Si pudiéramos poner un post-it en las páginas del diario o en las pantallas donde nos leen, al abordar El principio del mundo (Alfaguara), la nueva novela de Jeremías Gamboa (Lima, 1975) indicaríamos: “Atención, libro importante”. A lo largo de sus casi mil páginas (972), el autor utiliza a un narrador llamado Manuel Flores, bastante parecido a sí mismo (peruano que estudia literatura en EE.UU.), y que, desorientado en la vida, decide, a los 33 años, regresar a su país natal, donde se encontrará no una sino decenas de magdalenas proustianas que andan esperando para desentrañar el sentido de la vida, del Perú, de la literatura, la educación, el amor, la raza. la clase social…
Vaya, ¿así que es usted proustiano? “Bueno, mire, yo leí En busca del tiempo perdido el último año de trabajo en la novela. cuando publico Contarlo todo (2013), un crítico ya me llamó eso, pero entonces yo no había leído la Rebuscado… Llego a esta idea de un hombre mirándose hacia atrás más bien por Bryce Echenique y Edgardo Rivera Martínez”, cuenta, en una visita reciente a Barcelona.
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Gamboa narra los hechos más cotidianos de manera absorbente, siguiendo el precepto joyceano de que “la gran literatura, si cabe, es la que narra de manera extraordinaria la vida de un hombre común”. Tiende puentes con sus otros libros (también con animales luminosos, del 2021), como alzando una especie de Comedia humana balzaquiana. “Después de este libro, lo que creo que viene son las indagaciones en el lado paterno. Sobre el final de la novela, el personaje dice ‘¿Qué fue de mi padre?, nunca supe nada de él’. Philip Roth decía que cada libro era un cartucho de dinamita que abría el libro siguiente”.
“Para progresar en el Perú tienes que hacerte lo más blanco posible, con este libro vuelvo a tomar color”
La novela bebe de largas conversaciones con su propia madre y con una profesora que tuvo de niño, que inspiran dos personajes. “Empecé escribiendo una novela sobre la educación, en la que un exalumno se encuentra con su profesora y hacen cuentas. Cuando ya estaba acercándome al final, al tercer o cuarto año de trabajo, la profesora le revela al personaje principal algo sobre su madre, uno de los golpes más fuertes de la historia. Así que me di cuenta de que tenía que entrevistar a mi madre y me puse a escribir toda la parte materna. A mi profesora le llevé la parte del libro donde sale, la fue leyendo mientras agonizaba, al final se lo leía su familia. Por supuesto, como hubiera hecho mi madre, se quejaba de cosas que yo había alterado y cambiado, porque mis personajes están compuestos de muchas personas reales a la vez”.
El libro reconstruye a la vez la vida del narrador y la memoria personal y colectiva del Perú (por si alguien quiere saber cuándo fue que se jodió), no solo la política sino también la literaria o musical.

Jeremías Gamboa, en la agencia Balcells
El autor, que saltó a la fama apadrinado por Mario Vargas Llosa, admite que en su nueva obra se detecta sobre toda la huella de escritoras, especialmente de Toni Morrison (por el tema racial) pero también la de Mariana Enríquez o Annie Ernaux. “El tema del enclasamiento es básico, y en Perú suele venir dado por el color de la piel. El objetivo, para progresar, es hacerse lo más blanco posible. La educación blanquea, el sistema educativo es racista. Yo mismo siento que me estaba blanqueando como escritor y, con esta novela, él volvió a tomar color, ¡hasta en las fotos se me ve!”. Las escenas de maltrato a los emigrantes en EE.UU. –aunque sean jóvenes universitarios estudiando en un campus– proceden de sus experiencias en Boulder, Colorado, cuando “una semana antes de llegar, la policía había asesinado a un peruano en Texas, pasó un momento de terror y, por supuesto, de fascinación ante aquella inmensa biblioteca de la que podía sacar 30 libros”.
“La gran literatura es la que narra de manera extraordinaria la vida de un hombre común”
Flores es más tímido que Gamboa. “Mis novelas –bromea– habían tenido buenos polvos pero ahora no. ¿Por qué? Porque es un personaje que tiene un mandato racial, rechaza su piel de origen, no quiere abordar a la chica de la que está enamorada porque es de piel oscura y su madre lo crucificaría. Intenta la mujer blanca, con la que el sexo es insatisfactorio. Está atrapado en el deseo, no le gustan las blancas pero las cholas le están negadas. Y es precisamente al final con Elizabeth, una mujer blanca, rubia, en donde ya descubres que él está entrando en la salud”.
¿Mil páginas, dijimos? Pues parecen 350.
