La periodista María José Fuenteálamo tiene muy claro cómo se corta el horrible filete de una discusión tan ideológica como alimentaria. Así lo demuestra en ‘La hija del carnicero’ (Círculo de Tiza)un libro que mezcla memoria personal, periodismo narrativo y reflexión … cultural para contar cómo ha cambiado nuestra relación con la carne y con quienes la producen. «¿Comemos hoy mejor que nuestros padres? Yo intento descifrar esta incógnita contandoos mi historia. Soy hija, nieta y bisnieta de carniceros. Realmente quizás no soy tan especial. Todos tenemos ocho apellidos carniceros», explica la autora en esta entrevista que concede a ABC entre costillares exhibidos en la sala de despiece de Raza Nostra, en el Mercado de Chamartín, en Madrid.
¿En qué momento comprendió que la carne es un relato que merece ser contado?
Cuando mis padres se jubilaron yo esperaba un día festivo, liberador. Hija, nieta y biznieta de carniceros, no heredaría el negocio. Pero no. Me embargó un vacío al bajar la persiana. Un carnicero tradicional retirado es un nexo animal-humano menos. Cerrábamos una puerta a nuestra naturaleza. Inconscientemente, al escribir este libro me di cuenta de que, de niña, yo había vivido en un mundo mágico, como el de las fábulas de Esopo, donde cada día uno podía aprender algo de los animales.
Recurrir a Homero (Eumeo) o Shakespeare para mostrar que la carne ha sido durante siglos un lenguaje literario, moral y político
Eumeo, el porquero de Ulises, es uno de sus hombres más fieles, el gran cuidador de su hijo. En nuestro mundo carnicero-ganadero ocurría igual: todo el mundo se cuidaba como familia. Nuestra relación con la carne, con los animales, está en nuestra esencia. Inevitablemente, también en nuestra forma de mirar y ordenar el mundo. De la literatura a la religión. El Islam, el judaísmo, el catolicismo con nuestra Cuaresma, establecieron normas y restricciones sobre animales y su sacrificio. Desde el pensamiento clásico, Plutarco ya entró en el debate de la carne. Está en la literatura como en la vida: en Madame Bovary, cuando hay que agasajar al médico de renombre que intenta salvarla, lo que se busca urgentemente son… chuletas.
¿Por qué nos urge hablar de la carne?
En ‘El barón rampante’, Italo Calvino, es capaz de dar el perfil psicológico de tres personajes, tres, en un sólo párrafo, describiendo cómo se enfrenta a un trozo de carne en la mesa… La carne dice mucho de nosotros porque también somos carne. Unas veces gobernada; la mayoría, ingobernada. Ahí está ‘La vegetariana’ de Han Kang, un libro centrado en eso: en que somos carne. A pesar de su título, creo que es una obra muy poco vegetariana.
Creció viendo el proceso completo, del animal al plato. ¿Por qué cree que hoy somos más ‘éticos’ o profilácticos? ¿nadie quiere amar lo que viene o es ideología?
En nuestra vida rápida es más fácil -logística y mentalmente- comprar una bandeja de jamón york en el súper que ir a la carnicería, elegir una pieza y cocinarla. El proceso supone tocarla, olerla cruda. A mí tampoco me gustaba la sangre de pequeña. Pero la vida también es sangre y sacrificio. Y, sobre todo, toma de decisiones. También alimentos. Es más cómodo que te digan qué tienes que comer -tu partido, tu ‘tribu’-. Pero cuando no sabes de dónde viene lo que viene, no sabes lo que viene. Si eres rico, igual no te pasa. Hace unos años, Mark Zuckerberg decidió que no comería ninguna carne que no hubiera matado, sacrificado, él mismo. Nuestro desconocimiento de lo que comemos a veces es terrorífico. Lo veo en el super con los blísteres de pavo: si en algunos indica 90% de carne… ¿en los que no?
En el libro el carnicero aparece como cuidador, no como verdugo. ¿Por qué lo asimilamos así?
Igual de eso ha tenido la culpa la literatura, jaja. Carnicero, matarife… son palabras que acumulan una carga simbólica negativa. Donde yo vengo, no. Por eso he querido escribir un libro sobre el carnicero bueno, cuidador de los animales y, a la vez, de sus clientes. El carnicero de Km 0 que miraba a los ojos a sus animales ya sus parroquianos, enlace con ambos lados. Lo pienso ahora que está tan de moda la proteína: ¡el gran suministrador de ella ha sido siempre el carnicero!
¿El reproche moral recae sobre el pequeño productor y no sobre las macrogranjas?
Lo que cae sobre los pequeños, sobre todo, es la normativa. Asfixia a los pequeños, no a los grandes. Todo el mundo parece estar en contra de las macrogranjas, pero con el exceso de normativa, una macrogranja es mucho más rentable que una pequeña finca. La última revolución industrial ha sido la de la carne y nos ha traído un mercado polarizado: carne procesada barata, carne natural ‘ecológica’ cara. Hoy podemos decir ‘dime qué carne viene y te diré cuántas ganas’. Los restaurantes exclusivos con más lista de espera son los que ofrecen los bocados cárnicos más exquisitos. Allí te explican de dónde viene el animal que te van a servir, qué ha comido… lo mismo que hacían mis padres con sus clientas. En una carnicería de pueblo normal, accesible para todos los públicos. Inevitablemente, eso nos lleva a preguntarnos si nuestros padres no comían mejor que nosotros…
En un mundo vegano, indoloro, remoto… ¿es usted una disidente, una provocadora o solo se resiste?
Quizás una moderadita de la carne. Creo y defendiendo que el de su consumo es un debate que no tiene fin y es bueno que así sea. En mi caso, no como mucha porque, además, por deformación familiar, soy muy selectiva. Pero me asustan los mensajes radicales: esos de que comer carne te hace mala persona porque no tienes en cuenta el sacrificio animal o te cargas el planeta.
¿Quiénes abusan más del medio rural: quiénes dicen representarlo como Vox o quiénes lo ignoran o lo estigmatizan?
Sobre todo, los que vienen, desde fuera, vendiéndose como salvadores. También quienes sólo miran a los pueblos como un nicho electoral. Lo rural y lo urbano, como lo animal y lo humano, están condenados y así debe ser, a convivir. Como decía Tolstói, no podemos desconectarnos del campesino que llevamos dentro. En Francia, las estadísticas señalan que se suicida un ganadero al día. Menuda novela escribiría Tolstói con eso.
