El Mercat de les Flors ha decidido ponerle nombre —y cierta ironía— a una realidad que atraviesa desde hace años la creación contemporánea: el talento local no siempre encuentra estructura. Bajo el título El Mercat no m’ha coproduït encara (del 20 de febrero al 1 de marzo), el teatro abre un espacio para seis creadoras y creadores a quienes han seguido de cerca, pero que aún no habían contado con su coproducción.
El planteamiento no es solo programático. En el discurso institucional aparece una doble intención: por un lado, reforzar el papel del Mercat como “caja de resonancia” de creaciones emergentes; por otro, pedir al público que asuma un papel activo para descubrir lenguajes que, desde la casa, consideran cercanos al pensamiento contemporáneo. En otras palabras: no se trata únicamente de traer piezas al escenario, sino de crear condiciones de escucha y continuidad.
“Aún no nos han producido… pero estamos aquí”
La frase que da título al ciclo nació, de hecho, como broma desde dentro. Los informales, que presentan Perdón (20 y 21 de febrero), lo resumieron con una mezcla de gratitud y reivindicación: pasar por el Mercat “es un top” de carrera, aunque todavía no haya llegado esa inversión estructural que supone una coproducción.
Su pieza funciona como un autorretrato sobre “las dificultades como creadores” en un mundo contemporáneo “caótico” y lleno de incongruencias. La propuesta entiende la danza como un lugar desde el que hablar del presente sin limitarse a una sola generación. Con lenguajes como este, el Mercat confía en también atraer a quienes creen que la danza no está pensada para ellos.
Técnica deformada, algoritmo y ángeles
La diversidad estética es una de las bazas del ciclo y también su argumento. Mabel Olea, que muestra un avance de Cortarse los dientes (26 de febrero), plantea un recorrido metafórico “de diamante bruto a diamante pulido” a través de una técnica que resuena a lo clásico, pero aparece “abstraída” y “deformada”: una fisura deliberada entre perfección e imperfección para abrir un mundo alternativo.
es Caribe Mix ’23 (25 de febrero), Mar García y Javi Soler llevan la cultura corriente principal al terreno de la danza contemporánea mediante el universo del videoclip: movimiento y sonido como coprotagonistas y un espectador tratado como “objetivo de cámara” que monta el relato con su mirada.

LaSADCUM, estafa Navaja (28 de febrero), introduce el nervio más explícitamente político: el cuerpo educado por el algoritmo, la cultura digital y el modo en que el consumo (principalmente el pornográfico) puede modelar deseo e identidad. El plantea espectáculo un autorretrato sexoafectivo atravesado por el aprendizaje mediado por el algoritmo.

María Jurado presenta un trabajo en progreso, Angelicalque se mueve entre danza conceptual y performance: el ángel no como figura religiosa, sino como arquetipo de transparencia, testigo que acompaña sin intervenir, una imagen que, sin buscarlo, dialoga con el propio debate del ciclo: estar, mirar, sostener… sin que el sistema cambie al mismo ritmo.

Reinaldo Ribeiro completa el programa con NO/MAS/SACR (27 y 28 de febrero), una pieza que toma como punto de partida el imaginario de Stravinsky para tensar la idea de sacrificio, violencia y resistencia en escena. Lejos de una relectura literal, la obra convierte el escenario en un espacio de confrontación entre tradición y presente. En su planteamiento, el piano —símbolo de una cultura académica y burguesa— se convierte en materia a tensar, casi a desmontar, en una exploración donde la urgencia sustituye al proceso prolongado y la intensidad marca el pulso coreográfico.

Una antesala que, si funciona, debería dejar de serlo.
El título del ciclo funciona como guiño, pero también como diagnóstico. La expresión “aún no coproducido” remite a un estado intermedio: artistas reconocidos, seguidos, programados en festivales, pero que todavía no han entrado del todo en el engranaje institucional que garantiza la estabilidad.
Más allá de las piezas concretas, el programa ha puesto sobre la mesa una cuestión que atraviesa el sector: qué significa hoy una coproducción. Para algunas creadoras, no es tanto un sello de prestigio como una herramienta material —mejores condiciones técnicas, tiempo de trabajo, capacidad de remunerar a los equipos— que permite consolidar procesos. La diferencia no es simbólica, sino estructural.
El debate se desplaza del reconocimiento a la continuidad. Porque estrenar no es el principal obstáculo; lo verdaderamente complejo es sostener las obras en el tiempo. Las funciones suelen centrarse en pocos días, los retornos a la ciudad pueden tardar años y muchas compañías siguen moviéndose a base de gestiones constantes, llamadas y correos para conseguir una nueva fecha, un nuevo espacio, una nueva oportunidad de mostrar su trabajo.
El ciclo plantea, así, una pregunta implícita: si estos creadores ya interpelan al público y generan conversación, ¿qué necesitaría cambiar para que dejaran de estar en esa zona de tránsito? La antesala puede ser un gesto de visibilidad; el reto es que se convertirá en recorrido.
Si funciona —si el público responde y el diálogo se mantiene— el propio título podría volverse innecesario. Y entonces quizás el “encara” deje de marcar una espera para convertirse en punto de partida.
