En las entrevistas promocionales que precedieron al estreno de ‘Una batalla tras otra’el director Paul Thomas Anderson insistió una y otra vez en que la película no debía leerse en clave política sino que era mucho más “correcto” abordarla como una cinta de acción o como una película familiar sobre un padre que lucha por encontrar a su hija. Los temas de fondo, apuntó, son solo “un decorado”. Es muy probable que ese empeño de Anderson en desactivar la carga ideológica de su película fuera solo una forma de protegerse ante. la previsible reacción de las filas trumpistasque han llegado a presentar ‘Una batalla tras otra’ como “una irresponsable apología del terrorismo de izquierdas” y como una prueba irrefutable de que Hollywood sigue siendo un peligroso territorio ‘woke’. En cualquier caso, se diría que el director no debía de compartir esas consideraciones sobre la naturaleza de la película con sus actores; al menos, esa es la impresión que quedó después de ver la convicción con la que leonardo di caprio defendía públicamente que ‘Una batalla tras otra’ “es un espejo de donde estamos y en qué estado nos encontramos como país y como mundo”.
Es cierto que tanto DiCaprio como la inmensa mayoría de críticos apuntaron en su momento que esa condición de retrato de la actualidad estaba filtrada y distorsionada por el humor y el absurdoque dan a la película una apariencia de ‘cartoon’ hiperbólica. Pero en los últimos meses la realidad se ha empeñado en recortar distancias con esa sátira exagerada y grotesca, de manera que ‘Una batalla tras otra’ ha ido adquiriendo, acaso sin quererlo, una singular cualidad visionaria y los paralelismos entre la actualidad y la ficción resultan cada vez más inquietantes. Aquí van algunos ejemplos:
Benicio del Toro en la película de Paul Thomas Anderson. / EPC
cruzada antiinmigración
En la secuencia que abre ‘Una batalla tras otra’, los miembros de un grupo revolucionario antifascista liberan a los prisioneros de un centro de detención de inmigrantes dirigido por un oficial violento y racista. Más adelante en la película (y 16 años después en la historia), la ofensiva antimigratoria ha escalado todavía más y entra en escena un personaje (el maestro de kárate interpretado por benicio del toro) que dirige una red para ayudar a escapar a los inmigrantes indocumentados, como en la época de la esclavitud. No es que en estos últimos 20 años haya dejado de haber en EEUU control migratorio y deportaciones, pero que el estreno de la película coincidiera con un momento en el que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ha multiplicado su actividad, convertida en una fuerza paramilitar formada por mercenarios cazarrecompensas, le da al filme un nuevo sentido ligado a la actualidad.

Teyana Taylor en la película. / EPC
Terrorismo ‘chic’
Ya desde su mismo nombre –El 75 francéssacado de un cóctel de champán y ginebra-, el grupúsculo terrorista en el que militan Pat Calhoun (DiCaprio) y Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) se presenta como una caricatura ‘cool’ muy libremente inspirada en los Weathermen de los años 60 y en los Panteras Negras. No parecen tener una adscripción ideológica clara más allá de defender la igualdad, de oponerse a un poder autoritario y de gritar aquí y allá “¡Viva la revolución!”. Una semana después del estreno de la película, Donald Trump formó una orden ejecutiva por la que el movimiento antifa -una constelación de grupos activistas de extrema izquierda sin líderes ni estrategia común que se enfrentan al supremacismo blanco- pasaba a ser considerada como “organización terrorista nacional”. Al cabo de pocos meses, a raíz de las movilizaciones contra los desmanes del ICE, los medios empezaron a publicar reportajes sobre El regreso de las Panteras Negras..
Un coronel de dibujos animados
A un lado del espejo está el coronel Steven J. Lockjawun militar racista, ultraviolento y vengativo con un corte de pelo filonazi que dirige un centro de detención de inmigrantes y que, después de desarticular al grupo revolucionario El 75 francés, recibe el premio Bedford Forrest (Nathan Bedford Forrest fue un general confederado, tratante de esclavos y primer Gran Mago del Ku Klux Klan). Al otro lado está Gregorio Boviñoun comandante de la Patrulla Fronteriza aficionado al gas lacrimógeno al que le gusta lucir un atuendo de sospechosa inspiración alemana y que se vio envuelto en una demanda por discriminación racial antes de convertirse en el adalid de las tácticas más agresivas en la lucha contra la inmigración irregular. Uno es un personaje de ficción interpretado por Sean Penn. El otro, no.

El Club de Aventureros de Navidad en ‘Una batalla tras otra’. / EPC
El Club de Amantes de la Navidad
En la ficción de ‘Una batalla tras otra’, el Club de Amantes de la Navidad es una sociedad secreta de elite formada por multimillonarios, políticos y militares de alto rango que promoviendo el supremacismo blanco utilizando como tapadera la defensa de la tradición navideña y recurriendo a métodos como la extorsión y el asesinato de los “impuros”. El suyo es un nivel de depravación difícil de concebir en la vida real, al menos hasta que uno le echa una ojeada a los documentos desclasificados del ‘caso Epstein’ (en los que, por cierto, aparecen menciones al Club del Zodiaco, una enigmática y ultraexclusiva sociedad secreta fundada en Manhattan hace 158 años). Y el celo que muestran en la preservación de los rituales navideños no queda demasiado lejos de esas campañas recientes que, desde los sectores más conservadores, se afanan en señalar como peligrosos enemigos de la cristiandad a quienes dicen “felices fiestas” en lugar de “feliz Navidad”.
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