Vinicio Capossela ★★★★★
Lugar y fecha: Paralelo 62 (2/II/2026)
Invitado por el festival literario BCNegra, Vinicio Capossela (voz, piano, guitarra) presentó en la ciudad Errores y bajos. Espléndido espectáculo concebido para la ocasión, en el que el italiano relacionó su cancionero –no precisamente el más conocido– con situaciones, autores, aromas, obras y personajes propios del giallo y más allá. Fue así como se sumaron a la fiesta de algún modo mangantes y gorilas de uniforme, Georges Simenon, Raymond Chandler, Petros Márkaris y el comisario Kostas Jaritos; También Oscar Wilde, Joseph Conrad y Herman Melville. Tampoco faltaron versiones de todo pelaje, desde el rebético Stin Ipoga a Tom Waits, pasando por Gilbert Bécaud o Daniel Melingo. Casi ná, que diría un castizo.
Hace décadas que Capossela es el cantautor más heterodoxo de este continente, con una propuesta de tonos aguardentosos a caballo entre el cabaret deformante y el rapto chamánico. Habita y reina en una periferia más que singular. Y lo hace bien acompañado por socios como los cinco músicos que le arroparon este lunes. Una orquesta de ensueño en la que convivían la cuerda y el theremín, la marimba y el banjo, el saxo y los juguetes sonoros. Tropa idónea para las dos horas de viaje que Vinicio destapó ataviado con una cabeza de bisonte-tigre –o minotauro, o algo por el estilo–, recitando a Borges junto a un chelo bellamente obsesivo, para hilvanar en la misma tacada uro.
Siendo la excelencia norma de la velada, hay un punto de futilidad en el ejercicio de establecer las principales dianas de los veinte temas del repertorio. En todo caso, cualquier apunte debería pasar por el blues hipnótico de Billy Buddla redonda Ballata del carcere di Reading y, muy especialmente, la fiesta atorrante en Nueva Orleans de El corvo torvotodavía en la primera mitad del bolo. Antes del único bis de la noche (Non c’è disaccordo nel cielo), Vinicio Capossela nos conmovería de veras con la cinemática El fondamento del Cinasticen la que injertó un punte de la melodía de el mar de Charles Trenet, y su doble paso por versiones de Tom Waits, particularmente Charlie (tarjeta de Navidad de una prostituta de Minneapolis)donde, con muy buen criterio, aprovechó la ocasión para denunciar los desmanes del ICE en esa ciudad.
Al caer el metafórico telón, regresamos al asfalto con la certeza no solo de haber degustado un gran concierto, sino de haber sido cómplices de un estupendo delito emocional (por supuesto, de guante blanco).
