Siempre se dice que el cine capta el sentimiento de las calles y lo plasma en imágenes. Que el ‘zeitgeist’, el espíritu de cada época, está intrínseco en las películas que se hicieron. Y aunque sea cierto, aunque hayan trasladado las preocupaciones de la sociedad, también es cierto que las películas actúan en sentido inverso, creando formas de comportamiento en las personas. El documental Divulgaciónen Netflix, sobre la comunidad trans, ponía un ejemplo transparente. El 80% de las personas no han conocido nunca una persona transexual. Es a través de la ficción cómo han aprendido a comportarse ante ellas.
Si es Ace Venturaen 1994, les dicen a los jóvenes que lo que deberían sentir ante una mujer trans es asco, una experiencia cercana al vómito –como así ocurría en la cinta de Tom Shadyac–, así actuarán cuando conozcan a una. Y ocurre lo mismo con el amor. Hemos descubierto el amor en el cine antes de experimentarlo en nuestras propias carnes. Cuando hemos sentido algo parecido, el cine ya estaba en nuestro ADN, y había generado unas expectativas, unos modelos y unas pautas de las que era difícil escapar.
