche del 6 de enero escondida en un baño con un ordenador
Aparte del dorado, hay un piano que no se puede tocar, pero que, llevado por el entusiasmo, pidió tocar. Yo, que no soy nadie, exigiéndole al Palace que me deje aporrear su carísimo piano de cola. Me dice mi mejor amigo que deje de decir eso de que no soy nadie. Pero es que cuando me imagino a mí mismo me sigo viendo en el olivar, cerca de los míos y de la quietud de la naturaleza, donde uno, por suerte o por desgracia, no se siente gran cosa. Además, sigo con la misma vida nómada y volátil desde hace casi dos décadas: de alquiler y en una mudanza constante.
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Me dan permiso y levanto la tapa del instrumento. Tocó Los tiempos están cambiando . Porque es bonita, algo navideño, me hace muy feliz y es sencilla. La versión de Nina Simone, que supera a la original. A mi alrededor hay muchas personas: gente a la que quiero y gente a la que no me ha dado tiempo a querer. Tengo amor para todos; Me cuesta no querer. Dios me guarda esa virtud, aunque es, al mismo tiempo, también un defecto, y algo, intuyo, que muchos no pueden soportar.
La penúltima vez que me presenté al Nadal fue en el 2020: a la undécima va la vencida
Muchos corean a mi alrededor la canción. Aprovecho los cánticos y dejo mi cuerpo en el piano y levanto mi espíritu, y, como el año pasado, viajo en el tiempo, pero esta vez por decisión propia. Camino entre los invitados y los salones del hotel y empiezo a notar el paso de los años, a ver todas las ceremonias anteriores. Este premio de narrativa, el más antiguo del país, lleva celebrándose ininterrumpidamente más de ochenta años. Esquivo a tantos hombres que lo ganaron hasta que, al fondo del salón principal y sentadas sobre un mismo banco, las veo a ellas: cinco ganadoras del premio que tienen los ojos cerrados y el rostro plácido. Escuchan la canción y lloran. Saben que, en cuanto terminen los acordes, volverán a desaparecer: Carmen Laforet, Elena Quiroga, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Rosa Regàs.
Emocionado, les digo que me esperen, que en unos años y gracias a este premio me encantador poder sentarme junto a ellas –si me lo permiten, aunque sea un rato breve– a escuchar la música que otros soñadores nos tocarán desde el futuro.
