Somos esclavos de la inmediata, del cortoplacismo. Es lo que el filósofo Roman Krzanaric (Sídney, 55 años) llama la tiranía del presente: “Durante el último decenio me he sentido frustrado por la manera en la que los políticos y legisladores eran incapaces de ver más allá de la próxima elección, de la última encuesta”, afirma el autor del ensayo Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro.publicado recientemente en Capitán Swing.
El cortoplacismo, subraya, no es nuevo.pero se ha visto amplificado por los ciclos de noticias de 24 horas y las redes sociales. Frente a esa dictadura acelerada, Krznaric propone algo tan simple y tan contracultural como echar la vista atrás: “No se puede conducir un coche sin mirar el espejo retrovisor. Necesitamos confiar en lo que nos enseña el pasado, no quedarnos atrapados en el presente”, sentencia.
Tendemos a demonizar los siglos que nos anteceden, en vez de bucear para encontrar claves a los problemas contemporáneos. “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, escribió el español George Santayana. “Aprender de los errores, del colonialismo o del fascismo, por ejemplo, es fundamental, pero también debemos aprender de lo que se hizo bien para imaginar cambios positivos”, señala.
Krznaric buscó ejemplos históricos exitosos para ayudarnos a afrontar retos como la emergencia climática, la inteligencia artificial o la desigualdad. “No se trata de encontrar una guía perfecta ni de predecir el futuro, sino de inspiración: nuestros antepasados estructuraron su economía, su política y su sociedad de manera diferente. Quizás podamos aprender algo útil de aquello y aplicarlo hoy”, plantea.
El filósofo identificó diez grandes desafíos. que, en su opinión, definen el siglo XXI: desde los riesgos de la ingeniería genética y la inteligencia artificial hasta la crisis migratoria, la desigualdad o el hiperconsumismo. A partir de ahí, analizó ejemplos positivos de la historia global de los últimos mil años para afrontar esos desafíos.
En el ensayo, Krznaric viaja al Japón del siglo XVIII, cuando la ciudad de Edo (el actual Tokio) puso en marcha un sistema que hoy denominamos economía circular: en un contexto de escasez, casi todo se reutilizaba, reparaba o reciclaba. “No se desperdiciaba nada. Cuando la tela del kimono que usaban como prenda de vestir se desgastaba, la convertían en pijama, luego lo cortaban para hacer pañales, y luego para trapos de limpieza, así hasta convertirse en combustible”, recuerda el autor.
Esta práctica ancestral ofrece una lección para la crisis climática y el desperdicio contemporáneo: en el mundo se generan cada año 92 millones de toneladas de residuos textiles, de los que entre el 75 y el 85% se quedan o acaban en los vertederos.
En España, acaban en la basura sin ningún tipo de segunda oportunidad hasta 800.000 toneladas de ropa y complementos, el 90% del total del textil que se descarta cada año, según datos de la Asociación Ibérica de Reciclaje Textil.
En Historia para el mañanaKrznaric analiza las revueltas de esclavos en las plantaciones azucareras del Caribe británico a comienzos del siglo XIX. Aquellos levantamientos violentos sembraron el miedo entre las élites políticas y fueron decisivos para acelerar la abolición de la esclavitud. “Sin esas revueltas, la emancipación podría haberse retrasado décadas”, afirma. La lección para el presente es incómoda: los grandes cambios sociales no suelen producirse sin conflicto ni presión. Frente a la emergencia climática, Krznaric argumenta que serán necesarias acciones más radicales y disruptivas para acelerar el cambio mientras todavía haya margen.
El mismo enfoque histórico le sirve para reflexionar sobre los riesgos tecnológicos. “Se nos pueden ir de las manos muy deprisa: la imprenta no solo alfabetizó y difundió el conocimiento, fue un arma durante los conflictos religiosos del siglo XVI. Los reformistas protestantes hicieron propaganda y alimentaron una espiral de violencia que contribuyó a casi dos siglos de guerras en Europa, con millones de muertos”.
La inteligencia artificial, advierte Krznaric, se expande aún más rápido y sus consecuencias son potencialmente más graves. Ya existen casos de sistemas de IA que, ante la amenaza de ser desconectados, copian su código en otros ordenadores para sobrevivir. “Si no actuamos a tiempo, escapará a nuestro control”, alerta. De ahí la urgencia de establecer leyes estrictas.
Frente a la idea de que los individuos, dejados a su libre albedrío, actuarán de forma egoísta, Historia para el mañana reivindica la capacidad humana de cooperar. Krznaric pone como ejemplo el Tribunal de las Aguas de Valencia, una institución con siglos de historia en la que los agricultores, elegidos democráticamente, gestionan de forma colectiva un recurso escaso. Para el autor, este modelo anticipa lo que hoy buscan las asambleas ciudadanas: una democracia más cercana, menos delegada. “Necesitamos más ejemplos como este, si queremos que la democracia sobreviva”.
En una era de polarización y de deterioro de la convivencia, Krznaric recurre a la historia para darnos motivos de esperanza. Cita el periodo de Al-Ándalus, entre los siglos X y XIII, como ejemplo. Aunque no fue un paraíso sin conflictos ni violencia, sí existió una relativa tolerancia cultural entre musulmanes, cristianos y judíos, que permitió importantes intercambios intelectuales y avances en filosofía, ciencia, literatura y administración. Toledo, conocida desde entonces como la “ciudad de las Tres Culturas”, fue un centro de traducción y diálogo intelectual donde se tradujeron al latino textos clásicos y científicos del árabe. “Nos recuerda que el choque de civilizaciones no es inevitable y que debemos aprender a vivir juntos. No tenemos otra opción”, señala Krznaric.
Historia para el mañana dialoga con los libros anteriores del autor y forma parte de una trilogía informal: El buen antepasadocentrado en nuestra relación con el futuro; Carpe Diem recuperadodedicado al presente; y este nuevo ensayo, que explora nuestra relación con el pasado. Tres tiempos distintos y un mismo objetivo: ampliar el horizonte moral y político de una sociedad atrapada en la urgencia. Krznaric recurre a un proverbio maorí de Nueva Zelanda, para condensar la esencia de Historia para el mañana: “Camino hacia atrás hacia el futuro con los ojos fijos en el pasado”.
Mirar al pasado, advierte, no está exento de riesgos. Uno de ellos es la idealización. El poder ha manipulado la historia una y otra vez, desde los regímenes totalitarios del siglo XX hasta nuestros días. La nostalgia es una herramienta especialmente eficaz. “Donald Trump lo borda. El movimiento MAGA se apoya en una fantasía de retorno a unos supuestos años cincuenta, con familias blancas felices en pequeños pueblos. Es un mito”. ¿Cómo evitamos caer en un uso interesado de la nostalgia? “Sé que no suena muy sexy, pero necesitamos confiar en las investigaciones rigurosas de académicos. Prefiero recibir lecciones de historia de profesores que de políticos”.
