El escritor Andréi Kurkov nació en Rusia pero se mudó a Kiev a una edad temprana. Quienes le conocen saben que es ucraniano hasta la médula y no le hace especial gracia que los más despistados puedan tener esa duda inicial. No hace falta más que leer sus libros para darse cuenta de que lleva a Ucrania en el corazón, y eso que muchas veces no sale tan bien parada como desearía. En su última novela negra, El corazon negro (Alfaguara), se encuentra bajo el control bolchevique.
La trama se ambienta en invierno de 1920 ya muchos lectores les sonará su protagonista, Samsón, un joven que, en su anterior libro, Samsón y Nadiezhda (2023) se vio forzado a unirse a la policía bolchevique. Ahora, a este joven investigador, al que le falta una oreja –los cosacos se la cortan con un sable mientras matan a su padre–, le han asignado un caso de lo más desconcertante: la venta ilegal de carne de cerdo en medio de la terrible hambruna provocada por la guerra. Hará todo lo que esté en su mano para parar el contrabando en el mercado judío, pero sus prioridades cambian cuando Nadiezhda, con quien convive fuera del matrimonio, es secuestrada por unos ferroviarios en huelga que se oponen al censo del nuevo gobierno.
En 1919, la sociedad de Kyiv estaba dividida. Ahora, en cambio, estamos aprendiendo a ir a una”
Más de uno podría pensar que es mala idea estar enamorado en tiempos tan convulsos. El propio Kurkov adelantaba a La Vanguardia A mediados de octubre, en la Feria del Libro de Frankfurt, poco antes de que se publique en castellano esta novela, que, efectivamente, es más fácil perder a seres queridos”, aunque, por otra parte, el amor “salva vidas en tiempos difíciles”.
Ahora, ya en enero, el escritor del clásico. Muerte con pinguino desarrolla su respuesta por teléfono: “Hay docenas de historias de amor trágicas que sucedieron durante la invasión rusa. Estoy seguro de que también hay historias de amor felices, pero la gente se resiste a compartirlas. Lo que es obvio es que las personas unidas por el amor tienen más posibilidades de sobrevivir en situaciones catastróficas de guerra y agresión; esto se puede decir de 1919 y, también, de 2026”, reflexiona. En ese sentido, se muestra orgulloso de su país: “A diferencia de lo que narro en mi novela, la gente se ayuda más. En 1919 la sociedad de Kyiv estaba dividida por culpa de los diferentes grupos sociales. Ahora, en cambio, estamos aprendiendo a ir a una”.
No son pocos los lectores que le preguntan si ese Kyiv que narra, salvando las circunstancias históricas, guarda similitudes con el presente. “Hay parecidos razonables en lo que a dificultades para la vida respecto. En 1919 no había electricidad ni calefacción, y ahora ocurre lo mismo. Es la tercera vez en este mes que nuestro apartamento, situado en el centro histórico, se ha quedado sin aire caliente. Afuera hace -15 °C y los meteorólogos avecinan más frío, hasta -30 °C. Dentro del apartamento hay +10 °C. Pero más de cien rascacielos en Kiev llevan dos o tres semanas sin calefacción, y es imposible vivir allí. Por suerte, se han habilitado grandes tiendas de campaña de emergencia con calefacción y luz por todas partes, en esta y otras ciudades”. Ya no le choca verlas. Tanto él como el resto de ciudadanos se han acostumbrado, igual que le pasa con las sirenas antiaéreas. “Nadie debería normalizar algo así”.
Pese a todo, no pierde la esperanza “gracias al apoyo europeo”, aunque admite que antes “solía ser más optimista, cuando Estados Unidos estaba también del lado de Ucrania, del lado de las víctimas de la agresión rusa. Ahora, con Trump jugando un papel diferente, todo puede pasar”. De todos modos –reflexiona– “al final, la gente busca estabilidad. En 1921, tras casi cinco años de guerra, la gente de Kyiv y de toda Ucrania se alegraba de que la guerra hubiera terminado y desconocían lo que les esperaban después. Este ‘después’ —la década de 1930 y luego la Segunda Guerra Mundial— resultó ser mucho más sangriento y trágico que la guerra de 1918-1921. Hoy tampoco podemos saber qué ocurrirá después de esta guerra. La gente sueña con la paz, pero al mismo tiempo se da cuenta de que la paz es un sueño, no una realidad posible”. Una opinión que comparte con Samsón, que se pregunta a menudo qué queda cuando el poder intenta controlar todo, incluso los pensamientos.
Cronista de un país que sufre
Si hay una promesa que cumple Andréi Kurkov, esa no es otra que dar a conocer Ucrania a los diferentes rincones del mundo. Acumula varios ejemplos de obras en las que cumple con este propósito, comenzando por su última novela, El corazon negro (Alfaguara), segunda entrega de la saga negra Samsón y Nadiezhdaque muestra un estado ucraniano bajo el control bolchevique; oh Muerte con pinguino (1996), un clásico ambientado en un país tan helado como caótico; por no olvidar Abejas grises (2022), cuyo protagonista es un apicultor que se encuentra en Donbás durante el conflicto de 2014. En la no ficción, hay el ejemplo reciente de Diario de una invasión (2022), donde denuncia los crímenes que está cometiendo Rusia contra su patria, lo que le ha llevado, entre otras cosas, a dejar de escribir en ruso. “Como mínimo, hasta que termine todo. Y, entonces, ya veremos”.
De estas y más obras, además del presente y futuro de su país, hablará este miércoles en Barcelona. A las 19 horas, en el Liceo francés, junto a la investigadora del CIDOB Carmen Claudín; y un poco antes, a las 16:30 horas, en el Cercle Artístic Sant Lluc, acompañado de la escritora eslovena Simona Škrabec, el politólogo Abel Riu y el escritor y vicepresidente del PEN Internacional Carles Torner.

