Nadie se fijaba en Alfred Hinds cuando arrastraba los pies por las calles de Londres en 1965, vestido con un modesto impermeable, con la mirada perdida. Ni cuando los sábados iba al cine con su esposa a ver alguna película de crímenes y presidiarios. … Era la viva imagen de un hombrecito típico. Sin embargo, ya por entonces era famoso en todo el Reino Unido por su largo historial de fugas y por haber vencido en su última batalla legal. A dos meses y medio de cumplir su condena, ganó un juicio contra el comisario de Scotland Yard que lo había detenido una vez años atrás. El suyo, contaba con el corresponsal Alfonso Barra, fue «uno de los casos más extraordinarios de la Justicia británica». Los británicos siguieron sus entradas y salidas de la cárcel y sus entrevistas en prensa y televisión con asombro, como los españoles leen con estupor desde hace meses las crónicas de los tribunales.
Alfred Hinds era un contratista de 38 años especializado en demolición de edificios.
La de Hinds se comenzó a escribir la noche del 24 de diciembre de 1953, cuando una banda criminal asaltó los Almacenes Maples de Londres y se hizo con un botón de siete millones de pesetas. Cuatro de los ladrones fueron pronto detenidos y confesaron los hechos. En unos pocos días, el comisario Herbert Sparks arrestó a un quinto sospechoso. Alfred Hinds era ONU contratista de 38 años especializado en demolición de edificioscuyo padre había muerto en la cárcel tras asaltar un banco. Tenía antecedentes por delitos menores y, por su trabajo, estaba muy relacionado con la dinamita. En uno de sus trajes, se descubrió material que, según los peritos, hacía juego con la mecha utilizada para volar la cámara acorazada.
Aunque Hinds defendió su inocencia, fue declarado culpable y condenado a doce años de prisión. Desde la cárcel de Nottingham comenzó entonces una larga lucha legal, estudiando con ahínco los códigos que le llevaba su esposa. «Para tratarse de un hombre que había abandonado la escuela a los trece años, le fue muy bien, y cinco veces consiguió presentar su causa ante los distintos tribunales a través de una serie de maniobras legales… pero el resultado siempre era el mismo: vuelta a la prisión», narraba ‘Blanco y Negro’.
Reportaje de ‘Blanco y Negro’ de 1965
De preso modelo, se convirtió en experto en fugas. En 1955, aprovechando una sesión de cine en la cárcel, forzó una salida de incendios y tomó las de Villadiego. Hasta 245 días logró burlar a las autoridades y en esos ocho meses bombardeó con cartas a diputados y concedió multitud de entrevistas. De vuelta a la celda, Hinds demandó a las autoridades por haberle detenido irregularmente en Dublín. Su causa no tenía esperanza, pero le sirvió para ser escuchado por importantes abogados y para llevar a cabo la segunda parte de su plan. Pidió ser conducido al retiro y una vez sin las esposas, encerró dentro a sus guardianes y huyo del juzgadoconfundido entre un grupo de abogados. La Policía lo capturó ese mismo día, antes de que cogiera un avión a Dublín, aunque su estancia en la cárcel de Chelmsford fue breve. Al año volvió a escaparse a través de un boquete que abrió en un baño de la prisión y esta vez sí logró volar a Irlanda. Tomó el nombre de Bishop y abrió un negocio de compra-venta de automóviles que le fue muy bien hasta que, seis meses después, fue arrestado acusado de 55 casos de contrabando. La Policía tardó dos semanas en descubrir que el señor Obispo era el buscado Hinds.
De nuevo en la cárcel, reanudó su lucha legal y en varias ocasiones consiguió que sus demandas llegaran hasta la Cámara de los Lores. También demandó por libelo al comisario Sparks para afirmar que era culpable en un diario y, contra pronósticos, esta vez ganó. Obtuvo una indemnización de 221.000 pesetas y pasó en su casa sus últimos días de condena. Pero Hinds no se detuvo ahí. Solicitó otro juicio sobre el ‘caso Maples’, que volvió a perder. El ‘rey de las minas’ publicó sus memorias en un libro, ‘Desacato al Tribunal‘, que a punto estuvo de llevarse al cine. Argumentos no faltaban para una película de esas que a él le gustaban.
